Archivo por meses: septiembre 2013

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La risa de Merlín

María Alejandra Ordóñez Cruickshank.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

La Vita Merlini de Geoffrey de Monmouth nos muestra, en un poema de 1529 hexámetros, una versión preartúrica de un Merlín con muchos rasgos de la tradición celta. Así pues, nos encontramos ante un vate cuyos poderes no tienen su origen en su nacimiento –la tradición más extendida nos dice que fue hijo de la princesa de una región llamada Demecia y de un íncubo– sino que surgen a partir de un brote de locura.

Durante la batalla de Ardderyd, Merlín, rey de los demetas, lucha a lado de Pereduro, rey de los venedotos, contra Gwenoloo, rey de los escotos. Conforme la batalla va cobrando sus víctimas, Merlín, al ver a sus hermanos muertos, pierde la razón y huye hacia una vida salvaje en el bosque. Tiempo después, un enviado de Ganieda, hermana de Merlín y esposa del rey Rodarco, lo encuentra y sana su locura gracias al tañido de su lira. De este modo, convence a Merlín para que vuelva al palacio junto con su hermana y su esposa. No obstante, al llegar al palacio, se siente rodeado por demasiada gente y pierde una vez más la razón.

Es después de este episodio que Merlín comienza a demostrar sus habilidades sobrenaturales. En primer lugar, evidencia el adulterio de su hermana Ganieda. Ésta, al reunirse con su esposo, lleva sin notarlo una hoja enredada en el cabello: Merlín estalla en una carcajada y deja perplejos a todos, ya que momentos antes se había negado siquiera a sonreír. El rey pide al enloquecido que declare la causa de su repentina risa y éste contesta:

Idcirco risi quoniam, Rodarche, fuisti

Facto culpandus simul et laudandus eodem,

Dum traheres folium modo, quod regina capillis

Nescia gestabat, fieresque fidelior illi

Quam fuit illa tibi, quando virgulta sibivit,

Quos suus occurrit secumque coivit adulter

Dumque supina foret, sparsis in crinibus haesit

Forte jacens folium, quod nescius eripuisti[1]

Ella, para convencer a Rodarco que lo que dice su hermano no es cierto, hace que un muchacho se disfrace tres veces de diferente manera y pide a Merlín que adivine su muerte. Éste, al dar cada vez una versión diferente de la muerte, es desacreditado por su hermana, quien logra exonerarse de este modo. Grande es la sorpresa cuando, poco después, nos es relatado cómo, en verdad, el muchacho experimenta la muerte por las tres causas enunciadas: cae de un peñasco, cuelga por su pie de un árbol y, finalmente, muere ahogado, pues su cabeza queda sumergida en un río que pasaba junto a dicho árbol.  En un momento dado, Merlín, sabe al ver las estrellas, que su esposa Güendolena tomara un nuevo marido. Por este motivo, va a visitarla y, al darse cuenta de que el nuevo consorte se está burlando de él, pues viene montado en un ciervo, lo asesina en un arrebato de furor. Es debido a este altercado que Merlín es mantenido preso en la corte del rey Rodarco.

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Merlín y el rey Arturo, Gustav Doré.

Un día el vate, escoltado por la guardia real, pasea por las afueras del palacio y ríe dos veces: primero, al ver a un mendigo que pedía dinero para remendar su ropa; luego, al ver a un joven con calzado nuevo que compraba suelas de repuesto. Los guardias, sorprendidos, cuentan lo sucedido al rey, quien, una vez más, le pide a Merlín que explique el porqué de su risa. Éste le dice al rey que sólo le responderá si le garantiza su libertad. Él acepta y Merlín contesta:

Ianitor ante fores tenui sub ueste sedebat

Et uelut esset inops rogitabat pretereuntes

Ut largirentur sibi quo uestes emerentur:

Ipsemet interea subter se denariorum

Occultos cumulos occultus diues habebat.

Illud ergo risi: tu terram uerte sub ipso

Nummos inuenies seruatos tempore longo.

