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Arturos, Amadises, Quijotes: ciclos literarios, continuaciones y reescrituras

Daniel Gutiérrez Trápaga[1]

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

El historiador francés Jacque Le Goff, retomando las palabras de Jean-Marie Fritz, apuntó que el Grial y los amores de Tristán e Iseo fueron los mitos más importantes surgidos en el Occidente medieval.[1] Más allá de la hipérbole, la sinécdoque anterior subraya la trascendencia de la literatura artúrica. Luego, para entender el legado de este amplísimo corpus literario no basta con centrarse en los personajes conocidos de la Materia de Bretaña, Arturo, Ginebra, Merlín, etcétera, o sus motivos y fórmulas literarias.

La literatura artúrica también forjó y legó una enorme variedad de recursos narrativos, poéticos y formales a la ficción occidental. Muchos de estos recursos surgieron de las convenciones, prácticas y condiciones de producción textual propias de la Edad Media. Los orígenes de esta tradición se remontan a la crónica ficticia del galés Geoffrey de Monmouth, la Historia regum Britanniae (h. 1135-1136). Esta obra representa la fundación del universo literario artúrico y desencadenó la escritura de un sin fin de textos, trascendiendo la barrera culta del latín, para manifestarse en casi todas las lenguas y geografías de Europa. Gracias a la monarquía angevina y a la nobleza de la actual Francia, el texto de Geoffrey de Monmouth y el universo artúrico de la Historia comenzó a transformarse.

Las modificaciones de la Historia regum Britanniae iniciaron un proceso constante de rescritura, tanto de índole formal (al versificarlo y traducirlo al francés antiguo para las cortes) como de contenido (al ampliar o reducir personajes, episodios y líneas argumentales).[2]Gran parte de las reescrituras medievales fueron hechas por clérigos francófonos que adaptaron obras latinas para la nobleza, entre ellos Wace y el más conocido Chrétien de Troyes. La adaptación de textos latinos al octosílabo pareado francés fue un procedimiento común a lo largo del siglo xii, cuando, además de historias artúricas, se adaptaron textos latinos como la Eneida y distintas versiones de la historia troyana o de Alejandro Magno. Con estas adaptaciones surgió el término roman, aún empleado en francés para designar a la novela, de la expresión “mettre en roman”, es decir traducir a una lengua romance. Dichas adaptaciones no pretendían ser una traducción literal, sino que partían del concepto retórico de la imitatio y estaban condicionadas por un rasgo central de la textualidad medieval: la mouvance o la variación textual.

La imitatio era una práctica común en el aprendizaje y el quehacer literario de la clerecía medieval que consistía en transformar el texto de origen en uno nuevo que resaltara las virtudes del primero, pero que implicaba añadir nuevos materiales y adaptarlo para un público nuevo.[3]Por su parte, la inestabilidad textual o mouvance describe la constante variación de la literatura medieval en todos los niveles textuales, tanto por errores de copistas, como por modificaciones intencionales.[4]A partir de estos dos conceptos, el proceso de reescritura de la literatura artúrica continuó la creación de extensos relatos franceses en prosa que conformaron los ciclos artúricos más importantes del siglo xiii: el Lancelot-Graal o Vulgate, el Tristan en prose y el malogrado ciclo Post-Vulgate. El primero fue el más completo y complejo, compuesto por cinco novelas (Estoire del Saint Graal, Estoire de Merlin, Lancelot, Queste del Saint Graal, Mort Artu) que alcanzan miles de páginas en las ediciones modernas y cuyos textos sobreviven en centenares de copias manuscritas que circularon en toda Europa. Este ciclo intentó abarcar la historia completa del universo artúrico, desarrollada alrededor del Grial, desde sus orígenes cristianos hasta el trágico fin del reinado artúrico. Dicho proceso de conformación de ciclos no fue exclusivo de la literatura artúrica, pues también se desarrollaron en la actual Francia vastos ciclos épicos sobre Carlomagno, las cruzadas, sobre la genealogía del personaje de Guillermo de Orange y sobre los barones rebeldes.

El término “ciclo” describe un grupo de textos que relata una historia común que se desarrolla dentro de un mismo mundo de ficción con los siguientes rasgos narrativos: un relato amplio formado por múltiples textos con unidad cronológica y temática. Un ciclo suele estar compuesto por obras de distintos autores, produciendo un relato raramente uniforme y definido por su afán de amplitud y exhaustividad. Es decir, un ciclo pretende abarcar narrativamente todos los aspectos e historias que componen un universo de ficción. Los ciclos medievales tienen además a la reescritura como un elemento central de su poética derivada de la mouvance y la imitatio.[5]

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Los ciclos artúricos franceses circularon ampliamente en la Península Ibérica, tanto en sus versiones originales como en traducción, y son el principal antecedente de los libros de caballerías castellanos del siglo xvi.[6] En la Castilla medieval también se desarrollaron ciclos épicos; sin embargo, apenas sobreviven algunos fragmentos de dichas obras.[7] En cambio, a finales del siglo xv comenzó el desarrollo de un género novelesco cuya poética está marcada por los procesos de reescritura, continuación y creación de ciclos: los libros de caballerías. El género dominó a los lectores y a las imprentas castellanas y europeas del siglo xvi, si bien en la actualidad los libros de caballerías son conocidos, acaso, por haber enloquecido a un hidalgo manchego de nombre incierto, Alonso Quijana o Quijano, hasta convertirlo en don Quijote. Entre finales del siglo xv y las primeras tres décadas del siglo xvii, ningún género tuvo tantos títulos, ediciones y lectores como los libros de caballerías castellanos, cuyo corpus está conformado por al menos 87 títulos distintos. En su mayoría, los libros de caballerías se agruparon en alguno de los siguientes ciclos del género:

 

