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Vicisitudes de la tradición gramatical latina I: algunas curiosidades

Iván Salgado García

Escuela Nacional de Antropología e Historia / Universidad Nacional Autónoma de México

No es de sorprender que la tradición gramatical sea uno de los aportes más duraderos de la civilización mediterránea, y a su vez, uno de los menos visibles, al menos para el gran público. Pensar en Grecia y Roma nos remite a textos de varia naturaleza, aunque sólo a algunos especialistas les vendrán a la mente nombres como Dionisio de Tracia, Apolonio Díscolo, Donato o Prisciano. Y efectivamente, se trata de un tema reservado a especialistas de dos áreas principales: la filología y la historia de la gramática, pero ninguna de estas dos disciplinas puede (o debe) considerarse aislada, incluso podríamos pensar que la primera de ellas es una suerte de lo que ahora conocemos como interdisciplina.

Entrando en materia, la tradición gramatical, de acuerdo con los iniciados en ello, comienza con la τέχνη γραμματική (ars grammatica) de Dionisio de Tracia (II ante), y tiene su contraparte en el περὶ συντάξεως de Apolonio Díscolo, su contemporáneo. La discusión sobre si uno o el otro fue el padre de la gramática es, en todo caso, banal. En lo que respecta al mundo latino, parece que la ausencia de los libros del de lingua Latina de Varrón han llevado al estrellato a dos gramáticos: Elio Donato y Prisciano de Cesarea. Son estos dos quienes sentaron las bases de la tradición gramatical latina, la que he calificado de duradera por su trascendencia en el tiempo (más de 1500 años) y en el espacio.

A Donato (IV post) debemos, en particular, la distinción en ocho clases de palabras: nomen, pronomen, verbum, adverbium, participium, coniunctio, praepositio, interiectio; distinción que el propio Antonio de Nebrija imitó agregando el artículo, “del que carecía la lengua latina”. Pocas gramáticas posteriores se atrevieron a cuestionar esta división, y Prisciano (V post) prefiere sólo referir las discusiones antiguas sobre el tema: dos según los dialécticos, cinco según los estoicos, diez los que contaban como una parte distinta los verbos en infinitivo, once quienes hacían divisiones entre tipos de artículos. Los comentarios de Servio al ars maior de Donato hacen referencia a esta controversia citando las cifras mencionadas por Prisciano.

Breviario  de Renaud Marguerite de Bar Metz, ca. 1302-1305, Verdun-Bibliothèque municipale, ms. 107-fol.-16v.

Breviario de Renaud Marguerite de Bar Metz, ca. 1302-1305, Verdun-Bibliothèque municipale, ms. 107-fol.-16v.

Aunque la mayoría de los gramáticos parten de enumerar las clases de palabras para luego pasar a la flexión, para algunos esta discusión parece pasar desapercibida. Virgilio Marón Gramático (VII) comienza la discusión sobre los tipos de nomina sin antes explicar cuántos y cuáles tipos de palabras se tratarán en sus epitomae. Un fragmento digno de consideración es, sin duda, la parte final de su prólogo de sapientia, donde se enumeran los que él llama “doce tipos de Latinidad”, en él da diversos nombres para un mismo referente, aunque no existe evidencia de que hubieran sido usados en su época o en tiempos anteriores. Los ejemplos parecen estar inspirados en los capítulos sobre etimologías de Varrón, o en el tipo de etimologías propuestas por Cicerón para los nombres de los dioses romanos.

 

Hay doce tipos de latinidad, y de ellos uno es el que se usa y con el que todos los latinos escriben, pero para que veas un ejemplo de estos doce tipos, aquí se mostrará. 1. En el latín común y corriente existe la palabra ignis (fuego), porque todo lo que toca lo ignit (enciende). 2. Después tenemos la palabra quoquihabin, que se declina quoquihabis, quoquihabi, etc., porque tiene (habet) el poder de cocinar (coquere) las cosas crudas. 3. También se le llama ardon, porque arde. 4. También calax, por el calor. 5. spiridon, por los vapores (spiramina) que emite. 6. rusin, porque enrojece (ruborat) las cosas. 7. fragon, por el ardor (fragor) de su flama. 8. fumaton, porque produce humo (fumus). 9. ustrax, porque quema (urit). 10. vitius, porque da vida (vita) a las extremidades cuando están casi muertas. 11. siluelus, porque se produce con piedras (sílex). 12. Aeneon, por el dios Eneas, que vive en él.

Por esas mismas fechas, Beda el Venerable, en dos obras que distan de ser un ars al estilo de Donato o Prisciano, deja ver los estragos que comenzaba a causar en la gramática latina la inclusión de las litterae griegas. En su tratado de arte metrica, lejos de describir a la manera donaciana el inventario gráfico – fónico de la lengua latina, se dedica a mencionar los casos particulares de la intromisión de grafías griegas en la escritura latina:

Hay muchos que, después de recibir la doctrina del Señor, llenan los textos divinos de letras griegas, incluso aunque no hayan estudiado el alfabeto griego en orden. Algunos escriben la η y la confunden con la h, y esta confusión viene del nombre de Jesús (᾽Ιήσους); otros usan la χ y la ρ, por el nombre de Cristo (Χριστός); el α y la ω por la autoridad que tiene aquella frase de nuestro Señor ‘Yo soy el alfa y el omega’.

Donato, de cualquier forma, seguía presente en la discusión sobre cualquier tema gramatical. Beda mismo, en su capítulo sobre las letras, declara su extrañez hacia la definición que daba Donato sobre la calidad de la letra u, pues mientras para Beda representaba a veces una consonante y a veces una vocal, el gramático latino decía que se trataba de un sonido intermedio. Tal vez estamos frente a una evidencia de cambio lingüístico en diacronía.

Regresando a Donato, olvidamos mencionar que escribió un ars maior y un ars minor, y esta última está redactada en forma de diálogo. Este tipo de texto tuvo sus ecos en otros gramáticos medievales, de los que un representante conocido es Alcuino de York (¿736?-805), quien para explicar la diferencia entre vocales y consonantes recurre a la dualidad cuerpo-alma de su contexto cristiano. El el diálogo participan el maestro y un alumno de nombre Saxo, en alguna parte el primero explica que las vocales se pueden emitir per se y formar sílabas, mientras que las consonantes no pueden ni producirse solas ni formar sílabas. El alumno procede a preguntar después:

Saxo: ¿Hay otro motivo, maestro, por el que se dividan estos dos tipos de sonidos?

Maestro: Lo hay, las vocales son como las almas, las consonantes como los cuerpos. El alma se mueve por sí sola y también mueve al cuerpo, pero el cuerpo no se puede mover sin el alma. Y así las consonantes sin las vocales, porque pueden escribirse solas, pero no pueden pronunciarse ni tener significado sin las vocales.

 

Parecía que el camino de la descripción gramatical estaba ya muy transitado, y la Edad Media abrió el camino a la especulación. La escuela modista de los siglos XIII y XIV con nombres como Boecio de Dacia, Martín de Dacia, Raúl Brito, entre otros, con obras como el célebre de modis significandi sive grammatica speculativa, pero éste será tema de otro post.

No sabemos si Donato y Prisciano imaginaron que mil años después la tradición que ellos inauguraron en latín seguiría dando frutos y acomodándose a la época y a las nuevas hablas de Europa, o a las nuevas del espectro cultural europeo. Entre las aventuras de los gramáticos latinos tal vez la más interesante sea su llegada al Nuevo Mundo, donde en 1547 se vieron calcados en el Arte de la lengua Mexicana de Alonso de Molina, lo que sería el inicio de una prolífica tradición:

De las partes de la oración Las partes de la oración son ocho, nombre, así como teutl, que quiere decir dios, pronombre, asi como nehuatl, yo, verbo, así como nitetlazotla, yo amo, adverbio, así como arcan, oy o agora, participio, así como yntetlaçotla, el que ama, conjunction, así como yuan, y o también, preposición, así como pan, en o encima, ynterjection, así como yyo.

En América y Asia los misioneros europeos describieron decenas de lenguas, Molina y Carochi clasificaron los sustantivos del náhuatl en declinaciones; Melchor Oyanguren de Santa Inés en su Arte de la Lengua Japona utilizó la etiqueta facere para las formas verbales causativas. Estos procesos de acomodamiento no estuvieron exentos de innovación: mientras Oyanguren habla de tiempos filosóficos, Maturino Gilberti, el autor del Arte de la lengua de Mechuacan, añade al paradigma nominal el caso efectivo, pero esto será tema también de otra publicación.

Es innegable, en suma, la trascendencia cultural de la tradición gramatical latina, cuya terminología, a más de 1,500 años de su acuñación, parece seguir vigente en las descripciones lingüísticas elaboradas en el siglo XX, que vio nacer la lingüística como la conocemos en el siglo XXI. Esta primera parte buscó entregar una suma de curiosidades y puntos interesantes que se tratarán con mayor detenimiento en entregas posteriores, que esperamos sean de interés de los lectores.

Roberto El Monje y el abad “B”. ¿Quién fue el autor de la Historia Iherosolimitana?