Illinc ulterius uersus fora ductus ementem:

Calciamenta uirum uidi pariterque tacones,

Ut, postquam dissuta forent usuque forata:

Illa resartiret primos que pararet ad usus.

Illud item risi, quoniam nec calciamentis

Nec superaddet eis miser ille taconibus uti

Postmodo compos erit, quia iam submersus in undis

Fluctuat ad ripas [...][2]

Así pues, esta locura profética va acompañada, generalmente, por la risa burlona de Merlín. Elemento importante que es anunciado desde un principio por la mención de la musa iocosa[3]. De acuerdo a Tatlock en su artículo “Geoffrey of Monmouth’s Vita Merlini”,[4] Geoffrey, además de demostrar su conocimiento de la poesía latina, coloca desde un principio al poema dentro de una atmósfera juguetona, evidenciando que es un poema que tiene la intención de ser un divertimento, como dice el autor, un jeu d’esprit. Lucy Allen Paton, en su artículo “The story of Grisandole: a study in the legend of Merlin”, al tratar de rastrear el origen del episodio de Grisandole, nos dice que las escenas donde la risa sale a relucir aparecen en diferentes historias de origen oriental. En primer lugar, el relato más antiguo que se tiene del tópico de la reina infiel se encuentra en el cuento indio del siglo V, Çukasaptati. Todo comienza cuando la reina Kâmalila, durante la comida, se niega a comer un pescado macho, que ríe ante la negativa de la reina. El rey, sorprendido, pregunta el motivo de la risa de este ser sobrenatural a Pushpahasa, un hombre sabio capaz de sacar rosas de la boca cada vez que ríe, poder que había rehusado a mostrarle al rey, razón por la cual fue mantenido cautivo. Pushpahasa, finalmente, explica que el pez rio porque la reina le es infiel y es por este mismo motivo que él no se encontraba de humor para reír. El parecido con la Vita Merlini y el tema de la risa es evidente. No podemos saber si Geoffrey conoció dicha historia de primera mano, pero sí que su origen es claramente oriental.

Evangelario de Kells, siglo IX.

Evangelario de Kells, siglo IX.

Enseguida, el episodio de las adivinaciones en torno al mendigo y al hombre que compra suelas para sus zapatos nuevos proviene a su vez de Oriente. En el Talmu, encontramos la historia del rey Salomón, quien desea encontrar el shamir (piedra preciosa con propiedades mágicas). Envía, entonces, a Benajah, comandante de las tropas mercenarias del rey David, para que busque al demonio Aschmedai, el cual sabría decirle dónde encontrar la piedra mágica. Benajah captura al demonio y, mientras es llevado hacia Salomón, ríe tres veces. La primera vez cuando ve a un hombre comprar un par de zapatos que durarían siete años, la segunda cuando ve a un mago ganar dinero mediante su oficio y, por último, cuando ve una boda que se está llevando a cabo. Cuando Salomón inquiere el motivo de su risa, éste explica que rio la primera vez porque al muchacho sólo le quedan siete días de vida, la segunda porque el mago, sin saberlo, estaba parado sobre un tesoro escondido bajo sus pies y la tercera porque al novio sólo le quedaba un mes de vida. De acuerdo a M. Gaster, en su artículo “The legend of Merlin”, el motivo de este relato oriental pudo haber pasado de forma más directa a Inglaterra por medio de un cuento cristiano de origen rumano. En este cuento, el arcángel Gabriel es castigado por Dios y enviado a trabajar con un abad. Éste lo manda a comprarle un par de zapatos que sean lo suficientemente buenos como para que duren un año, cosa que provoca la risa del arcángel. Camino a la zapatería, Gabriel ríe una vez más al ver a un hombre que mendigaba. Cuando el abad pide la explicación de su risa, éste le responde que rio primero porque le pidió zapatos que duren un año cuando a él sólo le quedan tres días de vida y que volvió a reír porque el señor que mendigaba se encontraba, sin saberlo, sobre un tesoro enterrado bajo sus pies. Una vez más vemos el parecido con el episodio de la Vita Merlini. Un ser sobrenatural evidencia, por su risa, hechos que todos desconocen.