1. Ciclo de Amadís de Gaula (10 libros)

2. Ciclo de Belianís de Grecia (4 libros)

3. Ciclo de Clarián Landanís (5 libros)

4. Ciclo de la Demanda del sancto Grial (2 libros)

5. Ciclo del Espejo de caballerías (3 libros)

6. Ciclo de Espejo de príncipes y caballeros (5 libros)

7. Ciclo de Felixmagno (2 libros)

8. Ciclo de Florambel de Lucea (2 libros)

9. Ciclo de Florando de Inglaterra (2 libros)

10. Ciclo de Floriseo (2 libros)

11. Ciclo de Lepolemo (2 libros)

12. Ciclo del Morgante (2 libros)

13. Ciclo de Palmerín de Olivia (5 libros)

14. Ciclo de Renaldos de Montalbán (3 libros)

15. Ciclo de Tristán de Leonís (2 libros)[8]

 

Ya en la obra paradigmática y fundacional de los libros de caballerías, el Amadís de Gaula (1508) de Garci Rodríguez de Montalvo se observan los procesos de reescritura y composición de un ciclo. El Amadís de Montalvo es una reescritura de las versiones medievales hoy perdidas de la misma obra. Montalvo modificó la trama del Amadís medieval para introducir una continuación completamente original, las Sergas de Esplandián (1510), iniciando el desarrollo de un ciclo basado en la genealogía del caballero de Gaula. El éxito de ambas obras fomentó la creación de múltiples continuaciones que desarrollando ampliamente el ciclo amadisiano. Estas obras, habría de servir de modelo para la creación y desarrollo de más libros y ciclos de caballerías.

El apogeo del género y sus ciclos se produjo en buena medida a partir de la creación de continuaciones. Así, el final de varias obras del género sentaron las bases para el desarrollo cíclico a través de la promesa de una continuación, ya sea iniciando una nueva línea de acción o dejando sin concluir importantes aspectos de la trama.[9] Este fenómeno textual ya se observa en el final de las Sergas, donde se inician las aventuras de una nueva generación de personajes del linaje amadisiano, tras el encantamiento de los protagonistas hecho por la maga Urganda en el penúltimo capítulo.[10]Entonces, la conclusión de las Sergas establece el principio de su propia continuación.

Este modelo de final textual fue utilizado en otros libros de caballerías y permitió el desarrollo de los ciclos. Los impresores también se beneficiaron de este impulso cíclico, pues imprimir una continuación de una obra previa que ya gozaba de éxito entre el público, garantizaba la existencia de cierto interés por la obra nueva dentro de un marco cíclico. Dicho modelo se adoptó en otros géneros y obras como el Quijote, donde al final de la primera parte cervantina (1605) se anuncia una continuación; al igual que ocurre con la primera parte del Guzmán de Alfarache (1599) de Mateo Alemán.

Para que la influencia del modelo de cierre de las Sergas llegara hasta el siglo xvii, fue necesario el desarrollo del ciclo amadisiano. Montalvo nunca publicó una continuación, pero otros autores se encargaron de escribir continuaciones y desarrollar el ciclo amadisiano, convirtiéndolo en el más extenso y popular. Las continuaciones de las Sergas se han clasificado en dos grupos, conocidos como ramas, pues constituyen tramas divergentes a partir de las obras de Montalvo. La primera rama amadisiana la forman el Florisando de Ruy Páez de Ribera, continuación de las Sergas, y el Lisuarte de Grecia de Juan Díaz, continuación del Florisando. La segunda rama del ciclo de Amadís fue la más extensa y exitosa. Con la excepción del Silves de la Selva de Pedro de Luján, esta rama fue desarrollada por el gran Feliciano de Silva, en su Lisuarte de Grecia, Amadís de Grecia y sus tres Floriseles.

La primera rama se aleja del Amadís, proponiendo una reescritura del modelo narrativo y caballeresco que enfatiza la didáctica y el ideal cruzado a través de las continuaciones. Por el contrario, la rama de Feliciano de Silva y Pedro de Luján es más cercana al modelo narrativo del Amadís de Gaula, aunque Feliciano comenzó una importante experimentación narrativa en el género. Así, estas obras generaron complejas relaciones intertextuales de continuación, fidelidad, oposición y reescritura con las obras de Montalvo, las otras continuaciones y las ramas del ciclo. Luego, el ciclo de Amadís dista de ser un corpus unitario, donde la posibilidad de variación, contradicción y modificación aparecen en la génesis del ciclo con los libros de Montalvo y permanecen en las continuaciones. Su carácter de impresos no impone rasgos de unidad y estabilidad textual que asociamos con este formato en la actualidad, puesto que las obras del ciclo amadisiano conciben las obras previas del ciclo como abiertas, para ser tanto continuadas como alteradas de manera explícita.

Description of Great Britain and Ireland (c.1574), f.36 - BL Add MS 28330

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El ciclo amadisiano contiene los procesos más complejos de reescritura y continuación dentro de su género. Dichos procesos continuaron en otros libros de caballerías en distintos grados e, inclusive, con rasgos novedosos, al punto de transformar la inestabilidad textual en un rasgo de la poética del género y no de la producción textual, como en el ciclo de Espejo de príncipes y caballeros, en la segunda mitad del xvi. Otros géneros y obras de la época retomaron algunos de los procesos intertextuales cíclicos, de continuación y reescritura, basta con pensar en las relaciones intertextuales entre los Quijotes cervantinos y el de Alonso Fernández de Avellanedao en los Guzmanes de Alemán y el de Mateo Luján de Sayavedra.[11]

Quedan muchos elementos que estudiar a fondo sobre los libros de caballerías castellanos, en particular, sobre sus procesos de reescritura, continuación y formación de ciclos. La influencia de los rasgos literarios y materiales de los libros de caballerías no está limitada al propio género sino que repercutió en la prosa de ficción aurisecular, así como a la novela europea renacentista y barroca. Apenas comienza el desarrollo de esta compleja línea de investigación, en lo que concierne a los libros de caballerías castellanos, pero su alcance diacrónico es innegable, pues seguimos familiarizados con los procesos de continuación, reescritura y formación de ciclos en relato contemporáneos heroicos ya sea en la literatura, comics, cine o videojuegos, desde el rey Arturo hasta Star Wars.

 

[1]Jacques Le Goff, Héros et Merveilles du Moyen Age, París, Seuil, 2005, 211.

