Archivo por meses: mayo 2013

Acerca de la Collatio laureationis de Francesco Petrarca

José Luis Quezada Alameda.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

La ceremonia y sus antecedentes

El 13 de abril de 1341, a la edad de 36 años, Francesco Petrarca fue coronado en el Capitolio de Roma con el laurel poético. Este evento que ha sido considerado por muchos como símbolo del inicio del Humanismo, es sin duda uno de los sucesos más espectaculares y fastuosos en que se haya visto involucrado literato alguno. Sin embargo cuando esta coronación se llevó a cabo, Petrarca había dado a conocer apenas unos cuantos poemas en latín, 15 para ser precisos, que conforman un total de 1386 versos. Además de haber iniciado la composición de una compilación histórica de biografías intitulada De viris illustribus y de la epopeya Africa, había escrito algunas rime, es decir, poesías en lengua vulgar, pero es imposible pensar que debido a éstas se le coronó. Este hecho nos indica ante todo que el título honorífico de poeta laureatus le fue concedido no tanto por su talento poético, ya que su incipiente obra literaria era apenas conocida por unos cuantos, sino por las estrechas relaciones que mantenía con personajes poderosos de su tiempo.

Los detalles en torno a la coronación y a los hechos que la antecedieron nos son ofrecidos por Petrarca mismo en muy diversos lugares de su obra[1]. En primer lugar, el laureado poeta nos narra en la epístola Posteritati de qué manera en un solo día recibió cartas tanto de Roma como de París en las que se le invitaba para ser coronado. Después de pedir consejo a su amigo y protector principal en esa época, Giovanni Colonna, Petrarca aceptó el ofrecimiento del Senado romano y desde su casa de campo en Vaucluse, Francia, emprendió el viaje hacia Nápoles para encontrarse allí con el rey Roberto de Anjou. Durante tres días el monarca angevino lo interrogó para decidir si era merecedor o no del laurel poético. En esas entrevistas discutieron fundamentalmente de Virgilio, de poesía, y Francesco le dio a conocer al rey algunos fragmentos de su Africa, Roberto mostró un gran entusiasmo por los versos que escuchó y solicitó que el poema le fuera dedicado. Petrarca aceptó la petición y tiempo después añadió al inicio de su epos los versos que contienen la dedicatoria al rey de Nápoles y Sicilia. Roberto de Anjou, complacido y satisfecho con las dotes poéticas de Franciscus Petracchi, dio su consentimiento para que la coronación fuera llevada a cabo. De esta forma Francesco Petrarca, princeps humanistarum, fue coronado en el Capitolio romano como magnus poeta et historicus por el senador Orso d’Anguillara. En ese momento le fue entregado también el Privilegium lauree, una suerte de título profesional que contenía las prerrogativas otorgadas al poeta, es decir, la posibilidad de enseñar poesía e historia en cualquier universidad y la concesión de todos los derechos y privilegios propios de un maestro de las artes liberales.

f13 (1)

Francesco Petrarca, “Trionfi , Canzoniere”, fl.13. Bibliothèque nationale de France, Mns. Italien 1019.

Del discurso

Para la solemne ceremonia Petrarca compuso el discurso conocido como Collatio laureationis. En esta composición son citados los siguientes autores: Cicerón, Claudiano, Estacio, Horacio, Juvenal, Lactancio, Lucano, Macrobio, Ovidio, Persio y Virgilio. El discurso comienza con estos versos de las Geórgicas (III, 291-292) de Virgilio: “Sed me Parnasi deserta per ardua dulcis / raptat amor”. Partiendo de la idea de que para el poeta es inevitable componer versos, así sea muy elevado, delicado o complejo el tema que se ha de tratar, Petrarca prosigue con su disertación, la cual puede dividirse sumariamente en tres partes: la primera es una discusión en torno a la dificultad de la labor poética originada a partir de los citados hexámetros virgilianos; la segunda trata sobre el carácter alegórico de la poesía; en la tercera se habla sobre las recompensas que obtiene el poeta debido a su labor. En este sentido, quizá el punto más importante del texto es la revaloración que Petrarca, basado en los Auctores, hace de la figura del poeta y de la poesía misma dentro un contexto histórico determinado, en este caso el suyo: la Italia aún medieval del siglo XIV.