En conclusión, Geoffrey de Monmouth realiza en la Vita Merlini una combinación de tradiciones latinas, celtas y orientales. Todo quizás con el afán de reafirmar el juego de la musa iocosa, así como de mostrarnos un Merlín cuya naturaleza es la de un ser sobrehumano, aun si sus poderes provienen de un espíritu que lo enloquece. En un momento dado, Merlín declara: raptus eram, mihimet, quasi spiritus acta sciebam /Praeteriti populi praedicebamque futura[5] y, al final, vemos cómo este mismo espíritu se apodera de Ganieda: Hanc etiam quandoque suus rapiebat ad alta / Spiritus, ut caneret de regno saepe futura.[6] Es más, la misma risa sirve como recurso para resaltar la locura de Merlín. Los momentos de desolación y lamento por regresar al bosque fluctúan junto con la risa, los aligera y hacen saber al lector que no deben ser tomados en serio.


[1] Vita Merlini, vv. 286-293: Me reí, Rodarco, porque a causa del mismo acto debiste ser alabado y censurado. Cuando hace poco removiste la hoja que la reina no sabía que llevaba en su cabello, fuiste más atento con ella de lo que ella contigo; pues se había ido a esconder entre la maleza, allí adonde su amante se le reunió y se acostó con ella. Así, mientras ella estaba echada de espaldas, una hoja caída por casualidad en ese mismo lugar se adhirió a sus cabellos revueltos; y ésa fue la hoja que le quitaste, sin saber de esta situación.

[2] Idem, vv. 508-522: Tu portero estaba sentado ante las puertas vestido con ropas desgastadas y no dejaba de suplicar a los transeúntes, como desprovisto de todo bien, que le concedieran algo con qué remendar sus prendas; pues ese mismo sujeto ha sido, todo este tiempo, un hombre rico sin saberlo: tiene un gran cúmulo de monedas escondidas debajo de sí. Por eso me reí de la situación. Remueve tú la tierra que hay debajo de él y encontrarás unas monedas guardadas allí desde hace mucho tiempo. Después, cuando fui llevado en dirección a los mercados de la ciudad vi a un hombre que compraba calzado y suelas aparte para repararlo y dejarlo como nuevo para cuando se hubiera desgastado y agujereado por el uso; pero aquel pobre hombre no va a tener la posibilidad de utilizar las suelas de repuesto, pues para estos momentos su cuerpo, hundido en las aguas, se desliza flotando en las orillas del río.

[3] Idem, vv. 1-2 “Fatidici vatis rabiem musamque iocosam / Merlini cantare paro [...]” (“Me dispongo a cantar la locura de Merlín, el adivino portavoz del destino, y a su musa juguetona”).

[4] El tema de la musa iocosa se encuentra en los Carmina de Horacio Oda 3 libro III, así como en el libro II de las Tristia y en el verso 387 de los Remedia amoris de Ovidio.

[5] idem, vv. 1161-62 “Estaba fuera de mí y, como si fuera un espíritu, sabía los hechos pasados y predecía los futuros”

[6] idem vv. 1469-70 “A ella también la arrebataba, en ocasiones, su espíritu a las regiones etéreas para vaticinar sobre los eventos futuros concernientes al reino”.

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Sobre las 100 herejías de Juan Damasceno (675-749)

Iván Salgado García.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Hace un par de años, en el Seminario Interdisciplinario de Estudios Medievales (SIEM), comenzamos un proyecto de investigación y traducción del texto Sobre las 100 herejías de Juan Damasceno (675-749), una experiencia muy fructífera para los traductores y para aquellos que han tenido oportunidad de ver los primeros avances de este trabajo.

Cabe mencionar que éste fue el primer proyecto de traducción de textos griegos medievales en el SIEM y en la propia UNAM. Durante el proceso nos hemos encontrado con aspectos que han servido para constituir una metodología que aplicaremos en proyectos posteriores de esta naturaleza.