[2]Para un panorama de la literatura artúrica francesa véase The Arthur of the French. The Arthurian Legend in Medieval French and Occitan Literature, ed. Glyn S. Burgess y Karen Pratt, Cardiff, University of Wales Press, 2006.

[3]Rita Copeland, Rhetoric, Hermenutics, and Translation in the Middle Ages. Academic Traditions and Vernacular Texts, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, 151–54.

[4]Paul Zumthor, “Intertextualité et mouvance”, Littérature 41, 1981, 8–16.

[5]Cyclification. The Development of Narrative Cycles in the Chanson de Geste and the Arthurian Romances, ed. Bart Besamusca, Willem P. Gerritsen, Corry Hogetoorn, y Orlanda S. H. Lie (Amsterdam: Royal Netherlands Academy of Arts & Sciences, 1994).

[6] Al respecto véase David Hook, ed., The Arthur of the Iberians. The Arthurian Legends in the Spanish and Portuguese Worlds (Cardiff: University of Wales Press, 2015).

[7]Alan Deyermonnd, La literatura perdida de la Edad Media castellana. Catálogo y estudio. I. Épica y romances (Salamanca: Universidad de Salamanca, 1995).

[8] Esta lista, con algunas modificaciones, proviene de José Manuel Lucía Megías, Imprenta y libros de caballerías (Madrid: Ollero y Ramos, 2001), 65–67.

[9]María Carmen Marín Pina, “Comenzar por el final. Sobre la génesis y el principio de las continuaciones caballerescas”, en Le commencement… en perspective. L’analyse de l’incipit dans la littérature du Moyen Âge et du Siècle d’or, ed. Pierre Darnis (Toulouse: CNRS-Université Toulouse-Le Mirail, 2010), 137–48.

[10]Garci Rodríguez de Montalvo, Sergas de Esplandián, ed. Carlos Sainz de la Maza (Madrid: Castalia, 2003), 822–26.

[11] Al respecto véase Daniel Gutiérrez Trápaga, “De los Amadises a los Quijotes: continuación y ciclo en Cervantes y Avellaneda”, Historias Fingidas 4 (2016): 137–55. Disponible en http://historiasfingidas.dlls.univr.it/index.php/hf/article/view/51/99

 

[1]Este artículo presenta algunas ideas de mi reciente libro Rewritings, Sequels, and Ccycles in Sixteenth- Century Castilian Romances of Chivalry: “Aquella Incabable Aventura”, Woodbridge, Tamesis, 2017.

La recepción de la literatura clásica latina del siglo IX al XII: algunas consideraciones

Aldo A. Toledo Carrera.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Una vez obtenida la paz, el emperador Carlomagno pudo emprender las reformas que él creía necesarias para conservar la estabilidad de su reino. Siguiendo el ideal agustiniano del Cristianismo, no sólo como regeneración bautismal a nivel del individuo sino también del Estado, llamó a su corte a hombres de distintas partes del orbe —de Hispania, Italia, Galia e Inglaterra— para continuar la tan requerida renovatio studiorum que su padre, Pipino el Breve, había emprendido mas no completado. El emperador estaba convencido de que, para terminar esta renovación de los estudios, uno de cuyos objetivos principales era la formación de clérigos capaces de hacer labor exegética de las Sagradas Escrituras, era menester comenzar por la renovación del vehículo de los mismos, el latín, que tan grande deterioro había sufrido en la Iglesia durante el período merovingio. Alcuino de York, hombre de inmenso saber, fue puesto a cargo de la schola Palatina y la biblioteca de la corte para este fin. La biblioteca fue enriquecida con amplios volúmenes de la Antigüedad y los Padres de la Iglesia, procedentes de Northumbria gracias a la cultura monastica anglolatina, pilar de la supervivencia de la literatura latina. Por órdenes del emperador y bajo su celosa mirada, estas obras se copiaron en las abadías reales, con el fin de extender el saber a todas partes del imperio. Tras la muerte de Luis el Piadoso, hijo y sucesor de Carlomagno, en el año 840 y la consecuente división del reino entre sus hijos, Aquisgrán cayó en el olvido, pero su colección de volúmenes se repartió entre los nuevos núcleos del saber, donde fueron copiados ininterrumpidamente y enviados a otros centros, asegurando así la conservación del saber antiguo.

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Abadía de San Galo.

El danés Birger Munk Olsen, autor del célebre I classici nel canone scolastico altomedievale, propone en su artículo “La Réception de la Litterature Classique au Moyen Âge” la recepción de los autores de la Antigüedad en relación directa con el número de manuscritos conservados. Advierte que este trabajo está sujeto a muchas variantes, pues es un estudio que depende de la conservación del número de obras, copiadas durante la Edad Media; además, no hay que olvidar que los resultados podrían no reflejar la realidad de la existencia de las dichas copias, dado que muchas pudieron perderse por factores tan dramáticos, como una guerra o un incendio, o por otros más diminutos pero no menos destructivos, como los hongos y los ratones. Es, pues, un estudio que depende de lo que hemos conservado, no de lo que realmente hubo y el paso del tiempo destruyó. Sin embargo, esto no quiere decir que nuestros conocimientos sobre la conservación de los autores clásicos –y, por ende, de la formación del canon latino en la Edad Media occidental– estén basados en hipótesis vagas. Afortunadamente, no sólo han sobrevivido los manuscritos físicos –que, con esfuerzo, se han recuperado, especialmente a partir del humanismo italiano, asegurando su supervivencia– sino también los grandes catálogos de las bibliotecas donde se almacenaron y copiaron los autores clásicos, en espera de su inmortalización, consumada por la labor de los humanistas renacentistas. Ambos factores pueden darnos una muy buena idea sobre lo que estaba sucediendo en los scriptoria de la corte carolingia y los monasterios: a quién se leía, a quién se imitaba y quién educaba a los hombres del siglo ix en adelante.