Daniel Sefami Paz

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

La primera cruzada, predicada en noviembre de 1095 por el papa Urbano II, impactó en las sociedades medievales como muy pocos otros eventos; no sólo generó una movilización sin precedentes, sino que también originó una prolífica tradición literaria. Casi inmediatamente después de la toma de Jerusalén en 1099 a manos de los cruzados, comenzó a circular un grupo de crónicas e historias, escritas por testigos presenciales, que narraban los acontecimientos de estas guerras contra los turcos musulmanes.[1] Uno de estos textos, titulado Gesta Francorum, llegó a Europa pocos años después y fue difundido por Bohemundo de Tarento entre 1105 y 1106, probablemente para reclutar nuevas tropas[2]. Así pues, la obra de Gesta Francorum llegó a manos de clérigos del norte de Francia, con altos cargos eclesiásticos, que se dieron a la tarea de reelaborar su fuente y escribir nuevas crónicas con una mayor refinación y una comprensión teológica de los eventos más concienzuda.[3] A esta segunda generación pertenecen Guiberto de Noguent y Baldrico de Dol, personajes ilustres en su época de quienes conservamos una obra vasta y variada; sin embargo, de Roberto el monje (¿o el abad?) sólo nos queda su Historia Iherosolimitana y nada sabemos de su carrera eclesiástica en Francia.En consecuencia, la personalidad de Roberto sólo puede develarse a partir de los indicios que ofrece su obra, particularmente del texto apologeticus sermo que encabeza su crónica:

Universos qui hanc istoriam legerint, sive legere audierint et auditam intellexerint, deprecor ut, cum in ea aliquid inurbane compositum invenerint, concedant veniam, quia hanc scribere conpulsus sum per obedientiam. Quidam etenim abbas, nomine B., litterarum scientia et morum probitate preditus, ostendit michi unam istoriam secundum hanc materiam, sed ei admodum displicebat, partim quia initium suum, quod in Clari Montis concilio constitutum fuit, non habebat, partim quia series tam pulcre materiei inculta iacebat, et litteralium compositio dictionum inculta vacillabat. Precepit igitur michi ut, qui Clari Montis concilio interfuit, acephale materiei caput preponerem et lecturis eam accuratiori stilo componerem. Ego vero, quia notarium non habui alium nisi me, et dictavi et scripsi; sic quod continuatim paruit menti manus, et manui penna, et penne pagina. Et fidem satis prestare potest levitas carminis et minime phalerata compositio dictionis. Unde si cui academicis studiis innutrito displicet hec nostra editio, ob forsitan quia pedestre sermone incedentes plus iusto in ea rusticaverimus, notificare ei volumus quia apud nos probabilius est abscondita rusticando elucidare quam aperta philosophando obnubilare. Sermo enim semper exactus, semper est ingratus, quia quod difficili intellectu percipitur, aure surdiori hauritur. Nos vero plebeio incessu sic volumus progredi nostrum sermonem, ut quivis cum audierit speret idem; et si forte idem esse temptaverit, longe separetur ab idem.Si quis affectat scire locum quo hec istoria composita fuerit, sciat esse claustrum cuiusdam celle sancti Remigii constitute in episcopatu Remensi. Si nomen auctoris exigitur, qui eam composuit, Robertus appellatur.[4]

 

Basílica de Saint-Remi, Reims.

Basílica de Saint-Remi, Reims.

En síntesis, la información que nos ofrece este pasaje es que el autor se llamaba Roberto y que escribió desde un claustro del obispado de san Remigio. Asimismo, sabemos que estuvo presente en el concilio de Clermont, donde Urbano II predicó la cruzada, y que escribió por orden de su abad B., lo cual sugiere que tenía con él una relación de dependencia vasallática.

Según el cartulario de la abadía de san Remigio, en el siglo XII hubo ahí dos monjes de nombre Roberto, y uno de ellos se convirtió en abad entre 1096 y 1097.[5] Los últimos editores de la Historia Iherosolimitana advierten que, ya desde finales del siglo XII y principios del XIII, los copistas identificaban al autor de la obra con Roberto el abad, pues hay tres manuscritos con una glosa al nombre de Roberto que dice: “alguna vez abad de san Remigio”.[6]

Roberto, el abad de san Remigio, consiguió este cargo en 1096, apoyado por el obispo Manasses. Sin embargo, Bernardo, el abad de Marmoutier, mantuvo una pugna con él y lo llamó a juicio; como Roberto no se presentó, fue excomulgado en un concilio en Reims en 1097. A partir de entonces, intentó demostrar su inocencia y ser reinstalado en su cargo; fue apoyado por Baldrico de Dol y por Lamberto, obispo de Arras, hasta que logró ser exonerado por el papa Urbano II en Poitiers en 1100; no obstante, Buchardo fue nombrado abad de san Remigio y Roberto tuvo que retirarse a la prioría de Sénuc que, aunque era dependiente de san Remigio, estaba lo bastante lejos como para que Roberto no causara problemas. Aparentemente murió en el año 1122.[7]

Existen muchas coincidencias entre el autor de la Historia Iherosolimitana y el abad Roberto, por lo cual identificarlos como el mismo resultaba absolutamente verosímil: vivieron en Reims durante la misma época; Baldrico, quien lo apoyó, también fue autor de una crónica de la cruzada; nuestro autor escribió para su abad Bernardo (si se acepta la versión del manuscrito con este nombre); e incluso dos manuscritos dicen que la obra fue redactada en Sénuc, donde se retiró Roberto.[8] A pesar de todo esto, la conjetura de la identificación de estos dos personajes, si bien aceptada, ya era puesta en duda por el grupo de trabajo, dirigido por Philippe Le Bas, de la edición decimonónica francesa,[9] particularmente por el asunto de la identificación del abad B. con Bernardo, el abad de Marmoutier.La elección de los editores del Recueil fue la de los manuscritos que tenían la lectura de Bernardus, pero probablemente no es la más adecuada.[10] La identificación de B. con Bernardo implica que Roberto (si lo identificamos con el abad) acató las órdenes de su adversario con gusto y además lo encomió como un hombre culto y virtuoso, lo cual resulta poco verosímil. Si descartamos a Bernardo, otra posibilidad es que el abad B. haya sido Buchardo, quien sustituyó a Roberto como abad; no obstante, estos personajes estaban, evidentemente, enemistados e incluso Roberto lo acusó de usurpación en Poitiers en 1100, hecho que anula una posible relación de subordinación.[11] Hay un tercer candidato para identificar al abad B., el cual ya había sido propuesto por Marcus Bull en un artículo de 1996[12] y que ahora también es postulado en la edición de 2013 de la Historia Iherosolimitana que hizo con Damien Kempf: el misterioso abad era Baldrico de Dol. Las razones que dan los últimos editores de la obra de Roberto son, por una parte, que Baldrico fue el único entre los altos jerarcas de la iglesia que apoyó incondicionalmente a nuestro autor y, por otra parte, que la Historia Ierosolimitana de Baldrico, que se diferencia de su fuente, Gesta Francorum, por su composición refinada, coincide a la perfección con la postura que toma el abad B., según el apologeticus sermo, con respecto a la istoria inculta; además, puesto que Baldrico fue un prolífico poeta y hagiógrafo, su perfil coincidirá con el abad litterarum scientia preditus.[13] A pesar de que Kempf y Bull hacen una explicación exhaustiva y consistente, cabría establecer ciertas reservas, ya que la Historia Ierosolimitana de Baldrico es anterior a la obra de Roberto y sería difícil pensar que un abad haya encomendado a su subordinado la tarea que él mismo ya había emprendido.

Ademar de Monteil en una batalla de la Primera Cruzada.

Ademar de Monteil en una batalla de la Primera Cruzada.

El enigma de quién es el abad B. intrinca aún más el laberinto de especulaciones que supone develar la identidad del autor de la Historia Iherosolimitana. Si bien la identificación del autor con el abad Roberto resulta verosímil, dado que hay una conexión inherente en cuanto a la época y el lugar, además de la relación con Baldrico, autor interesado en el mismo tema; la evidencia, sin embargo, no es concluyente: el autor sólo dice que es un monje y no es fácil de creer que un ex abad estuviera sometido a una subordinación de este tipo;[14] añadido a esto, es posible que las coyunturas políticas singulares de los copistas los hayan impulsado a situar la cella del autor en Sénuc y glosar el nombre de Roberto diciendo que había sido abad de san Remigio.[15] El misterio de Roberto y el abad B. no tiene una solución cabal, el camino a la certidumbre de manera irreductible debe ser intrincado, de modo que sólo nos queda atender a las suposiciones.

 

[1]Cfr. Jean Flori, Pedro el Ermitaño y el origen de las cruzadas, Barcelona/Buenos Aires, Edhasa 2006.

[2] August Krey, “A Neglected Passage in the Gesta and its Bearing on the Literature of the First Crusade” en Louis J. Paeto (ed.), The Crusades and other Historical Essays presented to Dana C. Munro by his former Students, Nueva York, Crofts and Co. 1928, pp. 57-78.

[3] Jonathan Riley-Smith, The First Crusade and the idea of crusading, Londres, Continuum 2009, pp. 135-152.

[4] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.): The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. 3.

[5] Damien Kempf: “Towards a Textual Archaeology of the First Crusade” en Marcus Bull y Damien Kempf (eds.), Writing the Early Crusade: Text, Transmission and Memory, Woodbridge, The Boydell Press 2014, p. 118.

[6] Quondam abbas sancti Remigii. Los tres manuscritos en cuestión son: París, Bibliothèque Nationale de France, lat. 15074 (s. XII); Cambrai, BM 802 (s. XII) y Vaticano, Ottob. 8 (s. XII-XIII); Cfr. Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. xix, nota 43.

[7]Cfr. Académie des Inscriptions et Belle-Lettres (ed.): Recueil des historiens des croisades: Historiens occidentaux, vol. III., París, 1844, pp. XLI-XLII; Luigi Russo, “Ricerche sull’ ‹‹Historia Iherosolimitana›› di Roberto di Reims, Studi medievali, 3rd ser. 43 (2002), pp. 651-652; Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, pp. XVII-XXXIII.

[8] Se trata de los manuscritos D y E en la clasificación del Recueil, del siglo XIV de san Víctor y del XIII de Compiègne, respectivamente. Éstos especifican que las reliquias de San Oriculo estaban guardadas donde él escribió (in qua requiescit corpus sancti Oriculi martyris), lo cual indicaría que el lugar estaba en la prioría de Sénuc, en la diócesis de Reims. No obstante, según Carol Sweetenham (intr. y trad.): Robert the Monk’s History of the First Crusade. Historia Iherosolimitana, Surrey/Vermont, Asghate 2011, p.1, también estas insercionespodrían deberse al intento de darle peso a estos manuscritos. Cfr. Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. XIX, nota 43.

[9] Académie des Inscriptions et Belle-Lettres (ed.): Recueil des historiens des croisades: Historiens occidentaux, vol. III., París, 1844, pp. XLVI-XLVII.