Intertextualidad

Es conveniente señalar la estrecha relación que existe entre la Collatio laureationis y otros textos de Petrarca y también de otros autores. Un primer texto que debe ser mencionado es el canto IX del Africa donde Ennio y Escipión discuten sobre la naturaleza alegórica de la poesía en términos muy similares a los de la Collatio laureationis. La siguiente obra importante con la que la Collatio está relacionada es el De vita et moribus Domini Francisci Petracchi de Florentia cuyo autor es el più grande discepolo de Petrarca: Giovanni Boccaccio. En ésta que es una de las primeras biografías del cantor de Laura de las que hay noticia, Boccaccio recupera una gran cantidad de elementos utilizados por Petrarca, sobre todo en lo referente a la naturaleza de la poesía, además de que las coincidencias verbales son en muchos casos sorprendentes. Finalmente un tercer texto importante en este trabajo es la oración ciceroniana Pro Archia poeta, discurso en el que encontramos no pocas coincidencias con la Collatio laureationis motivadas por el tema mismo del cual se trata en ambos casos, es decir, la poesía, y por otro lado también por el hecho de que uno de los varios descubrimientos filológicos que Petrarca hizo fue el hallazgo en Lieja, no mucho tiempo antes de su coronación, de este discurso desconocido hasta entonces por el mundo medieval[2].

La Collatio laureationis y el mundo clásico

La Collatio laureationis es una obra especialmente atractiva desde el punto de vista de las Letras clásicas, sobre todo por la abundante cantidad de citas de autores latinos que Petrarca introduce, citas que a su vez reflejan el conocimiento que el aretino tenía de la tradición grecolatina, aun conociendo muy poco de la lengua griega. Este bagaje cultural, por llamarlo de algún modo, y la capacidad por parte del autor para justificar o apoyar sus argumentos en autores antiguos están magistralmente plasmados en este breve texto. Es importante también señalar que en esta recuperación del saber antiguo, Petrarca antecede, como en varias otras cosas, a los futuros humanistas.


[1] Véase al respecto el muy reciente artículo de J. De Keyser, “The Descendants of Petrarch’s Pro ArchiaClassical Quarterly 63 (2013), pp.292328.


[2] Especialmente la Epystola II, 1, en la que describe con gran detalle la ceremonia misma, vid. Rime, Bigi/Ponte (edd.) Opere di Petrarca pp. 382-386 y Epistulae Metricae. Briefe in Versen pp. 112-117.

Francisco de Araoz y su «De bene disponenda bibliotheca (Madrid, 1631)»

Israel Álvarez Moctezuma.

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.

En su epístola dedicatoria a Felipe III, Sebastián de Covarrubias situaba el proyecto de su Tesoro dentro de una perspectiva que pretendía convertir el estudio etimológico de la lengua española en la presentación de un diccionario, que vinculaba estrechamente la excelencia de la lengua castellana con la gloria de la Monarquía Hispánica y de su rey. Sesenta años después en 1672, la Bibliotheca Hispana[1] de Nicolás Antonio, publicada en Roma, desplazó tal proyecto, de un inventario de palabras a un catálogo de todos los autores, antiguos o contemporáneos, que nacieron en una “patria” que pertenecía —o perteneció— a la monarquía española, sin importar que escribieran en latín o en lengua vulgar. Redactada en latín, pero con comentarios en castellano sobre las obras, y procurando hacer referencia a los libros publicados en ambas lenguas, la Bibliotheca Hispana delimitaba y ensalzaba un patrimonio literario “nacional” cuyas excelencias se presentaban a la Europa letrada como contrapunto a la decadencia política y militar de la monarquía católica. La Bibliotheca Hispana se sitúa también en el marco de los instrumentos propuestos a los lectores “cultos” para que pudieran ordenar y componer sus propias “bibliotecas”, ya que, como indicaba el Tesoro, “Librería, quando es pública, se llama por nombre particular biblioteca”. Para ayudar a la formación de las colecciones, se utilizaban los repertorios de autores y títulos, tal como la obra de Antonio de León Pinelo (el Epitome de una Biblioteca oriental y occidental, náutica y geográfica, publicada en Madrid en 1629), [2] los catálogos de bibliotecas famosas que circulaban impresos y los métodos para organizar cualquier colección de libros, ya fuera real o en proyecto.