Según la lista Diez B. 66, quizá un catálogo parcial de los libros de la biblioteca de la corte carolingia, Lucano, la Tebaida de Estacio, Terencio, Juvenal, Tibulo, el ars poética de Horacio, Claudiano, Marcial, algunos discursos de Cicerón y fragmentos de los bella e historiae de Salustio, curiosidades como Gracio con su cynegetica y Estacio con sus silvae formaban parte de la extensa lista. Los mejores manuscritos de Lucrecio y Vitruvio proceden de ahí. Al mismo tiempo, comienzan a florecer las bibliotecas de Corbie y Tours, que, luego de la decadencia de Aquisgrán, tomarían su lugar. En ambas, por ejemplo, se copió un manuscrito italiano del siglo V de Livio, que se encontraba, seguramente, en la biblioteca carolingia. Corbie, además, albergó una gran colección de Cicerón, Livio, Salustio, Columela, Séneca el Mayor, Plinio el Joven, el bellum Gallicum de César ―obra, por lo más, poco copiada en los scriptoria medievales―, ad Herennium, Macrobio, Estacio, Marcial, las Heroidas y Amores ovidianos ―otra obra de poca difusión durante este período―, Terencio, Vitruvio y Vegecio. Otras colecciones iban, poco a poco, acrecentando su acervo para, luego, competir con San Martín de Corbie: Fleury, Ferrières, Auxerre, Lorsch, Reichenau y San Galo.

Volviendo al trabajo de Munk Olsen, para su investigación eligió el período entre los siglos ix y XII, puesto que los catálogos de esta época son más exhaustivos y arrojan datos más certeros. Además, elaboró una tabla en la que enumera el total de manuscritos conservados de autores clásicos, limitándola a aquellos que sean más de cincuenta.

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Gracias a esta información, pueden concluirse diversos aspectos sobre la recepción de la literatura latina:

1)    Virgilio, considerado —al menos en el siglo IX— un profeta precristiano que anunciaba la llegada de Cristo, era el único autor pagano cuyas tres obras eran ávidamente estudiadas y convivían con los poetas cristianos Prudencio, Próspero y Sedulio. Esto se refleja en el número, siempre alto, de manuscritos a través de cuatro siglos. Puede verse, además, la preferencia creciente de la Eneida sobre las otras dos obras, los georgica y las eclogae, copiadas aparte por su extensión. Este proceso fue esencial en la formación de un canon y se volvió una tendencia que, hasta el día de hoy, perdura. Curiosamente, en el caso de las otras dos obras, la preferencia está invertida el día de hoy: los georgica son la obra menos estudiada de Virgilio.

2)    Los poetas, no los prosistas, son los educadores latinos paganos de la Edad Media, cuyo estilo y vocabulario permea incluso en la prosa. Virgilio, Lucano, Horacio, Juvenal, Persio y, en último lugar, Ovidio tienen un lugar preponderante en la labor de los scriptoria y el estudio del latín. Al contrario de lo que popularmente se dice acerca de cómo el Cristianismo prohibía la lectura de libros “poco edificantes”, por no decir “impropios de acuerdo con la doctrina cristiana”, esta lista muestra lo contrario: las muchas veces salaces Sátiras de Horacio tienen una posición privilegiada sobre muchos otros autores paganos e, incluso, sobre otras de sus obras; pero, como puede deducirse del número casi constante, todas sus obras solían copiarse en el mismo grupo de folios. Juvenal es más copiado y leído que el moralista Terencio. Las Metamorfosis es la única obra de Ovidio que aparece en la lista y está en los últimos lugares pero, aun con su contenido pagano lleno de traiciones, incestos y estupros, no pueden preterirse; las Heroidas y los Amores descansaban en los estantes de Corbie. La guerra fratricida de la Tebaida de Estacio era un favorito de la Edad Media, un autor cuya épica, junto con la de Virgilio, era digna de imitarse; de sus Silvas sabemos, al menos, que estuvieron entre las colecciones de la corte de Aquisgrán, pero fuera de ahí tardaron mucho tiempo en ver de nuevo la luz. En el mismo tenor, se encuentra la Farsalia de Lucano, la gran obra poética y retórica sobre la guerra civil, en la que el enemigo de Roma era Roma misma. Es cierto que, en el ramo eclesiástico, muchos, siguiendo a San Benito, levantaron no pocas veces la voz contra la lectura de los paganos por ser perjudicial a la doctrina cristiana institucionalizada, pero eso no impidió que se continuara la labor, comenzada en época carolingia, de reproducción de textos de la Antigüedad Clásica.

3)    Cicerón y Salustio son los únicos prosistas que figuran en la lista. Del primero, sin embargo, no resaltan sus discursos ni las cartas ―las que fueron un redescubrimiento de Petrarca― sino su obra oratoria y filosófica: el de inventione y su espuria rhetorica ad Herennium fueron los manuales para la enseñanza del trivium, pues Quintiliano todavía permanecería unos siglos esperando ser encontrado y ampliamente estudiado por Poggio Bracciolini; el de officiis, por su parte, representa la discusión filosófica junto con su tratado sobre la amistad, el Laelius; finalmente, el somnium Scipionis se copiaba y leía separado del de republica, venía usualmente acompañado del comentario de Macrobio y se copiaban ambos en los mismos folios. Salustio es el único historiador de amplia difusión en la Edad Media.

4)    También se encuentra una curiosidad de la Antigüedad: el poco conocido texto de Solino, los mirabilia, un resumen de la geografía que describe Plinio en su historia naturalis. La obra de Plinio el Viejo era tan extensa que difícilmente se copiaba íntegra, pues ocupaba demasiados folios, material muy preciado en la Edad Media.

5)    Las dos obras que no pertenecen al uso escolar son las epistulae ad Paulum de seudo-Séneca y las epistulae ad Lucilium, éstas sí del filósofo romano. Autor muy querido por los cristianos por su estoicismo, doctrina asimilada en muchos aspectos por los escritores cristianos, gozó de gran prestigio durante la Edad Media, en detrimento de su obra “científica”.