[10] Esta lectio, naturalmente, no es unánime (según la clasificación del Recueil: nomine Bernardus L, T; nomine B. A, K, N, O, Q, R, S; nomine Benedictus D, E, F, G, H, I; nomine N. U, Y, Z). Los manuscritos L y T son, en efecto, del siglo XII, no obstante, de los siete manuscritos que ofrecen la lectura “B.”, cuatro son también del siglo XII, por lo cual es preferible la lectura de “B”. Cfr. Luigi Russo “Ricerche sull” ‹‹Historia Iherosolimitana›› di Roberto di Reims, Studi medievali, 3rd ser. 43 (2002), p. 653, nota 11 y Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, pp. LXV-LXXIV.

[11] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.): The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. XXVII.

[12] Vid. Bull, “The Capetian…”, op. cit., p. 39, nota 68.

[13] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana, op. cit., pp. XXIX-XXXI.

[14] Vid. Carol Sweetenham (intr. y trad.) Robert the Monk’s History of the First Crusade. Historia Iherosolimitana, Surrey/Vermont, Asghate 2011, p. 3.

[15] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, pp. XXXI-XXXII.

 

La biografía en la Antigüedad Clásica y la vita Karoli

Aura García-Junco Moreno

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

La historia del género biográfico se remonta a la Antigüedad Clásica.[1] El primer caso de una obra biográfica del que tenemos noticias es Vidas Paralelas (Βίοι Παράλληλοι) de Plutarco (46/50-120), que agrupa 23 biografías de gobernantes y militares célebres, siempre contraponiendo un personaje griego a uno romano, de acuerdo a características que les fueran similares. Después de ésta, es relevante la obra del romano Cornelio Nepote (100-25 a.C), De viris illustribus, un compendio de biografías de generales, gobernantes y artistas. Alrededor del 126 d.C., Suetonio escribe De vita Caesarum, una obra que se compone de las biografías de Julio César y los once primeros emperadores romanos y que servirá como modelo para algunas biografías medievales, como veremos más adelante. Tenemos también un ejemplo importante de biografía en la Historia Augusta, escrita por distintos autores y de datación problemática (la fecha límite se establece alrededor del siglo III). Ésta última continúa las doce vidas de Plutarco, es decir, desde el emperador Adriano hasta Carino.

Todas las obras anteriores comparten características comunes: incluyen cierto grado de mitificación alrededor de las vidas de los personajes que biografían; son también altamente anecdóticas y tienen huecos temporales que los autores no intentan reparar. En abundantes ocasiones, los personajes biografiados son tan lejanos temporalmente al autor que se han vuelto una especie de mito; este es el caso, por ejemplo, de Solón con respecto a Plutarco o Milciades con respecto a Cornelio Nepote. Jean Favier nos da una perspectiva moderna de este problema cuando, en su estudio de 1999, nos habla del caso del emperador Carlomagno: “since the personage constructed over the centuries for the most part overlays the man […] I have to say to my reader: the word ‘biography’ is not well suited to a book on Charlemagne.”[2]

Esto evidencia la dificultad historiográfica que supone realizar una biografía de cualquier personaje histórico que haya devenido personaje literario. Capas y capas de aseveraciones arbitrarias se sobreponen a los pocos datos fidedignos que existen y se vuelven imposibles de separar por completo.

Carlomagno, Milciades, Solón, Alcibiades, Pericles, e incluso personajes más cercanos temporalmente a los biógrafos mencionados, como Catón, han sido rodeados de una investidura mitificante que hace muy difícil al biógrafo dilucidar los datos reales de las construcciones posteriores. En la mayor parte de los casos, no hay testimonios directos de los personajes y, en ningún caso, los autores estuvieron en contacto directo con sus objetos de estudio.

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Tomando en cuenta lo anterior, cuando se habla de “biografía antigua” se debe pensar en la finalidad moralizante de reportar la vita de hombres ilustres. Si bien en el estudio clásico editado por Dorey, Latin Biography, en general se denosta a los biógrafos por sus imprecisiones históricas y omisiones, los estudiosos posteriores tienen una visión más benigna con respecto al género. De ninguna manera se tratan de catálogos históricos extensivos:[3] el biógrafo se centra en un personaje específico, por lo que las cronologías y eventos relevantes fuera de éste pueden ser trastocados. Las omisiones pueden ser incluso deliberadas con el objetivo de causar un mayor efecto en el lector y resaltar los atributos morales del protagonista.[4] Así pues, las pretensiones de objetividad moderna quedan relegadas en favor de la didáctica.

Estas obras también presentan características estilísticas en común: la brevedad de las vitae, la utilización de listados de actividades, prosa poco ornamentada y un vocabulario repetitivo y formulario que a menudo se reutiliza para distintos personajes.[5] Es, al final, la moral misma, la idea del personaje irreprochable que sirve de ejemplo, la que lleva a elegir los individuos biografiados. No se elige a ningún Tersites para dedicarle páginas.

A partir de la Antigüedad Tardía, la biografía secular desaparece casi por completo dejando paso a la recién surgida hagiografía. El héroe profano deja de ser objeto de emulación moral, en privilegio del personaje sacro. Debido a esto, quedan pocos vestigios de obras con contenido biográfico —que no plenamente biografías— durante este periodo y la alta Edad Media. Repasemos las más notorias de éstas: una de las primeras obras de este genero es una epístola de Sidonio Apolinar (431-487) en la que hace una alabanza Teodorico II (430). No se trata de una biografía en toda regla, sino más bien de una alabanza que incluye elementos biográficos para apoyar la exposición de los méritos del rey visigodo. La epístola se conservó durante la Edad Media y sirvió hasta cierto punto como fuente para otras biografías posteriores.[6] Del siglo VII también se conservan fragmentos de una biografía escrita por Julián de Toledo (642-690) titulada Historia Wambae regis. La historia del rey Wamba es un conjunto de cuatro textos relacionados entre sí. La narración parte de la coronación del rey Wamba en Toledo en 672 y abarca las dos rebeliones en su contra y la posterior recuperación de la corona.[7] Si bien la obra expone algunos aspectos de la vida del rey anterior a la coronación, como se puede observar, no se trata propiamente de una vita, ya que tan solo se centra en una serie de sucesos particulares de la vida del rey. Sin embargo, Julián de Toledo, a diferencia de su antecedente franco, sí cumple cierta faceta de la narrativa de vida, ya que ahonda en la personalidad del rey, así como sus características morales. Al parecer, Suetonio es una de sus fuentes estilísticas.[8]

Le sigue la biografía-panegírico en verso escrita por Ermoldo el Negro a Ludovico I, padre de Pipino: Carmina in honorem Hludovici. La obra fue completada entre 826 y 828 mientras Ermoldo permanecía en el exilio.[9]Ermoldo convivió de cerca de los individuos sobre los que escribió, por lo que dispuso de información privilegiada para su composición. Por otro lado, Ermoldo es una fuente poco fidedigna de la vida de Ludovico I, pues su objetivo primordial era persuadir al descendiente del rey de que lo admitiera de nuevo en la corte de la que había sido exiliado. La clasificación de la obra como biografía resulta entonces conflictiva y el peso de la balanza se inclina hacia el género panegírico y a la vez hacia el tópico de la historia magistra vitae.[10]

Al final, los ejemplos anteriores, si bien no constituyen “biografías modernas”, sí son eslabones en la historia de este género literario. Eginardo, de quien a continuación hablaremos, representa sin duda un parteaguas pero es toda la tradición de alabanzas al poderoso la que sienta las bases del desarrollo de la biografía en la Edad Media.

Llegamos, pues, a la que puede ser considerada con justicia como la primera biografía en la Edad Media, la vita Karoli de Eginardo, escrita alrededor del 828.[11] Esta obra es relevante en muchos aspectos. Eginardo vivió dentro de la corte de Carlomagno por un largo periodo de su vida y tuvo influencia en las decisiones tanto de éste como de Ludovico Pío. Disponía, al igual que Ermoldo, de información directa sobre el emperador. La biografía recorre toda la vida de Carlos, a excepción de la infancia, de la que dice no tener datos fidedignos. Hay pues, desde el inicio, una pretensión de apego a los hechos que se ve reforzada con una enumeración aparentemente pormenorizada de las batallas y costumbres de Carlomagno. Todo en la narrativa, desde la descripción física del emperador hasta sus batallas ganadas y perdidas, parece indicar que Eginardo rinde tributo a lo que enuncia en el prólogo cuando enlista las razones por las que escribe: “nadie podría escribir con más veracidad que yo estas cosas en las que estuve presente y que, como se dice, vi con mis propios ojos.”

A la vez, Eginardo no se desprende del todo de la tradición panegírica como también se percibe en el prólogo: “[…] me dispuse a escribir la vida, las relaciones y gran parte de las hazañas de mi señor y padre adoptivo, Carlo, merecidamente el más sobresaliente y glorioso rey”. Eginardo pretendía hacer resurgir la reputación del rey de entre las críticas a su reinado y persona y la serie de rumores que se desataban alrededor de su figura entrado el reinado de Ludovico Pío. Para este fin, toma una serie de decisiones estratégicas que le permiten construir el personaje de Carlomagno como el soberano ideal, pero a la vez como un hombre real del que podemos intuir en cierta medida el carácter y costumbres, la vida interior. Vita et conversatio et res gestae, dice Eginardo en el prólogo.

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Uno de los cambios importantes que presenta esta biografía sobre las obras anteriores es su enfoque secular. Las esporádicas menciones a factores religiosos funcionan solamente para respaldar la personalidad y cualidades de Carlos. En este caso decide escribir una vita en la que el rey Carlos no quede eclipsado por ningún factor externo; “[Einhard's] sense of greatness could not be simply Christian.”[12] El estilo marcadamente ciceroniano de la obra, así como la extensiva utilización del modelo suetoniano sirven también para respaldar esta pretensión.

Así, la vita Karoli presentan una combinación nueva de elementos que serán fuente fundamental para las biografías posteriores.