En este contexto, es en donde debemos enmarcar la obra de Francisco de Araoz, el De bene disponenda Bibliotheca publicado en Madrid en 1631.[3] Impreso en el formato de in-octavo “para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas”, el libro de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos y materias de los libros que, sin establecer un repertorio cerrado, procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros “dignos de ubicación, estudio y ponderación”.[4] Receptor y continuador de una práctica humanística, Araoz ofrece al lector —en un primer plano— un manual para organizar una biblioteca, sin importar el tamaño ni la calidad del acervo, pues, según su esquema de categorías, cualquier libro de cualquier materia podría hallar lugar en una biblioteca que siguiera su método. En este sentido, la preocupación de Araoz es encontrar un orden al caos producido por la exacerbada cantidad de libros que se imprimían y producían en su tiempo. Tópico renacentista que sirve a nuestro autor de pretexto para exponer, ya en un segundo plano, sus esquemas culturales, en donde sustenta lo que debían ser la “totalidad de las ciencias y los saberes” para un hombre culto del Siglo de Oro. Así, la proliferación de libros suscitó un vívido interés entre los letrados, lo que consecuentemente atrajo la atención sobre la re-organización de las bibliotecas. En este ámbito, las demarcaciones intelectuales tenían que ser necesariamente abiertas, puesto que, al tratarse de objetos materiales, los libros tenían que colocarse en algún lugar y podía suceder que algunos no encajasen muy bien en las categorías tradicionales de las “facultades”. En este sentido, lo que resulta revelador en la propuesta de Araoz es que su esquema de categorías denota una raigambre mucho más antigua que la “renacentista”, al menos nos remite al siglo XIII, [5] época de un intenso reordenamiento que abarcó prácticamente todos los aspectos de la cultura letrada del Occidente medieval. La propuesta de Araoz es pues, ofrecer al “lector” un repertorio de libros reunidos bajo ciertas categorías para la organización de una biblioteca, según sus palabras, “una acertada distribución reglamentada en el ejercicio de las letras y congruente con la calidad de las ciencias”. Por otro lado, nos muestra un esquema de “todos los saberes que el intelecto puede captar”, siguiendo el proceso de aprendizaje de los hombres de letras, según uno de los modelo de los intelectuales del Antiguo Régimen. Como vemos, la pretensión del autor no es poca, pues propone un método para la ordenación de la “totalidad de los libros”.[6] La clasificación de Araoz podría sintetizarse de la siguiente manera: las ciencias de la Palabra (I-V), las del Mundo (VI-VII), las del Hombre moral (VII-IX) y de lo Divino (X-XV). ¿Qué significado cultural tiene pues la obra de Araoz? Tal vez una respuesta la encontremos en las palabras de uno de sus primeros “críticos”, fray Diego de Hortigosa, uno de los censores que dictaminó la obra en 1630: “Mandado por el Consejo Supremo he examinado este pequeño libro, aunque grande en erudición, sentencia y doctrina […] y dándole una y mil vueltas, no he observado en el nada que el lector pío y erudito no pueda reconocer sin tropiezo, fuera del temor de errar en la fe y buenas costumbres. ¿Qué cosa más culta, más agradable hay que aquello que nos enseña a ascender por medio de un método desde las cosas llanas a las supremas? ¿Qué digno de alabanza que aquello que él catálogo de los saberes que muestra claramente qué, cómo, cuándo, y a qué se ajusta? Todas estas cosas se contienen en este pequeño volumen, de manera que podemos, como un segundo Pitágoras, inferir de la impresión de su huella las dimensiones de su cuerpo hercúleo.” [7]

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

Finalmente, estos instrumentos intentaban responder a dos ansiedades de los hombres letrados frente a la cultura escrita e impresa. La primera era el temor a la pérdida, a la desaparición, al olvido. Fundamento renacentista de la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la publicación de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas, que, como la Laurentina, debían abarcar todos los saberes y encerrar dentro de sus muros y clasificaciones bibliográficas (sesenta y cuatro en la biblioteca del El Escorial) el universo mismo. Pero la acumulación de libros antiguos y la multiplicación de los nuevos —gracias a la imprenta— produjeron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, frente a una abundancia confusa. Tanto en España como en otras partes del mundo Occidental, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, el repertorio de los autores de una “nación”, la propuesta de una biblioteca ideal), fueron instrumentos poderosos que ayudaron a establecer un orden “moderno” de los discursos de la palabra escrita, e impresa.


[1] A este respecto —y continuando con esta idea— veáse de Roger Chartier, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana, 2005, pp. 89 y ss. Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Nova sive Hispanorum qui usquam umquam[qu]e sive Latina sive popularis quavis lingua scripto aliquid consignaverunt Notitia, Roma, 1672.
[2] Esta obra traducía al castellano los títulos de libros producidos en la monarquía hispánica escritos en más de cuarenta y cuatro lenguas, tanto en la Península ibérica como en las Indias.
[3] José Solís de los Santos, El ingenioso bibliólogo Don Francisco de Araoz (De bene disponenda bibliotheca, Matriti 1631), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1997, pp.103-147.
[4] Ibid., p.106 y p.116.
[5] Vid., supra. El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.
[6] Solís de los Santos, op. cit., p. 105. Las cursivas son mías.
[7] Ibid., pp.104-105. Las cursivas son mías.