A pesar de todo, esta lista es muy pequeña en comparación con la gran cantidad de obras, de los mismos autores clásicos, que no se han mencionado aquí. ¿Qué pasó con ellas? ¿Dónde estaban? Muchas de ellas quedaron en las estanterías de las bibliotecas, esperando ser encontradas. El gran historiador Livio quedó desmembrado en diferentes partes de Europa: su quinta década, copiada en el monasterio de Lorsch, es la única fuente que tenemos. Su biblioteca albergaba, además, una de las raras copias de las epistulae de Cicerón, y copias del norte de Italia de el de beneficiis y de clementia de Séneca, entre otros. El único manuscrito medieval superviviente de los Argonautica de Valerio Flaco fue copiado en Fulda. De aquí mismo, salieron los libros 1–6 de los annales de Tácito, para luego ser conservados en Corvey. Fleury fue un centro importante para Quintiliano y el bellum Gallicum. Ejemplos como éstos hay muchos. Sin embargo, no gozaban la misma seguridad que las obras mencionadas en la lista incluida en este trabajo, pues el único manuscrito carolingio de alguna obra, almacenado en alguna biblioteca sin ser copiado, era susceptible de desaparecer para siempre ante cualquier accidente: Catulo, Propercio, Petronio y Tácito estarían perdidos de haber sido así.

Cubierta de marfil dle Evangelario, c. 810, Carolingian, Victoria and Albert Museum

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Bibliografía

Bischoff, Bernhard, Paläographie des römischen Altertums und des abendländischen Mittelalters, Berlin: Erich Schmidt Verlag, 2009.

Bowen, James, A History of Western Education, vol. II, Londres: Methuen & Co Ltd, 1975.

Hildebrandt, M. M., The External School in Carolingian Society, Leiden: E.J. Brill, 1992

Munk Olsen, Birger, “La réception de la littérature classique grecque et latine du ixème au xiième siècle. Une étude comparative”, Classica, Brasil: 19.2, 167-179, 2006.

Reynolds, Leighton D. y Nigel G. Wilson, Copistas y Filólogos, Madrid: Gredos, 1986.

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El no-leído: el misterio del manuscrito Voynich [1]

Reed Johnson [2]

Traducción de Ana Carolina Abad.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Guardado en un acervo de libros raros en la Universidad de Yale, existe un manuscrito de finales de la Edad Media, escrito e ilustrado con vívidos dibujos de línea que han sido coloreados -a veces burdamente- con aguada. Estas ilustraciones van desde lo fantástico (legiones de grandes flores que no tienen relación con ninguna especie o variedad conocida) hasta lo bizarro (mujeres desnudas, posiblemente embarazadas, retozando en lo que parece un parque de diversiones con toboganes del siglo XV). Con sus vientres distendidos, delgados brazos y piernas y expresiones serias, las figuras desnudas son caprichosas, aún cuando su anatomía esta representada con franqueza –algo inusual en esa época. Los dibujos botánicos del manuscrito no son menos extraños: las plantas parecen ser quiméricas pues combinan partes incompatibles de diferentes especies e, incluso, de diferentes reinos. Raíces esféricas con tentáculos que toman forma de animales o de órganos humanos –de una de estas plantas brotan dos cabezas incorpóreas con expresiones de enfado. Pero, quizá, lo más raro de este libro es que nadie nunca lo ha leído.

Esto se debe a que el libro –conocido como manuscrito Voynich por el vendedor de libros raros que lo encontró hace un siglo– está escrito en una lengua desconocida, con un alfabeto que no aparece en ningún otro lugar más que sus páginas. El sistema de escritura es extrañamente bello, lleno de bucles y curvas fluidas. Una serie de letras distintivas, llamadas “patíbulos” por su forma, a veces se unen con otras letras o han sido embellecidas con elaboradas florituras, obra del escribano. El significado de estos glifos –ya sea información fonética, valores numéricos u otra cosa– es una suposición. Por sus ilustraciones, el manuscrito parece ser un compendio de conocimiento relacionado con el mundo natural; incluye una sección sobre plantas, otra que aparentemente detalla procesos biológicos, varios esquemas zodiacales y páginas dedicadas a los movimientos de cuerpos celestiales, como el tránsito de la Luna a través de las Pléyades. La escritura fluye suavemente de una letra a la siguiente; con base en la caligrafía se piensa que pudo haber sido el trabajo de por lo menos dos y hasta ocho escribanos experimentados, y que posiblemente requirió de años de trabajo.

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Supe del manuscrito Voynich por primera vez en 2010. Estaba terminando una Maestría de Bellas Artes (Master of Fine Arts), especializada en literatura de ficción, en la Universidad de Virginia y, anticipando las funestas expectativas laborales, había decidido escribir un thriller al estilo de Dan Brown. Se trataba del “Libro M”, una especie de enciclopedia apócrifa de sabiduría esotérica, escrita a principios del siglo XV en un “lenguaje y letras mágicas” por Christian Rosenkreuz y los otros siete fundadores de la orden Rosacruz. El protagonista de la novela descubre que el Voynich, que data del mismo periodo, era de hecho el “Libro M”, largamente desaparecido, cuyos secretos, si eran descubiertos… bueno, ustedes conocen la trama. Pasé un sofocante verano en Virginia tratando de aprender como escribir un thriller barato (es más difícil de lo que parece) mientras dedicaba más y más tiempo a estudiar el Voynich. Hice un facsímil electrónico para mi iPad, usando imágenes de sus páginas en alta resolución, y pasé horas –que se convirtieron en días y semanas– revisando sus páginas, cautivado por los más insignificantes detalles de los márgenes. Un pequeño dibujo de un cadáver sosteniendo su estómago cerca de trozos desechados de comida, en el folio 66r, me impulsó de inmediato a ir a la biblioteca de la universidad para investigar sobre plantas venenosas, lo que me condujo a consultar farmacopeas medievales, lo que a su vez me llevó a indagar sobre las rutas comerciales entre Europa e India, transitadas por mercaderes árabes.

Al final del verano, no había logrado avance alguno en mi novela. Pero me sentía más cerca que nunca de descifrar el Voynich.