 

[1] Hablamos aquí de biografías literarias que tiene como pretensión exclusiva narrar la vida de un personaje en específico. Hay otras obras antiguas que narran la vida de los hombres con otros fines variados, como por ejemplo las odas pindáricas (522-443 a.C) en Grecia o las laudatio funeris (elogios a los familiares recién fallecidos) en Roma. Hay también fragmentos de las llamadas biografías peripatética, cultivada por el círculo de Aristóteles; parece ser que tenían una orientación historicista. Cfr. Yolanda García (intr.), Biografías Literarias Latinas, Gredos, Madrid, 1985, passim.

[2] Jean Favier, Charlemagne, Fayard, Paris, 1999, p. 8, apud Janet L. Nelson, “Writing Early Medieval Biography” en History Workshop Journal, No. 50 (Otoño, 2000), Oxford University Press, p. 131.

[3] Molly M. Pryzwansky, “Cornelius Nepos: Key Issues and Critical Approaches” en The Classical Journal, V. 105, 2009, p. 100

[4] Ídem

[5] Molly M. Pryzwansky, Op. cit. p.101

[6] Thomas F. X. Noble, “Introducción” en Charlemagne and Louis the Pious: Lives by Einhard, Notker, Ermoldus, Thegan and the Astronomer, Pennsylvania State University Press, Pennsylvania, 2009, p. 3

[7] Joaquín Martínez Pizarro, “Introducción” en The Story of Wamba: Julian of Toledo’s Historia Wambae Regis, Catholic University of America Press, s.l., 2005, p.3

[8] Ídem

[9] Godman, Peter, Poets and Emperors: Frankish Politics and Carolingian Poetry, Oxford University Press, Nueva York, 1987, p. 108.

[10] Dolores Carey Fleiner, In Honor of Louis the Pious, a Verse Biography by Ermoldus Nigellus (826): An Annotated Translation, University of Virginia,1996, p.168.

[11] La datación de esta obra es controvertida. Para una discusión al respecto: Alejandra de Riquer, “Introducción” en Eginhardo, Vida de Carlomagno, Madrid, Gredos, 1999, p. 20-29.

[12] David Ganz, “Einhardus peccator” en, Janet L. Nelson and Patrick Worlmad (eds.), Lay Intellectuals in the Carolingian World, New York, Cambridge University Press, 2007, p. 44.

Traductores ibéricos en el siglo XII y la supuesta Escuela de Toledo

Alexis Rivera Luque

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

Cuando madame D’Alverny denominó collectio Toletana[1] al grupo de textos islámicos traducidos del árabe al latín entre 1142 y 1143 para la polémica anti-islámica de Pedro el Venerable,[2] lo hizo bajo la consideración de que los autores de las traducciones habrían estado relacionados con la ciudad de Toledo, en particular con el “círculo”conocido como la Escuela de Traductores de Toledo.

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La idea de D’Alverny es obvia si pensamos que uno de los traductores de la collectio Toletana fue un tal Pedro de Toledo, además de que la supuesta escuela, según se juzgaba comúnmente, habría sido el más reconocido de los centros de traducción en la península.[3] Así, una lista tradicional de los traductores asociados con ella incluiría a Juan de Sevilla, Herman de Carintia, Robert de Ketton, Avendauth, Domingo Gundisalvo, Gerardo de Cremona y Marcos de Toledo, entre otros.[4] A continuación distinguiremos entre los traductores relacionados con la ciudad de Toledo y los traductores del norte de Iberia, relacionados con la traducción del corpus de Pedro el Venerable, además de que haremos algunas anotaciones acerca de la llamada Escuela de Traductores de Toledo.

La noción de esta ‘Escuela’, de cuya existencia ya dudaba Haskins,[5] apareció en 1843 de la mano de Amable Jourdain, quien introduce el término “collège de traducteurs” para referirse a un cierto grupo de traductores que habría trabajado en la versión de obras árabes hacia el latín bajo el auspicio de Raimundo, arzobispo de Toledo, entre 1126 y 1152.[6] El grupo al que se refiere Jourdain, no obstante, sería uno muy reducido, compuesto únicamente por dos personajes: Juan de Sevilla y Domingo Gundisalvo. De éstos dos, como recuerda Rucquoi, sólo el primero iniciaría “su labor de traducción muy pocos años antes de la muerte del arzobispo”.[7] La identidad de Juan de Sevilla aún no se ha dilucidado con certeza, por lo que la atribución de sus traducciones es provisional.[8] Como señala Burnett, “es posible aislar un grupo de textos traducidos por el mismo académico, cuyo nombre aparece como ‘Iohannes Hispalensis’”.[9] Estas traducciones son:

  1. Secretum secretorum de un Pseudo Aristóteles.
  2. De differentia spiritus et animæ de Qusṭāibn Lūqā, dedicado a Raimundo de Toledo.
  3. Liber in scientia astrorum de al-Fargāni.
  4. Liber introductorius ad magisterium iudiciorum astrorum de al-Qabīṣī.
  5. De nativitatibus (los horóscopos al nacimiento) de ‘Umar bin al-Farrujān al-ṭabarī.
  6. Introductorium in astronomiam de Abū Ma‘šar.
  7. De interrogationibus de Māšā’a-llāh.
  8. De rebus eclipsium de Māšā’a-llāh.
  9. De imaginibus de Ṯābit bin Qurra.

El nombre del segundo de ellos, Domingo Gundisalvo (c. 1120-1184), aparece en el cabildo toledano una década después de la muerte del arzobispo Raimundo entre los años 1162 y 1178.[10] Algunas de las traducciones que comúnmente se le atribuyen son:[11]

  1. De scientiis de al-Fārābī.
  2. Liber al-Kindi de intellectu de al-Kindī.
  3. De intellectu et intellecto de Alejandro de Afrodisias.
  4. De intellectu de al-Fārābī.
  5. Fontes quæstionum probablemente de al-Fārābī.
  6. Liber exercitationis ad viam felicitatis de al-Fārābī.
  7. Liber de definitionibus de Isḥāq al-Isrā’īlī.
  8. Liber introductorius in artem logicædemonstrationis atribuido a los Ijwān as-Safā.
  9. Logica et philosophia algazelis de al-Gazālī.
  10. Metaphysica Avicennæde Avicena.
  11. De convenientia et differentia subiectorum de Avicenna, traducido de una obra desconocida de Avicena.
  12. Fons vitæde Ibn Ŷabīrūl.

A pesar de que suele insistirse que el arzobispo Raimundo sería el promotor y mecenas de la actividad traductora en Toledo,[12] la figura más notable de este ámbito en aquella época aparece en el cabildo toledano hasta 1157, pocos años después de la muerte del arzobispo. Se trata de Gerardo de Cremona (1114-1187), “responsable de al menos 70 traducciones de filosofía, astronomía, matemáticas, medicina, alquimia y adivinación”.[13] Algunas de sus traducciones son:[14]

  1. Analytica posteriora de Aristóteles.
  2. Physica de Aristóteles.
  3. De cælo de Aristóteles.
  4. De gen. et corr. de Aristóteles.
  5. Meteora i-iii de Aristóteles/Ibn al-Biṭrīq.
  6. Liber de causis de un Pseudo Aristóteles.
  7. De sensu et sensibilibus de Alejandro de Afrodisias.
  8. In Aristotelis analytica posteriora commentarius de Temistio.
  9. De quinque essentiis de al-Kindī.
  10. De somno de al-Kindī.
  11. De ratione de al-Kindī.
  12. De scientiis de al-Fārābī.
  13. De elementis de Isḥāq al-Isrā’īlī.
  14. De definitionibus de Isḥāq al-Isrā’īlī.

En cuanto a Avendauth, de ser identificable con Abraham bin Dāwūd, filósofo cordobés que huiría de la persecución árabe en su ciudad, sabemos que se asentaría en Toledo alrededor del año 1160. Éste traduciría, junto con Domingo Gundisalvo, el tratado dedicado al alma del Kitāb aš-Šifā’ (El libro de la curación) de Avicena.[15]

Ya en el siglo XIII aparece Marcos de Toledo, presente en los archivos de la catedral entre el 16 de marzo de 1193 y el 17 de marzo de 1216. Es el autor de una versión íntegra del Corán al latín —terminada entre julio de 1209 y junio de 1210—, así como de la traducción de tres tratados médicos de Galeno —incluidos en un corpus Galenicum usado posteriormente para la enseñanza de medicina—y de tres tratados de teología islámica de Ibn Tūmart.[16]

"Machvmetis Saracenorvm Principis eivsq́ve svccessorvm vitae, ac doctrina, ipséqve Alcoran", impreso en Basilea (ca. 1542)

“Machvmetis Saracenorvm Principis eivsq́ve svccessorvm vitae, ac doctrina, ipséqve Alcoran”, impreso en Basilea (ca. 1542)

Sin ninguna conexión documental entre ellos, aparte de este grupo de traductores relacionados con la ciudad de Toledo aparecen los tres traductores asociados con el corpus de textos islámicos traducidos para Pedro el Venerable. La actividad de los primeros dos, Herman de Carintia y Robert de Ketton, se desarrolla en los alrededores del Ebro en ciudades como León y Pamplona y se puede rastrear desde 1138 y 1140 respectivamente. Desde aquella época los encontramos como un equipo de traductores de obras matemáticas y astrológicas del árabe al latín cuya relación está bien atestiguada por las referencias mutuas en sus obras. Más adelante, entre los años de 1142 y 1143, serían contratados por Pedro el Venerable para realizar las traducciones correspondientes a la llamada collectio Toletana o, mejor, corpus Islamolatinum.[17]El más prolífico traductor de éstos dos parece haber sido Herman de Carintia, cuyos trabajos enumeramos a continuación:[18]

  1. Probablemente una versión de los Elementa de Euclides.
  2. Fatidica de Sahl bin Bišr.
  3. Probablemente el tratado De spheris de Teodosio de Bitinia.
  4. Probablemente las tablas astronómicas, el Ziŷ, de al-Jwārizmī.
  5. Planispherium de Ptolomeo.
  6. Maius introductorium de AbūMa‘šar.
  7. Probablemente el De revolutionibus nativitatum de AbūMa’šar.
  8. Probablemente el Quadripartitum de Ptolomeo.
  9. De generatione Mahumet de Sa‘īd bin ‘Umar para el corpus Islamolatinum lo mismo que el siguiente.
  10. Doctrina Mahumet atribuido a ‘Abdullāh bin Salām.