El texto en la obra de Juan Damasceno

Sobre las 100 herejías –en griego, περ αρέσεων y en latín, de haeresibus– es la segunda de tres partes de la Fuente de la sabiduría (πηγ γνώσεως), obra que le dio a su autor la fama que goza entre los Padres de la Iglesia. Fue compuesta por Juan Damasceno alrededor del 743[1], a petición de uno de sus compañeros de la Gran Laura de San Sabás y es un primer intento de organizar, de manera racional, todo el conocimiento relacionado con la fe cristiana, algo similar a la summa theologica de Santo Tomás.

La primera parte se titula Dialéctica, donde se resumen y definen algunos términos relacionados con la teología. La segunda parte, la que nos interesa, es el Libro de las herejías, donde se exponen las falsas doctrinas que han tenido lugar a lo largo de la historia del cristianismo. Para describir las primeras 24 herejías se tomó, casi íntegro, el texto de Epifanio de Salamina (ca. 310-403); el resto de la descripción abrevó de otros autores pero en su mayoría es de la autoría de Damasceno; su mayor aportación a la historia de las religiones es el apartado final, dedicado al Islam. Una tercera sección se titula Sobre la fe ortodoxa, donde se tratan temas como la unidad de Dios, la creación, la historia de la salvación entre otros. En suma, se trata de un resumen de siete siglos de doctrina cristiana.

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san Juan Damasceno. Icono del siglo XIV, monasterio del monte Athos

El texto de la segunda parte, sobre las herejías, se divide en secciones de magnitud dispar. La primera de ellas contiene los cuatro prototipos de todas las herejías: Barbarismo, Escitismo, Helenismo y Judaísmo. Es curioso notar que, en la parte relativa al Helenismo, se considera como principal falta el hacer esculturas, probablemente relacionado con la fama que gozaba el arte griego en todo el imperio romano; también es digno de nota el hecho de que las doctrinas filosóficas se incluyan como herejías, a saber, el Pitagorismo, los Platónicos, los Estoicos y Epicúreos. En la primera sección también se enumeran algunos sectores judíos como los fariseos, los saduceos y los escribas.

La segunda sección contiene las herejías posteriores a la venida de Cristo. Cuando se escriben algunas ya conocidas, como los gnósticos, no se ahonda en sus creencias sino solo en las regiones que habitan, probablemente porque, en esa época, no era necesario explicarlas. También se incluyen algunas herejías menos populares, como los Basilidianos, que creían en la existencia de 365 órbitas celestes, cada una con distinto nombre angélico; o los Cerintianos, que decían que Dios no había creado el universo sino que había sido obra de los ángeles. Están enlistados también los Valentinianos, que creían en eternidades y tiempos que, a la vez, eran macho-hembras y que habían sido creados por un padre de los universos. Mención aparte merecen los Tolemaicos, quienes se parecían a los Valentinianos por sus ideas del universo y la conjunciones de los astros.

En la tercera sección hay trece herejías, casi todas de origen oriental. Algunas son de fácil identificación, como los Setianos, en referencia al dios egipcio, y algunas otras de menos renombre, como los Ofitas, que adoraban a una serpiente por considerar que se trataba de Cristo; o los Cayanos, que veneraban a Caín y a Judas. De características parecidas eran los Severianos, que rechazaban el vino y al sexo femenino.

Encratitas, Catafriges, Pepucianos, Tesaresquedecatitas, Álogos y Adamianos son algunas de las herejías de la cuarta sección, también están ahí los Noecianos, que decían que Cristo era algo así como un hijo-padre; los Cátaros, que no aceptaban penitencia por sus pecados y rechazaban la bigamia; los Angélicos, que ya no existían cuando se compuso la obra, pero que se llamaban así porque porque invocaban a los ángeles en sus oraciones; los Valesios, que abnegaban de los profetas y de las leyes y que, en su mayoría, eran eunucos. También se enlistan en esta sección los Origenianos, que afirmaban que tanto Cristo como el Espíritu Santo eran creados.