***

No era el único que creía que podía desentrañar los secretos del libro. La primera persona que sabemos poseyó el manuscrito fue el emperador del Sacro Imperio, Rodolfo II, que estaba tan interesado en él que lo compró a su dueño anterior por seiscientos ducados –alrededor de 90 mil dólares actuales. (De acuerdo con estudios de radiocarbono, el libro tenía alrededor de dos siglos de edad cuando el emperador lo compró). Rodolfo era un fanático de lo inusual –coleccionaba enanos y conformó un regimiento entero de su ejército con “gigantes”. Su fijación con la alquimia y lo oculto hizo que, durante su reinado, Praga se convirtiera en el principal centro de indagaciones místicas y protocientíficas.  Una figura importante de la corte de Rodolfo fue Jacobo Horcicky de Tepenec, el farmaceuta imperial, guardián de los jardines reales y el siguiente dueño del manuscrito Voynich. Tepenec había ganado los favores del rey cuando lo curó de una grave enfermedad. Había fabricado y vendido un élixir que era tan demandando que se convirtió en una especie del barón del aceite de serpiente del Renacimiento; era tan rico que el mismo emperador le pedía préstamos.

Casi todo lo relacionado con el manuscrito Voynich ha sido objetado a lo largo de los años y sus dueños no han sido la excepción. Pero hace una década, el infatigable experto en el Voynich, René Zandbergen (en cuya investigación me basé para escribir esto), estaba revisando unos archivos del siglo XVII cuando se topó con una carta que identificó al siguiente dueño del manuscrito: Georg Baresch, un alquimista que vivió en Praga durante la primera mitad del siglo XVII, quien pasó veinte años intentando descifrar su escritura. Desesperado por encontrar una solución, el alquimista mandó algunas páginas de muestra a un criptoanalista célebre en esos días, un erudito jesuita radicado en Roma llamado Athanasius Kircher, quien –incorrectamente, según se supo después– afirmaba haber descifrado los jeroglíficos del antiguo Egipto. El manuscrito intrigó a Kircher y trató de convencer a Baresch de cedérselo. Baresch se negó. Sin embargo, un amigo de Baresch, Marci, quien heredó el manuscrito, fue quien finalmente lo cedió al jesuita. Marci era un científico reconocido, médico del sacro emperador romano, a pesar de que en algún momento se le consideró hereje por sus especulaciones sobre la concepción y el desarrollo del embrión humano. En una carta que acompaña el manuscrito Voynich, Marci describe la obsesión de descifrar el manuscrito de su difunto amigo: “Para descifrarlo trabajó incansablemente, como es evidente en sus intentos que aquí le envío, y sólo renunció a la esperanza de lograrlo cuando murió.”

Si Kircher hizo algún progreso en el desciframiento del manuscrito no lo sabemos; después de que el libro llegó a Roma, fue escondido en los archivos jesuitas por casi tres siglos. Durante la supresión de la orden jesuita por la Iglesia, el manuscrito pudo haber sido trasladado a la biblioteca personal de la cabeza de la orden, Peter Beckx, para evitar que fuera confiscado por el papa. El ex-libris de Beckx adornaba el libro cuando Voynich lo compró en 1912.

Puede escribirse mucho sobre Wilfrid Voynich. Este polaco, que vivía en la Rusia imperial, fue encarcelado en Siberia por sus actividades revolucionarias. Escapó, vía Manchuria y China, a Londres donde conoció a su futura esposa Esther Boole, hija del famoso matemático George Boole, quien se convirtió en un famoso novelista. Boole estaba involucrada en las actividades revolucionarias rusas en Londres; se rumoraba que  la librería que Voynich y ella abrieron era un frente secreto para organizarse en contra del régimen zarista. Cualquiera que haya sido la razón para que Voynich entrara al negocio de los libros raros, parece ser que se asumió como librero y destacó como tal. Durante un viaje de negocios a un lugar que, en una conferencia sobre el manuscrito en 1921, describió vagamente como “un antiguo castillo en el sur de Europa” (más tarde identificado como Villa Madragone, en las afueras de Roma), Voynich se topó con el “manuscrito codificado” e inmediatamente reconoció la importancia del libro. Basándose en la carta de Marci, hallada en el manuscrito, Voynich se convenció de que el libro había sido escrito por el brillante fraile franciscano inglés del siglo XIII, Roger Bacon. Y, creyendo que probando la autoría de Bacon podría conseguir un alto precio en alguna subasta, Voynich contrató a William Newbold, profesor de filosofía en la Universidad de Pennsylvania y entusiasta criptógrafo, para que intentara descifrarlo.

La historia de Newbold ilustra perfectamente el perverso influjo que el libro tenía sobre sus posibles conquistadores: el profesor pasó los últimos años de su vida, mientras su visión disminuía progresivamente, trabajando en una posible solución que consistía en observar el texto a través de lupas y copiar los patrones de tinta que parecían formar cada letra –pequeños garabatos que Newbold creía eran el verdadero texto, escritos en un código formado por microgramas y anagramas. Aunque, en retrospectiva, este método parece absurdo (los garabatos se habían formado naturalmente cuando la tinta se secó y  craqueló), es un ejemplo de las muchas supuestas soluciones al manuscrito Voynich, que implicaron años de duro trabajo y una buena dosis de ilusión.

Una de las personas que ayudó a desacreditar las teorías de Newbold fue un hombre llamado William Friedman. Quizá el más importante criptólogo de la época moderna, Friedman fue el responsable de descifrar del Código Púrpura japonés durante la Segunda Guerra Mundial y colaboró en la creación de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos [Nacional Security Agency], al convertirse en su primer criptólogo en jefe. Friedman descubrió la decodificación a través de su futura esposa, Elizebeth, talentosa criptoanalista, mientras vivían en una granja sin gracia en el Medio Oeste de Estados Unidos, propiedad de un excéntrico millonario que les pagaba por analizar las obras de Shakespeare en busca de códigos ocultos que revelarían que su verdadero autor era Sir Francis Bacon (la pareja probó que la teoría era falsa). En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, William y Elizebeth Friedman reunieron a un grupo de expertos, que esperaban les concedieran su licencia, y juntos dedicaron mucho tiempo a decodificar el Voynich. Pero después de tres décadas de esfuerzos, Friedman declaró que era imposible descifrar el código del manuscrito. Astutamente, ocultó su teoría en una nota al pie de página, en forma de anagrama, incluida en un artículo que no tenía ninguna relación con el manuscrito: afirmó que el Voynich era un ejemplo de una lengua construida o “artificial”, a pesar de estar datada antes de que este tipo de lenguajes se crearan en el mundo occidental.