Por otra parte, las traducciones conocidas de Robert de Ketton son las siguientes:[19]

  1. Judicia de al-Kindī.
  2. La llamada versión/compilación ii de los Elementa de Euclides, atribuida anteriormente a Adelardo de Bath.
  3. Chronica mendosa Saracenorum. El original de esta obra todavía no ha sido identificado.
  4. La traducción del Corá para el corpus Islamolatinum.

Acerca de la existencia de Pedro de Toledo, el tercer traductor asociado con el corpus Islamolatinum, apenas sabemos por su participación en dicho proyecto, para el cual tradujo la llamada Apologia al-Kindi, un par de cartas ficticias en las cuales un musulmán le expone los preceptos de su fe a un cristiano y éste le responde con una refutación de sus argumentos.[20]

El hecho de que nunca hubo —o al menos no se ha descubierto— una relación entre los traductores del norte de la península y los asociados con la ciudad de Toledo es una cuestión aceptada por los especialistas hoy en día; de ahí, por ejemplo, que la denominación de la colección de texto de Pedro el Venerable haya pasado de collectio Toletana a corpus Islamolatinum. Más aun: es cierto que, de haber existido un centro especializado en traducciones como se ha sugerido que pudo ser la ‘Escuela de Traductores de Toledo’, una relación entre estos dos grupos pudo haber tenido lugar. No obstante, el consenso académico cada vez se aproxima más a determinar categóricamente que esta supuesta escuela nunca existió como tal,[21] sino que simplemente se puede hablar, como ya intuía Haskins, de una “sucesión de traductores”avecindados en la ciudad.[22]

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[1] Ver GonzálezMuñoz, “Peter of Toledo”, en Thomas y Mallet, ed., Christian-Muslim Relations. A Bibliographical History. Volume 3 (1050-1200). Brill, Leiden/Boston, 2011.

[2] Weber, “Domingo Gundisalvo”, en T. Glick, S. J. Livesey y F. Wallis, ed., op. cit, p. 209; Pergola, op. cit., p. 8.

[3] Ver nota 5.

[4] Burnett, “Robert of Ketton (fl. 1141-1157), en Oxford Dictionary of National Biography [en línea]. Oxford, Oxford University Press, 2004. <http://www.oxforddnb.com/view/article/23723>. [Consulta: 1 de noviembre, 2014].

[5] Ver Burnett, “Arabic into Latin in Twelfth Century Spain. The Works of Hermann of Carinthia”, en Mittellateinisches Jahrbuch, núm. 13. Stuttgart, Henn, 1978, p. 101.

[6] Burnett, “The Coherence of the Arabic-Latin Translation Program in Toledo in the Twelfth Century”, en Science in Context, núm. 14, vol. 1/2. Cambridge, Cambridge University Press, 2001, p. 252.

[7] Burnett, “Mark of Toledo”, en T. Glick, S. J. Livesey y F. Wallis, ed., op. cit, pp. 327-328.

[8] Ver nota 1.

[9] Ver Burnett, “Arabic into Latin in Twelfth Century Spain. The Works of Hermann of Carinthia”, en Mittellateinisches Jahrbuch, núm. 13. Stuttgart, Henn, 1978, p. 101.

[10] Rucquoi, op. cit., p. 4.

[11] Hasse, “The Social Conditions of the Arabic-(Hebrew-)Latin Translation Movements in Medieval Spain and in the Renaissance”, en A. Speer, Wissen über Grenzen. Arabists Wissen und lateinisches Mittelalter. Berlín/Nueva York, Walter de Gruyter, 2006, p. 71.

[12] Hasse, Twelfth-Century Latin Translations of Arabic Philosophical Texts on the Iberian Peninsula[en línea]. Villa Vigoni, 27 de junio, 2013. <http://www.philosophie.uni-wuerzburg.de/fileadmin/EXT00246/_temp_/Hasse_VillaVigoni_March2014.pdf>. [Fecha de consulta: 6 de septiembre, 2015]. Esta lista sólo contempla las traducciones de textos filosóficos efectuadas por Gerardo de Cremona.

[13] Rucquoi, op. cit., p. 5.

[14] Weber, “Domingo Gundisalvo”, en T. Glick, S. J. Livesey y F. Wallis, ed., op. cit, p. 209. Una lista similar puede encontrarse en Cárdenas, “González, Domingo (Dominicus Gundisalvus)”, en E. M. Gerli, ed., Medieval Iberia. An Encyclopedia. Nueva York, Routledge, 2003, pp. 365-366.

[15] El nombre que más recientemente se ha adoptado para denominar a esta collectio es el de corpus Islamolatinum. Ver Martínez Gázquez, “‘Islamolatina’. La percepción del Islam en la Europa cristiana. Traducciones latinas del Corán. Literatura latina de controversia”, en Medievalia, núm. 15. Barcelona, Institut d’Estudis Medievals, 2012, 39-42. Para más información acerca del grupo que lleva a cabo esta investigación ver http://grupsderecerca.uab.cat/islamolatina/.

[16] Ver D’Alverny, “Quelques manuscrits de la Collectio Toletana”, en G. Constable y J. Kritzeck, ed., Petrus Venerabilis 1156-1956. Studies and Texts Commemorating the Eighth Centenary of His Death. Roma, Herder, 1956, pp. 208-218.

[17] Ver Burnett, “A Group of Arabic-Latin Translators Working in Northern Spain in the Mid-12th Century”, en Journal of the Royal Asiatic Society, núm. 109, vol. 1. Cambridge, Cambridge University Press, 1977, p. 62.

[18] Pergola, Apud urbem Toletanam in capella sanctæ trinitatis: Medieval Translators in Spain and the Toledo Affair [en línea]. Londres, University College London, 31 de enero, 2013. <https://www.ucl.ac.uk/translation-studies/translation-in-history/documents/PERGOLA_Apud_Urbem_Toletanam__28UCL_Lecture_Series_29.pdf>. [Fecha de consulta: 6 de septiembre, 2015].

[19] Ver Haskins, Studies in the History of Medieval Science. Cambridge, Harvard University Press, 1924, pp. 12-13.

[20] Jourdain, Recherches critiques sur l’âge et l’origine des traductions latines d’Aristote. París, Joubert, 1843, pp. 108 y 119.

[21] Rucquoi, “Las rutas del saber: España en el siglo xii”, en Cuadernos de Historia de España, núm. 75. Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1998-1999, p. 5. El paginado que seguimos aquí es el que aparece en la versión en línea del artículo, ver https://www.academia.edu/4259085/Las_rutas_del_saber._España_en_el_siglo_XII. [Fecha de consulta: 5 de septiembre, 2015].

[22] Ver Burnett, “John of Seville and John of Spain: A mise au point”, en Bulletin de Philosophie Médiévale, núm. 44. Turnhout, Brepols Publishers, 2002, pp. 59-78.

[23] Burnett, “John of Seville”, en T. Glick, S. J. Livesey y F. Wallis, ed., Medieval Science, Technology, and Medicine. An Encyclopedia. Nueva York, Routledge, 2005, pp. 292-293. La traducción es mía.

El adivino portavoz del destino y la musa juguetona

Raúl Alejandro Romo Estudillo

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

La vita Merlini es la segunda obra en orden cronológico (ca. 1148) y en importancia de Geoffrey, originario —según la indicación que el autor da de sí mismo en ciertos pasajes de sus dos obras— de Monmouth, ciudad al sureste de Gales. Geoffrey es famoso por su historia regum Britanniae (la historia de los reyes de Britania), narración legendaria de la historia bretona desde el reinado de Bruto, bisnieto de Eneas (siglo XII a. C.), hasta el de Cadvaladro (siglo VII d. C.). De la relación de los hechos en la historia, resalta la aparición de un niño de origen prodigioso —la unión abominable entre un demonio y una doncella— que despliega sus poderes extraordinarios en la corte de Vortigerno, un rey usurpador. Este ser de habilidades sobrehumanas formula, a partir de un hecho portentoso y de una manera oscura y apocalíptica, una serie de profecías sobre la historia futura de Bretaña; estas profecías, que precedían a la historia y circulaban de manera independiente, fueron incorporadas a ella para conformar el libro VII (de los doce que conforman la obra). Tal personaje de poderes extraordinarios es Merlín.

En la llamada vita Merlini (así en el éxplicit del único manuscrito completo de la obra, que data de finales del siglo XIII) nos es contada una parte de la historia de este mismo personaje aunque con muchos detalles que difieren.[1] Es tal la aparente falta de uniformidad del personaje de Merlín entre la historia y la vita que existe toda una discusión sobre la validez de la adscripción de las dos obras al mismo autor.

Merlín, Profeta.

Merlín, profeta.

Pero no sólo es la variación de las características de un mismo personaje y de los episodios por los que transita lo que hace de la vita un poema extraño: es aun más desconcertante la manera en que el personaje y sus vicisitudes son presentados a lo largo de la obra. Demos, a continuación, una muestra al respecto.

Después de una serie de incidentes en la corte de Rodarco, rey de los cumbros y esposo de Ganieda, hermana de nuestro protagonista, a Merlín, que hasta entonces había permanecido cautivo, se le concede, por fin, su mayor anhelo: marchar a los bosques y vivir apartado del mundo. Ganieda, entonces, en un intento desesperado por retener a su hermano, le pone por delante a su esposa misma, Güendolena, suplicándole que, si ha resuelto irse, al menos la lleve consigo. Merlín rechaza la compañía de su esposa y accede, resuelta e indiferentemente, a que, llegado el momento, se entregue a un nuevo esposo; incluso promete volver a la celebración de la boda y llevar un obsequio. “Pero aquel que la despose —advierte Merlín— debe precaverse de encontrarse alguna vez conmigo y hacerme frente. Llegada la ocasión, será mejor que se aparte; no vaya ser que, si se me concede la oportunidad de enfrentarnos, experimente él para su desgracia la rapidez de mi espada”.[2] Advertencia que se cumple poco después: cuando Merlín se entera, consultando los astros, de la cercanía de las nuevas nupcias de su esposa, reúne su manada de ciervos y se dirige al lugar de la celebración tomando como montura a uno de ellos. Allí se encuentra con Güendolena y también con su nuevo esposo quien, desde lo alto de una torre, se burla del espectáculo que da Merlín acompañado de su manada de ciervos y montado sobre uno de ellos. La reacción de Merlín es arrancar la cornamenta de su montura y arrojarla sobre el hombre. Éste, como resultado del golpe, queda muerto con la cabeza destrozada. Merlín, entonces, trata de huir pero es perseguido, capturado al final y trasladado de nuevo a la corte de Rodarco.