La quinta sección comienza con la herejía 65, los Paulianistas. Aquí también se enumera a los Maniqueos, que adoraban al sol y a la luna como si se trataran de Cristo y blasfemaban sobre el Viejo Testamento; a los Melecianos, que en Egipto ya eran considerado cismáticos por haberse separado de los que renegaron de su fe en las persecuciones, y a los Arrianos que, al igual que los Origenianos, sostenían que Cristo y el Espíritu Santo fueron creados y que Cristo no compartía ni había tomado el alma de María.

La sección seis, que incluye siete herejías, enlista a los Audianos, Fotinianos, Marcelianos, Seminarianos, Erianos y Ecianos; los últimos decían que no se debían hacer sacrificios a los muertos ni se debían guardar ayunos en las fechas acostumbradas, ni siquiera en la temporada de Pascua; otra de sus doctrinas consistía en igualar en autoridad al sacerdote y al obispo.

La sección siete es pequeña, incluye sólo cuatro herejías, de las que se dan datos muy generales. Sin embargo, se hace énfasis en la número 77, los Dimocritas, que también se hacían llamar Apolinaristas y que, al interpretar de manera muy literal la frase “y el verbo se hizo carne”, sostenían que Cristo no era perfecto pues era sólo carne y nunca se dijo que tuviera alma. Pero, el principal objeto de atención en esta sección son los Masalianos, al grado de que, incluso, se enlistan los puntos relevante de su doctrina, entre los cuales aparecen algunos muy interesantes, como el primero, que dice que “Satanás vive de manera personal con el hombre y lo domina en todos los aspectos.”

A partir de la sección ocho se enumeran las herejías que existieron después del papado de León I, entre ellas los Nestorianos, Eutiquianistas, Egipciacos, Agnoetas, Barsanofitas, Ilicetas, Heliotropitas, entre muchos otros, como los Tnetophiquitas, que decían que el alma de los hombres es idéntica a la de los animales; los Agoniclitas, que nunca se hincan para orar, y los Cristolitas, que decían que el cuerpo de Cristo se quedó en la tierra y sólo su divinidad subió al cielo.

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Monasterio de Mar Saba

La última sección incluye a los Monoteletas, que afirmaban que Cristo participaba de dos naturalezas, pero que tenía sólo una voluntad y una persona; los Autoproscoptas, que eran, en todo, ortodoxos pero que se apartaron de la Iglesia católica por una diferencia en la interpretación de determinados cánones y, por último, la herejía que Juan Damasceno llama “seductora de los pueblos” los Ismaelitas, seguidores de un tal Mahommed, que, entre otras cosas, negaban que Cristo hubiera muerto en la cruz, adoraban ídolos y tenían falsos profetas.

Esta sección es la más larga de todo el tratado y constituye uno de los primeros testimonios de la existencia del Islam y de la visión que los cristianos tenía de esta religión. Por ello, el Seminario Interdisciplinario de Estudios Medievales ha decidido traducirlo y estará disponible en línea y de forma impresa en 2014. Por ahora es posible consultar, de manera fiable, la traducción latina de J. P. Migne, disponible en línea gracias al sitio web Documenta Catholica Omnia.


[1] Raymond Le Coz, Jean Damascene, écrits sut l’Islam. Présentation, commentaires et traduction. (Sources Chrétiennes 383). Les Éditions du Cerf. Paris. 1992. 272 pp.


 

Caída de Simón el Mago. Capitel, Basílica de Saint-Sernin, siglo XI.

La Subversión de la Palabra. La herejía en la alta Edad Media.

Laura Alcántara Duque.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Moisés transmitió su mensaje a través de la palabra y no de la imagen. El verbo, la palabra de Dios dada a los hombres para guía de su vida y su salvación, era la manifestación de Él en la vida terrenal y también era un vehículo de dominación.[1]  Durante la Edad Media el acceso a esta palabra garantizaba la pertenencia a una comunidad que dotaba al sujeto de prerrogativas específicas, que velaban por su seguridad y manutención además de –recíprocamente– sujetarlo a ciertas obligaciones sin las cuales sería un paria. En tanto la sociedad medieval se concebía como eminentemente cristiana, la cohesión de ésta se daba a partir del rito y los discursos cristianos. Así pues, cada estrato social cumplía una función de acuerdo a la relación establecida entre la vida material y la vida espiritual. Cada uno hacía lo propio para mantener el engrane del mundo funcionando, con el fin último de alcanzar la salvación eterna.[2]