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Si las multitudes tienen alguna sabiduría, es posible que pronto veamos los frutos del más reciente proyecto para descifrar el manuscrito Voynich: crowdsourcing.[3] Una comunidad en línea ha crecido alrededor del manuscrito, fomentada por una red de blogs y una lista de contactos (Listserv) frecuentemente malhumorada. En esta lista se encuentran historiadores del arte –aficionados y profesionales–, programadores, lingüistas, físicos teóricos, carpinteros y veteranos discapacitados, que intercambian teorías y observaciones sobre el manuscrito. Un cerrajero retirado se comunica con la lista en un código tipo CamelCase.[4] A pesar de que el grupo es geográficamente diverso y se reciben mensajes a todas horas del día, procedentes de diversas zonas horarias, la mayoría de los miembros del grupo parecen ser varones, mayores de 50 años y bastante excéntricos. En el grupo, nadie adoctrina a nadie: todos estamos felices de pasar horas debatiendo los más insignificantes detalles de la fabricación de pergamino o discutiendo si el manuscrito no es más que una broma.

De hecho, la teoría de que el manuscrito es un fraude surge frecuentemente. El texto misterioso no puede resolverse –o, al menos, ese es el sentimiento general– porque no hay nada que resolver. Es decir, el libro es falso, elaborado ya en tiempos modernos ya en la Edad Media, y contiene en sus paginas símbolos sin significado.

La hipótesis sobre la falsedad del manuscrito no puede descartarse. Pero, si el Voynich es falso, está muy bien hecho. Un estafador del siglo XX debió conseguir 120 hojas de pergamino en blanco de 600 años de antigüedad, anticipando la invención de la datación por radiocarbono (que no existía cuando el manuscrito reapareció en 1912). Los académicos se mantienen divididos en cuanto a si el texto tiene significado o no. Sin embargo, la distribución de las letras y las palabras es todo menos fortuita, así lo demuestran el estudio estadístico de los rasgos, que generalmente se llevan a cabo en textos escritos en lenguas naturales –estudios que no se descubrieron sino hasta la década de 1930. Aún cuando no se ha descifrado una palabra, estudios recientes han mostrado que diferentes vocabularios coinciden con la división del manuscrito en secciones como la “herbal” y la “astronómica”, de modo que ciertas palabras que se encuentran en la sección con ilustraciones de plantas no aparecen cerca de los diagramas astronómicos y viceversa –exactamente lo que se espera en un importante texto organizado por temas.

Si bien muchos aficionados al Voynich rechazan la idea de que el texto no es significativo, la razón es tanto emocional como académica. Todos nosotros hemos dedicado tanto tiempo intentado descifrar el texto –algunos personas han estado en la lista por décadas– que sería una tragedia si se descubre que es un sinsentido. El origen del impulso por descodificar el documento es un profundo deseo secreto de encontrar un significado trascendente. Por lo menos, descubrir algo más que un sinsentido o una lista de compras o un registro de chistes obscenos de los monjes de 1426.

Pero por mucho que cada uno de nosotros se esfuerza por el ser el que descifre el código, pienso que pocos de nosotros en verdad quiere que el misterio se resuelva. Wilfrid Voynich estaba equivocado al pensar que descifrar el manuscrito lo volvería más valioso: la resistencia del libro a ser leído es lo que lo distingue. Indescifrable, el manuscrito existe en una especie de indeterminación cuántica –un espacio no definido que se reduciría a un solo significado en el momento en que el texto sea, finalmente, dimensionado y comprendido. No importa cuán emocionante pueda ser el texto, seguirá siendo una decepción por haber sido completado, clausurado -es decir, por ya no ser un misterio.

Nunca terminé mi novela sobre el manuscrito. Dudo que algún día lo haga. Tampoco estoy más cerca de decodificar el Voynich. Eso lo logrará alguien más, una persona más comprometida con ese tipo de cosas. Pero hasta entonces, disfrutaré el vivir en un mundo donde, a pesar de todos los gadgets y los avances tecnológicos, un libro de 600 años permanece ilegible y sin ser leído.

[1] Este texto fue publicado en el blog Page-Turner de la revista New Yorker el 9 de julio de 2013. Aquí la versión original http://www.newyorker.com/online/blogs/books/2013/07/the-unread-the-mystery-of-the-voynich-manuscript.html

[2] Reed Johnson es profesor de lengua y literatura eslava en la Universidad de Virginia; está trabajando en una nueva novela que no tiene nada que ver con el manuscrito Voynich.

[3] crowdsourcing es la práctica en la que se obtienen servicios, ideas o contenidos solicitando contribuciones a un gran grupo de personas, especialmente a una comunidad en línea, en vez hacerlos mediante el contrato tradicional a empleados y proveedores. Según el sitio de Merriam-Webster, la palabra se originó en 2006 por la unión de crowd (multitud) y outsoucing (subcontratación)]

[4] Escritura, común entre los programadores, donde cada elemento de una palabra completa o frase se escribe con mayúscula. Algunos ejemplos son PowerPoint, iPhone, etc. 

Francisco de Araoz y su «De bene disponenda bibliotheca (Madrid, 1631)»

Israel Álvarez Moctezuma.

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.

En su epístola dedicatoria a Felipe III, Sebastián de Covarrubias situaba el proyecto de su Tesoro dentro de una perspectiva que pretendía convertir el estudio etimológico de la lengua española en la presentación de un diccionario, que vinculaba estrechamente la excelencia de la lengua castellana con la gloria de la Monarquía Hispánica y de su rey. Sesenta años después en 1672, la Bibliotheca Hispana[1] de Nicolás Antonio, publicada en Roma, desplazó tal proyecto, de un inventario de palabras a un catálogo de todos los autores, antiguos o contemporáneos, que nacieron en una “patria” que pertenecía —o perteneció— a la monarquía española, sin importar que escribieran en latín o en lengua vulgar. Redactada en latín, pero con comentarios en castellano sobre las obras, y procurando hacer referencia a los libros publicados en ambas lenguas, la Bibliotheca Hispana delimitaba y ensalzaba un patrimonio literario “nacional” cuyas excelencias se presentaban a la Europa letrada como contrapunto a la decadencia política y militar de la monarquía católica. La Bibliotheca Hispana se sitúa también en el marco de los instrumentos propuestos a los lectores “cultos” para que pudieran ordenar y componer sus propias “bibliotecas”, ya que, como indicaba el Tesoro, “Librería, quando es pública, se llama por nombre particular biblioteca”. Para ayudar a la formación de las colecciones, se utilizaban los repertorios de autores y títulos, tal como la obra de Antonio de León Pinelo (el Epitome de una Biblioteca oriental y occidental, náutica y geográfica, publicada en Madrid en 1629), [2] los catálogos de bibliotecas famosas que circulaban impresos y los métodos para organizar cualquier colección de libros, ya fuera real o en proyecto.