Una parte considerable de la vita, en su relativa brevedad (poco más de 1500 versos), consiste en episodios de este tenor. Otra parte la conforman largas tiradas de profecías, plagadas de guerras y devastación, que encuentran su correspondencia en diversos pasajes de la historia. Pero incluye, además, —principal característica que deja perplejos a los lectores modernos de la obra— pasajes donde Merlín se detiene a dar detalles extravagantes, en largas enumeraciones, sobre maravillas de la naturaleza: sobre peces, sobre islas, sobre manantiales y sobre aves.

¿Cómo puede explicarse el contenido tan variopinto, tan abigarrado incluso, de la vita? ¿Cómo reconciliar el tono de los episodios con la gravedad del personaje que carga con la responsabilidad de enunciar los hechos futuros de Bretaña? Atendamos, para ello, al exordio de la vita.

La obra nos recibe de la siguiente forma: “fatidici vatis rabiem musamque iocosam / merlini cantare paro”. (Me dispongo a cantar la locura de Merlín, el adivino portavoz del destino, y a su musa juguetona)

La locura es, de hecho, la que inspira los episodios proféticos de Merlín y, con ello, Geoffrey hace alusión a la serie de profecías que encontramos a lo largo de la obra. La parte seria y solemne. Ahora bien,  ¿qué significa, por su parte, musa juguetona?

Para empezar, iocosus es un adjetivo presente a lo largo de toda la vita: Merlín se dirige con iocosis verbis, “palabras juguetonas”, al hombre que con su música hace que recupere momentáneamente la cordura;[3] Rodarco, el esposo de su hermana, encuentra un tesoro gracias a su ayuda vatemque iocosus adorat, “y hace elogios juguetonamente al adivino”.[4]  Merlín y Telgesino —compañero del adivino en sus disquisiciones— capturan a un hombre loco y violento, y hacen que se siente junto a ellos para que su plática pueda levantar risusque iocosque “tanto risas como jugueteos”.[5] Merlín, es cierto, experimenta arrebatos de melancolía (como cuando, sorprendido por el invierno en medio del bosque nevado, trata de consolarse hablando con un lobo); pero la impresión con la que se queda el lector es con el tono jovial de tales situaciones (la manera en que Merlín se dirige al lobo no deja de ser ridícula). En suma, los episodios donde hay una combinación de risas y carcajadas con incidentes irónicos e incluso grotescos son notablemente recurrentes.

La alusión a la musa juguetona en el primer verso es la declaración —como señala J. S. P. Tatlock[6]— de que la vita es un jeu d’esprit, un iocus spiritus, un poema ligero y entretenido sobre Merlín y su locura, que incluye también episodios graves y serios representados por los versos proféticos.

Pero la cuestión no queda allí. La propia elección de las palabras es significativa y acarrea el peso de la tradición literaria latina de más de un milenio de historia en tiempos de Geoffrey. La alusión a una musa juguetona nos dice mucho de la intención programática de la vita.

¿De dónde proviene esa musa iocosa? El mismo Tatlock señala dos pasajes de los carmina de Horacio en los que pudo haberse basado Geoffrey. Uno de ellos es el final de la oda 3 del libro III (un poema con tema serio) donde encontramos lo siguiente: “Non hoc iocosae conveniet lyrae: / Quo, Musa, tendis?…”. (Esto no será apropiado para mi lúdica lira. ¿Adónde vas, Musa?)

En Ovidio hay, no obstante, un antecedente más claro y más significativo. Por un lado, en el libro III de las metamorphoses de Ovidio, asistimos a la lis iocosa, “contienda juguetona”,[7] entre Júpiter y Juno. Este episodio (en el que se discute, por cierto, cuál de los dos sexos saca mayor placer de los encuentros amorosos) explica cómo Tiresias —el omnipresente adivino de la mitología clásica— alcanzó su calidad de fatidicus vates[8] (precisamente la misma expresión con la que abre la vita).

Por otro lado, en el verso 354 de la elegía primera del libro II de los tristia, Ovidio declara:

crede mihi, distant mores a carmine nostri –

vita verecunda est, Musa iocosa mea –

magnaque pars mendax operum est et ficta meorum:

plus sibi permisit compositore suo.[9]

 

musa iocosa es una expresión propia de Ovidio. En el verso 387 de los remedia amoris nuestro poeta dice:

Thais in arte mea est: lascivia libera nostra est;

nil mihi cum vitta; Thais in arte mea est.

Si mea materiae respondet Musa iocosae,

Vicimus, et falsi criminis acta rea est.[10]

 

Los pasajes en que Ovidio habla de su musa, lo hace utilizando precisamente el calificativo juguetón. La musa iocosa constituye la declaración poética de Ovidio, frase de la que Geoffrey hace eco ahora para componer una obra de tono más jocoso que serio.

De acuerdo con el principio programático de la vita declarado en el primer verso, Geoffrey nos promete abarcar a Merlín en su calidad de adivino por medio de una musa juguetona (una composición poética ligera). Y, efectivamente, no recibimos menos. Tenemos, por un lado, largos episodios de ominosas profecías sobre el futuro de Bretaña inspiradas por la locura y, por otro, diversos episodios con tinte cómico (Merlín matando al pretendiente de su esposa con la cornamenta del ciervo sobre el que va montado) y maravilloso (Merlín hablando, por ejemplo, de una isla donde habitan unas mujeres con cuerpo de cabra que, cuando corren, superan a las liebres en velocidad); pasajes que, en conjunto, conforman una obra de una naturaleza muy diferente a la grandiosa e intencionalmente seria historia. Es natural, por consiguiente, que el Merlín de la vita, al adaptarse al caracter jocoserio de la obra, termine sufriendo modificaciones con respecto al de la historia. Como quiera que sea, Geoffrey y su tratamiento literario (el primero según se tiene registro) de la figura de Merlín en sus dos versiones fue determinante para la configuración del personaje dentro del ciclo artúrico y la materia de Bretaña.

El sueño del rey Arturo en Avalón (1898), de Edward Coley Burne-Jones.

El sueño del rey Arturo en Avalón (1898), de Edward Coley Burne-Jones.


[1] Para mayores detalles cf. María Alejandra Ordóñez Cruickshank, “La risa de Merlín”, en este blog: http://siem.filos.unam.mx/2013/09/30/la-risa-de-merlin/

[2] vita Merlini, vv. 376-380: “praecaveat tamen ipse sibi qui duxerit illam / obvius ut numquam mihi sit nec cominus astet, / sed se divertat, ne, si mihi congrediendi / copia praestetur, vibratum sentiat ensem” (Los pasajes de la vita han sido tomados de Edmond Faral, La légende arthurienne. III. Documents. París, Champion, 1929, pp. 307–352. La traducción es nuestra).

[3] Idem, vv. 201-202.

[4] Idem, v. 532

[5] Idem, v. 1392

[6] J. S. P. Tatlock, “Geoffrey of Monmouth’s Vita Merlini”, Speculum, Vol. 18, No. 3, 1943, pp. 265-287.

[7] v. 332.

[8] met III 348

[9] “Créeme: mis costumbres estan separadas de mis composiciones —mi vida es honesta; mi Musa, juguetona—, y gran parte de mi obra es mentirosa y ficticia: se les ha permitido más que a su compositor”.

[10] “Tais está presente en mi arte. Mi liviandad es franca; nada tengo que ver con ínfulas. Tais está presente en mi arte. Si mi Musa responde a un tema juguetón, he triunfado; y ella comparece ante el juez acusada de un crimen falso”.

La recepción de la literatura clásica latina del siglo IX al XII: algunas consideraciones

Aldo A. Toledo Carrera.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Una vez obtenida la paz, el emperador Carlomagno pudo emprender las reformas que él creía necesarias para conservar la estabilidad de su reino. Siguiendo el ideal agustiniano del Cristianismo, no sólo como regeneración bautismal a nivel del individuo sino también del Estado, llamó a su corte a hombres de distintas partes del orbe —de Hispania, Italia, Galia e Inglaterra— para continuar la tan requerida renovatio studiorum que su padre, Pipino el Breve, había emprendido mas no completado. El emperador estaba convencido de que, para terminar esta renovación de los estudios, uno de cuyos objetivos principales era la formación de clérigos capaces de hacer labor exegética de las Sagradas Escrituras, era menester comenzar por la renovación del vehículo de los mismos, el latín, que tan grande deterioro había sufrido en la Iglesia durante el período merovingio. Alcuino de York, hombre de inmenso saber, fue puesto a cargo de la schola Palatina y la biblioteca de la corte para este fin. La biblioteca fue enriquecida con amplios volúmenes de la Antigüedad y los Padres de la Iglesia, procedentes de Northumbria gracias a la cultura monastica anglolatina, pilar de la supervivencia de la literatura latina. Por órdenes del emperador y bajo su celosa mirada, estas obras se copiaron en las abadías reales, con el fin de extender el saber a todas partes del imperio. Tras la muerte de Luis el Piadoso, hijo y sucesor de Carlomagno, en el año 840 y la consecuente división del reino entre sus hijos, Aquisgrán cayó en el olvido, pero su colección de volúmenes se repartió entre los nuevos núcleos del saber, donde fueron copiados ininterrumpidamente y enviados a otros centros, asegurando así la conservación del saber antiguo.

st. gall

Abadía de San Galo.