La palabra divina estaba para ser escuchada. Parecería que una de las condiciones para pertenecer a la Cristiandad era la recepción, casi pasiva, de la palabra. Y el clero, estamento encomendado a difundirla, mantenía, gracias a ello, una situación material por encima de gran parte de la población, pues gozaba de potestades jurídicas y sociales sobre ella. De esa forma, se establecía una lectura y un discurso concreto de las Escrituras, es decir, se planteaba una serie de límites formales e interpretativos dentro de los cuales el clero debía realizar su apostolado.

Así fue, o más bien, así se intentó que fuera. Fue común la aparición de individuos o grupos –organizados o improvisados– que rebatían la exclusividad de la palabra divina en los clérigos. Muchos eran los motivos por los cuales se rechazaba la restricción impuesta para aproximarse directamente a ella. La vida clerical distaba, en diversos momentos y regiones, de ser tan pura y espiritual como demandaban los cánones.

La palabra no podía ser difundida por cualquiera, pues se corría el riesgo de que se interpretara fuera de los cánones y, entonces, surgiera la herejía. Sin embargo, con mayor frecuencia de lo que se piensa, se trató de romper con este monopolio, intentando quitar la palabra al orden sacerdotal porque no se les consideraba dignos de transmitirla. Es en ese momento donde se subvierte el orden impuesto y se reconoce que el verbo está a disposición de los simples y de los laicos. Se eliminaban, así, las barreras sociales impuestas y se abrían posibilidades de generar una igualdad de funciones que trastocaba el orden imaginado y precariamente establecido. Un orden construido poco a poco y un poder que se afianzaba paulatinamente.

Si un simple se hacía del verbo cabía la posibilidad de que pervirtiera y modificara la verdad aceptada, garante del status quo. La herejía es, entonces, el error al interpretar o valorar los cánones eclesiásticos y los textos fundadores del cristianismo. Pero ¿de acuerdo con qué criterio, con qué objetivo y bajo qué términos tiene lugar el error?

Caída de Simón el Mago. Capitel, Basílica de Saint-Sernin, siglo XI.

Caída de Simón el Mago. Capitel, Basílica de Saint-Sernin, siglo XI.

La construcción de la fe correcta, adecuada y verdadera es constante. Obedece, principal aunque no únicamente, a dos cuestiones: qué es lo que se quiere combatir y qué tipo de poder se quiere edificar. Durante el Imperio Carolingio, por ejemplo, bajo la tutela de Carlo Magno se formaban intelectuales en la corte, que posteriormente eran enviados a los monasterios sujetos a su dominio. Uno de los intelectuales más prominentes de esta corte fue Alcuino de York, quien colaboraba para consolidar el poder centralizado de los carolingios; él explotó una forma específica de transmisión para la creación de textos especializados, destinados a un grupo de gente preparada para entenderlos. Se esforzó así por dividir la preparación y la redacción de medios de transmisión de esa palabra (textos) para después difundirlos, probablemente en lengua vernácula. Se reafirmaba así la categoría de oyentes de la grey. Se controlaba, así, la manera en la que la Iglesia establecida, patrocinada por el poder, hacía llegar la directriz cristiana a sus fieles.

Pero sólo podía controlarse en primera instancia, porque lo dicho siempre tendrá la posibilidad de modificarse en la predicación vernácula. Un cambio que se propicia y permanece en la oralidad.

 

[1] Peter Brown, El primer milenio de la cristiandad occidental, Barcelona, Crítica, 1997, p. 253 (La Construcción de Europa)

[2] Sobre el orden social medieval y la justificación religiosa de cada grupo social, así como de la jerarquía que ocupaban vid  Georges Duby, Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo, traducción de Arturo R. Firpo, Madrid, Taurus, 1992 [1978], 460 págs.