En este contexto, es en donde debemos enmarcar la obra de Francisco de Araoz, el De bene disponenda Bibliotheca publicado en Madrid en 1631.[3] Impreso en el formato de in-octavo “para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas”, el libro de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos y materias de los libros que, sin establecer un repertorio cerrado, procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros “dignos de ubicación, estudio y ponderación”.[4] Receptor y continuador de una práctica humanística, Araoz ofrece al lector —en un primer plano— un manual para organizar una biblioteca, sin importar el tamaño ni la calidad del acervo, pues, según su esquema de categorías, cualquier libro de cualquier materia podría hallar lugar en una biblioteca que siguiera su método. En este sentido, la preocupación de Araoz es encontrar un orden al caos producido por la exacerbada cantidad de libros que se imprimían y producían en su tiempo. Tópico renacentista que sirve a nuestro autor de pretexto para exponer, ya en un segundo plano, sus esquemas culturales, en donde sustenta lo que debían ser la “totalidad de las ciencias y los saberes” para un hombre culto del Siglo de Oro. Así, la proliferación de libros suscitó un vívido interés entre los letrados, lo que consecuentemente atrajo la atención sobre la re-organización de las bibliotecas. En este ámbito, las demarcaciones intelectuales tenían que ser necesariamente abiertas, puesto que, al tratarse de objetos materiales, los libros tenían que colocarse en algún lugar y podía suceder que algunos no encajasen muy bien en las categorías tradicionales de las “facultades”. En este sentido, lo que resulta revelador en la propuesta de Araoz es que su esquema de categorías denota una raigambre mucho más antigua que la “renacentista”, al menos nos remite al siglo XIII, [5] época de un intenso reordenamiento que abarcó prácticamente todos los aspectos de la cultura letrada del Occidente medieval. La propuesta de Araoz es pues, ofrecer al “lector” un repertorio de libros reunidos bajo ciertas categorías para la organización de una biblioteca, según sus palabras, “una acertada distribución reglamentada en el ejercicio de las letras y congruente con la calidad de las ciencias”. Por otro lado, nos muestra un esquema de “todos los saberes que el intelecto puede captar”, siguiendo el proceso de aprendizaje de los hombres de letras, según uno de los modelo de los intelectuales del Antiguo Régimen. Como vemos, la pretensión del autor no es poca, pues propone un método para la ordenación de la “totalidad de los libros”.[6] La clasificación de Araoz podría sintetizarse de la siguiente manera: las ciencias de la Palabra (I-V), las del Mundo (VI-VII), las del Hombre moral (VII-IX) y de lo Divino (X-XV). ¿Qué significado cultural tiene pues la obra de Araoz? Tal vez una respuesta la encontremos en las palabras de uno de sus primeros “críticos”, fray Diego de Hortigosa, uno de los censores que dictaminó la obra en 1630: “Mandado por el Consejo Supremo he examinado este pequeño libro, aunque grande en erudición, sentencia y doctrina […] y dándole una y mil vueltas, no he observado en el nada que el lector pío y erudito no pueda reconocer sin tropiezo, fuera del temor de errar en la fe y buenas costumbres. ¿Qué cosa más culta, más agradable hay que aquello que nos enseña a ascender por medio de un método desde las cosas llanas a las supremas? ¿Qué digno de alabanza que aquello que él catálogo de los saberes que muestra claramente qué, cómo, cuándo, y a qué se ajusta? Todas estas cosas se contienen en este pequeño volumen, de manera que podemos, como un segundo Pitágoras, inferir de la impresión de su huella las dimensiones de su cuerpo hercúleo.” [7]

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

Finalmente, estos instrumentos intentaban responder a dos ansiedades de los hombres letrados frente a la cultura escrita e impresa. La primera era el temor a la pérdida, a la desaparición, al olvido. Fundamento renacentista de la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la publicación de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas, que, como la Laurentina, debían abarcar todos los saberes y encerrar dentro de sus muros y clasificaciones bibliográficas (sesenta y cuatro en la biblioteca del El Escorial) el universo mismo. Pero la acumulación de libros antiguos y la multiplicación de los nuevos —gracias a la imprenta— produjeron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, frente a una abundancia confusa. Tanto en España como en otras partes del mundo Occidental, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, el repertorio de los autores de una “nación”, la propuesta de una biblioteca ideal), fueron instrumentos poderosos que ayudaron a establecer un orden “moderno” de los discursos de la palabra escrita, e impresa.


[1] A este respecto —y continuando con esta idea— veáse de Roger Chartier, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana, 2005, pp. 89 y ss. Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Nova sive Hispanorum qui usquam umquam[qu]e sive Latina sive popularis quavis lingua scripto aliquid consignaverunt Notitia, Roma, 1672.
[2] Esta obra traducía al castellano los títulos de libros producidos en la monarquía hispánica escritos en más de cuarenta y cuatro lenguas, tanto en la Península ibérica como en las Indias.
[3] José Solís de los Santos, El ingenioso bibliólogo Don Francisco de Araoz (De bene disponenda bibliotheca, Matriti 1631), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1997, pp.103-147.
[4] Ibid., p.106 y p.116.
[5] Vid., supra. El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.
[6] Solís de los Santos, op. cit., p. 105. Las cursivas son mías.
[7] Ibid., pp.104-105. Las cursivas son mías.