El danés Birger Munk Olsen, autor del célebre I classici nel canone scolastico altomedievale, propone en su artículo “La Réception de la Litterature Classique au Moyen Âge” la recepción de los autores de la Antigüedad en relación directa con el número de manuscritos conservados. Advierte que este trabajo está sujeto a muchas variantes, pues es un estudio que depende de la conservación del número de obras, copiadas durante la Edad Media; además, no hay que olvidar que los resultados podrían no reflejar la realidad de la existencia de las dichas copias, dado que muchas pudieron perderse por factores tan dramáticos, como una guerra o un incendio, o por otros más diminutos pero no menos destructivos, como los hongos y los ratones. Es, pues, un estudio que depende de lo que hemos conservado, no de lo que realmente hubo y el paso del tiempo destruyó. Sin embargo, esto no quiere decir que nuestros conocimientos sobre la conservación de los autores clásicos –y, por ende, de la formación del canon latino en la Edad Media occidental– estén basados en hipótesis vagas. Afortunadamente, no sólo han sobrevivido los manuscritos físicos –que, con esfuerzo, se han recuperado, especialmente a partir del humanismo italiano, asegurando su supervivencia– sino también los grandes catálogos de las bibliotecas donde se almacenaron y copiaron los autores clásicos, en espera de su inmortalización, consumada por la labor de los humanistas renacentistas. Ambos factores pueden darnos una muy buena idea sobre lo que estaba sucediendo en los scriptoria de la corte carolingia y los monasterios: a quién se leía, a quién se imitaba y quién educaba a los hombres del siglo ix en adelante.

Según la lista Diez B. 66, quizá un catálogo parcial de los libros de la biblioteca de la corte carolingia, Lucano, la Tebaida de Estacio, Terencio, Juvenal, Tibulo, el ars poética de Horacio, Claudiano, Marcial, algunos discursos de Cicerón y fragmentos de los bella e historiae de Salustio, curiosidades como Gracio con su cynegetica y Estacio con sus silvae formaban parte de la extensa lista. Los mejores manuscritos de Lucrecio y Vitruvio proceden de ahí. Al mismo tiempo, comienzan a florecer las bibliotecas de Corbie y Tours, que, luego de la decadencia de Aquisgrán, tomarían su lugar. En ambas, por ejemplo, se copió un manuscrito italiano del siglo V de Livio, que se encontraba, seguramente, en la biblioteca carolingia. Corbie, además, albergó una gran colección de Cicerón, Livio, Salustio, Columela, Séneca el Mayor, Plinio el Joven, el bellum Gallicum de César ―obra, por lo más, poco copiada en los scriptoria medievales―, ad Herennium, Macrobio, Estacio, Marcial, las Heroidas y Amores ovidianos ―otra obra de poca difusión durante este período―, Terencio, Vitruvio y Vegecio. Otras colecciones iban, poco a poco, acrecentando su acervo para, luego, competir con San Martín de Corbie: Fleury, Ferrières, Auxerre, Lorsch, Reichenau y San Galo.

Volviendo al trabajo de Munk Olsen, para su investigación eligió el período entre los siglos ix y XII, puesto que los catálogos de esta época son más exhaustivos y arrojan datos más certeros. Además, elaboró una tabla en la que enumera el total de manuscritos conservados de autores clásicos, limitándola a aquellos que sean más de cincuenta.

Siglo

 

Gracias a esta información, pueden concluirse diversos aspectos sobre la recepción de la literatura latina:

1)    Virgilio, considerado —al menos en el siglo IX— un profeta precristiano que anunciaba la llegada de Cristo, era el único autor pagano cuyas tres obras eran ávidamente estudiadas y convivían con los poetas cristianos Prudencio, Próspero y Sedulio. Esto se refleja en el número, siempre alto, de manuscritos a través de cuatro siglos. Puede verse, además, la preferencia creciente de la Eneida sobre las otras dos obras, los georgica y las eclogae, copiadas aparte por su extensión. Este proceso fue esencial en la formación de un canon y se volvió una tendencia que, hasta el día de hoy, perdura. Curiosamente, en el caso de las otras dos obras, la preferencia está invertida el día de hoy: los georgica son la obra menos estudiada de Virgilio.

2)    Los poetas, no los prosistas, son los educadores latinos paganos de la Edad Media, cuyo estilo y vocabulario permea incluso en la prosa. Virgilio, Lucano, Horacio, Juvenal, Persio y, en último lugar, Ovidio tienen un lugar preponderante en la labor de los scriptoria y el estudio del latín. Al contrario de lo que popularmente se dice acerca de cómo el Cristianismo prohibía la lectura de libros “poco edificantes”, por no decir “impropios de acuerdo con la doctrina cristiana”, esta lista muestra lo contrario: las muchas veces salaces Sátiras de Horacio tienen una posición privilegiada sobre muchos otros autores paganos e, incluso, sobre otras de sus obras; pero, como puede deducirse del número casi constante, todas sus obras solían copiarse en el mismo grupo de folios. Juvenal es más copiado y leído que el moralista Terencio. Las Metamorfosis es la única obra de Ovidio que aparece en la lista y está en los últimos lugares pero, aun con su contenido pagano lleno de traiciones, incestos y estupros, no pueden preterirse; las Heroidas y los Amores descansaban en los estantes de Corbie. La guerra fratricida de la Tebaida de Estacio era un favorito de la Edad Media, un autor cuya épica, junto con la de Virgilio, era digna de imitarse; de sus Silvas sabemos, al menos, que estuvieron entre las colecciones de la corte de Aquisgrán, pero fuera de ahí tardaron mucho tiempo en ver de nuevo la luz. En el mismo tenor, se encuentra la Farsalia de Lucano, la gran obra poética y retórica sobre la guerra civil, en la que el enemigo de Roma era Roma misma. Es cierto que, en el ramo eclesiástico, muchos, siguiendo a San Benito, levantaron no pocas veces la voz contra la lectura de los paganos por ser perjudicial a la doctrina cristiana institucionalizada, pero eso no impidió que se continuara la labor, comenzada en época carolingia, de reproducción de textos de la Antigüedad Clásica.

3)    Cicerón y Salustio son los únicos prosistas que figuran en la lista. Del primero, sin embargo, no resaltan sus discursos ni las cartas ―las que fueron un redescubrimiento de Petrarca― sino su obra oratoria y filosófica: el de inventione y su espuria rhetorica ad Herennium fueron los manuales para la enseñanza del trivium, pues Quintiliano todavía permanecería unos siglos esperando ser encontrado y ampliamente estudiado por Poggio Bracciolini; el de officiis, por su parte, representa la discusión filosófica junto con su tratado sobre la amistad, el Laelius; finalmente, el somnium Scipionis se copiaba y leía separado del de republica, venía usualmente acompañado del comentario de Macrobio y se copiaban ambos en los mismos folios. Salustio es el único historiador de amplia difusión en la Edad Media.

4)    También se encuentra una curiosidad de la Antigüedad: el poco conocido texto de Solino, los mirabilia, un resumen de la geografía que describe Plinio en su historia naturalis. La obra de Plinio el Viejo era tan extensa que difícilmente se copiaba íntegra, pues ocupaba demasiados folios, material muy preciado en la Edad Media.

5)    Las dos obras que no pertenecen al uso escolar son las epistulae ad Paulum de seudo-Séneca y las epistulae ad Lucilium, éstas sí del filósofo romano. Autor muy querido por los cristianos por su estoicismo, doctrina asimilada en muchos aspectos por los escritores cristianos, gozó de gran prestigio durante la Edad Media, en detrimento de su obra “científica”.

A pesar de todo, esta lista es muy pequeña en comparación con la gran cantidad de obras, de los mismos autores clásicos, que no se han mencionado aquí. ¿Qué pasó con ellas? ¿Dónde estaban? Muchas de ellas quedaron en las estanterías de las bibliotecas, esperando ser encontradas. El gran historiador Livio quedó desmembrado en diferentes partes de Europa: su quinta década, copiada en el monasterio de Lorsch, es la única fuente que tenemos. Su biblioteca albergaba, además, una de las raras copias de las epistulae de Cicerón, y copias del norte de Italia de el de beneficiis y de clementia de Séneca, entre otros. El único manuscrito medieval superviviente de los Argonautica de Valerio Flaco fue copiado en Fulda. De aquí mismo, salieron los libros 1–6 de los annales de Tácito, para luego ser conservados en Corvey. Fleury fue un centro importante para Quintiliano y el bellum Gallicum. Ejemplos como éstos hay muchos. Sin embargo, no gozaban la misma seguridad que las obras mencionadas en la lista incluida en este trabajo, pues el único manuscrito carolingio de alguna obra, almacenado en alguna biblioteca sin ser copiado, era susceptible de desaparecer para siempre ante cualquier accidente: Catulo, Propercio, Petronio y Tácito estarían perdidos de haber sido así.

Cubierta de marfil dle Evangelario, c. 810, Carolingian, Victoria and Albert Museum

Cubierta de marfil dle Evangelario, c. 810, Carolingian, Victoria and Albert Museum

 

Bibliografía

Bischoff, Bernhard, Paläographie des römischen Altertums und des abendländischen Mittelalters, Berlin: Erich Schmidt Verlag, 2009.

Bowen, James, A History of Western Education, vol. II, Londres: Methuen & Co Ltd, 1975.

Hildebrandt, M. M., The External School in Carolingian Society, Leiden: E.J. Brill, 1992

Munk Olsen, Birger, “La réception de la littérature classique grecque et latine du ixème au xiième siècle. Une étude comparative”, Classica, Brasil: 19.2, 167-179, 2006.

Reynolds, Leighton D. y Nigel G. Wilson, Copistas y Filólogos, Madrid: Gredos, 1986.

Robert A. Hall y la reconstrucción del proto-romance

Rubén Borden Eng.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Uno de los procedimientos más conocidos en el ámbito de la lingüística histórica es, sin duda, el del método comparativo que tiene por objeto la reconstrucción de lenguas hipotéticas sobre las que no hay evidencia directa. Estas lenguas, también conocidas como proto-idiomas, se reconstruyen con base en los rasgos comunes que arroja la comparación sistemática de un conjunto de idiomas relacionados genéticamente. A grandes rasgos, el éxito de cualquier reconstrucción depende básicamente del material disponible y de la capacidad que posee investigador para identificar los procesos de cambio ocurridos en la historia de las lenguas que se comparan. En las discusiones sobre el grado de certeza de las reconstrucciones, algunos investigadores han hecho hincapié en el carácter hipotético de la empresa, insistiendo en que se trata de fórmulas prefabricadas a partir de los ejemplos de las lenguas comparadas, debido a que el método comparativo de reconstrucción no toma en cuenta factores como la variación dialectal o el contacto entre las lenguas emparentadas, una vez que éstas se han desprendido de la lengua originaria. Sin embargo, otros ven en las reconstrucciones intentos genuinos por recuperar algunas de las características que realmente tuvo una determinada “lengua madre”, conscientes de que sólo se trata de aproximaciones hipotéticas que de algún modo permiten explicar diversos procesos de cambio (fundamentalmente a nivel fonológico y morfológico).

En el campo de la lingüística románica, la reconstrucción del proto-romance sirvió para añadir una posibilidad más a las opciones propuestas sobre el origen de este grupo de lenguas. Como se sabe, actualmente casi todos los manuales de lingüística y filología románica coinciden en afirmar que las lenguas romances no provienen del llamado latín clásico o sermo urbanus, ni del latín medieval carolingio, sino del latín vulgar, también denominado sermo quotidianus, plebeius o vulgaris, que, en términos generales, correspondía al latín hablado por la gente de las provincias y que, en comparación con el latín clásico, ofrecía una notable economía formal. Sin embargo, uno de los principales problemas que ofrece la aceptación del latín vulgar como punto originario del desarrollo de las lenguas romances deviene del amplio marco temporal, geográfico y social al que se vincula, ya que los términos sermo vulgaris y sermo plebeius no definen claramente las posibilidades de la estratificación social o geográfica a las que se aplican. Asimismo, el latín vulgar, al ser considerado por la mayoría de los romanistas como un antecedente directo del italiano y de las lenguas romances occidentales, estaría próximo a una especie de proto-romance italo-occidental, más que a la lengua originaria de todo el grupo, y en este sentido es que adquiere importancia la reconstrucción de un proto-idioma a partir de los datos que ofrece no únicamente el latín, sino también algunas de las lenguas más representativas del grupo. Básicamente, al aplicarse el método comparativo de reconstrucción al caso de las lenguas romances, lo que se pretende es generar una lengua hipotética a través de la cual sea posible identificar aquellos puntos de contacto y divergencia que presenta el grupo románico.

Antifonario de León (siglo XI), fl 1v. Catedral de León.

Antifonario de León (siglo XI), fl 1v. Catedral de León.

Uno de los trabajos más notables en la reconstrucción del proto-romance es el que realizó Robert A. Hall en la segunda mitad del siglo xx con dos obras que se convirtieron en referente ineludible para el estudio de la reconstrucción lingüística aplicada a este grupo de lenguas. Nos referimos, por supuesto, a Proto-romance phonology (1978) y Proto-romance morphology (1983). En ambas, el autor propone la reconstrucción del proto-romance a través de exhaustivas comparaciones entre el sardo, el rumano, el italiano, el francés, el catalán, el español, el portugués y el latín.

Como puede verse en la tabla 1, Robert A. Hall siguió todos los principios básicos del método comparativo, al contrastar formas cognadas de un conjunto representativo de lenguas y aplicar sobre éstas la regla de “el mayor gana”, para ofrecer una proto-forma reconstruida (marcada con *) que se sustenta en los propios datos comparados. Así pues, en la tabla 1, aunque el objetivo es mostrar la resistencia al cambio que posee el fonema bilabial nasal /m/ en posición intervocálica, la misma lista de ítems da cuenta de algunos aspectos concernientes al comportamiento de otros segmentos, como la aspiración de /f/ en español, la diptongación de /a/ en francés, la sustitución de la cantidad vocálica o la monoptongación del diptongo /uo/ del latín.

Tabla 1. Lista de cognadas para la reconstrucción del fonema bilabial nasal */m/ en posición intermedia (Hall, 1976: 82).

Sard.rámufúmutráma
Rum.——-fúm(u-)tráməkúm
It.rámofúmotrámakó^mo
Fr.ráimfúmtráiməkó^m
Cat.rámfúmtráməkó^m
Span.rrámohúmotrámakó^mo
Port.rámufú^mutrámakó^mo
PRom.*rámu*fú^mu*tráma*kó^mo
Lat.ra:mu-fu:mu-tra:makuo:modo:

En el caso de la morfología, el procedimiento es muy similar: se toma una lista de ítems cognados, sobre los cuales se hacen observaciones sistemáticas que permiten identificar los puntos de contacto y divergencia para un tema concreto, en este caso, los sufijos de persona que actúan sobre la inflexión en verbos de la primera conjugación en presente de indicativo y voz activa. Como en el caso anterior, en la tabla 2, los ejemplos por sí mismos permiten identificar un número considerable de procesos que atañen no sólo a las vocales, sino también a las consonantes y a los elementos suprasegmentales, como el cambio de cantidad o la nasalización de la /a/ en el caso del portugués.

Tabla 2. Lista de cognadas para la reconstrucción del sistema de inflexión verbal correspondiente a verbos de la primera conjugación en presente de indicativo voz activa (Hall, 1983: 43):

Sard.kántokántaskántatkantámuskantátiskántat
Rum.kíntkínzkíntəkintémkintázkíntə
It.kántokántikántakantámokantátekantáno
Fr.chántchántəschántəchantónschánrǽzchántənt
Cat.kántkántəskántəkantámkantáukántan
Span.kántokántaskántakantámoskantádeskántan
Port.kã´ntokã´ntaskã´ntakãntámoskãntádeskã´ta
PRom.*kánto*kántas*kántat*kantámus*kantátis*kántat
Lat.kanto:kanta:skantatkanta:muskanta:tiskantant

El asterisco que antecede a cada una de las reconstrucciones dadas en el caso del proto-romance indica precisamente que se trata de una forma reconstruida sobre la que no existe evidencia documental, pero que bien sirve para explicar la tendencia en el desarrollo de todo el paradigma verbal al interior del grupo románico (o al menos en algunas de sus lenguas más representativas). Dicho en otros términos, la protoforma debe ajustarse a las características que posee la mayoría de los ítems cognados dentro del esquema de comparación.

Aunque las obras de Robert A. Hall en su momento recibieron diversas críticas, debido quizá a que muchos estudiosos hubieran querido ver menos espacio dedicado a las tablas comparativas y más a la discusión profunda sobre los problemas que intervienen en el desarrollo de las lenguas romances, el objetivo primordial del autor estaba centrado en la posibilidad de que todo aquello que se pudiese reconstruir con base en los modernos idiomas románicos debería corresponder necesariamente a un tipo de lengua intermedia entre el latín escrito y las modernas lenguas románicas. El trabajo de Robert A. Hall es importante sin duda, debido que ofrece una gran cantidad de información para identificar evidentes procesos de cambio en el sistema fonológico y morfológico que distingue al latín de las lenguas romances, sin embargo, el reto actualmente no está en decir que la vocal baja central de la raíz PRom. *kánt- se convirtió en una vocal alta anterior en la raíz del Rum. kínt-, sino en explicar detalladamente por qué ocurrió ese cambio, tomando en cuenta la relación interdependiente que existe entre los distintos niveles de un sistema lingüístico, en el entendido de que un fenómeno fonológico determinado puede explicarse en parte por sus condiciones morfológicas y viceversa.

En resumen, el meollo de la reconstrucción del proto-romance, no tiene que ver tanto con la comprobación de los datos y su grado de realismo, sino más bien con los medios a través de los cuales es posible establecer un proto-idioma que permita explicar la gran cantidad de procesos que intervinieron en la conformación de estas lenguas. En cierto modo, la esencia de la reconstrucción lingüística es, precisamente, la de enfrentarse a la posibilidad de generar hipótesis que expliquen procesos de cambio sobre los que no tenemos, y probablemente nunca tendremos, evidencia clara y confiable. Si bien esto podría parecer un extremo en el caso de lenguas tan bien documentadas como las románicas, la aplicación del método comparativo y la reconstrucción del proto-romance, debido precisamente a la inmensa cantidad de materiales de los que se dispone, arrojan datos de suma importancia para el conocimiento no únicamente de ese grupo de lenguas, sino también para la evaluación del método comparativo en sí mismo, dado que, finalmente, de una forma u otra, la mayoría de los investigadores están convencidos de que el latín (clásico, vulgar, tardío, carolingio, etc.) es la evidencia más próxima de la que se tiene noticia sobre aquel lejano ancestro de las lenguas románicas antes de su fragmentación.

 

Bibliografía

Fox, Anthony, Linguistic Reconstruction. An Introduction to Theory and Method, Oxford University Press, 1995.

Hall, Robert A., Proto-romance phonology, Elservier Publishing Co., Amsterdam, 1976.

–, Proto-romance morphology, John Benjamins Publishing Co., Amsterdam, 1983.

Ponsser, Rebeca, The Romance Languages, Cambridge University Press, 1996.

Robert L. Rankin, “The Comparative Method”, The Handbook of Historical Linguistics, Edited by Brian D. Joseph and Richard D. Janda, Blackwell, Malden, 2003, pp. 183 -210.

 

Acerca de la Collatio laureationis de Francesco Petrarca

José Luis Quezada Alameda.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

La ceremonia y sus antecedentes

El 13 de abril de 1341, a la edad de 36 años, Francesco Petrarca fue coronado en el Capitolio de Roma con el laurel poético. Este evento que ha sido considerado por muchos como símbolo del inicio del Humanismo, es sin duda uno de los sucesos más espectaculares y fastuosos en que se haya visto involucrado literato alguno. Sin embargo cuando esta coronación se llevó a cabo, Petrarca había dado a conocer apenas unos cuantos poemas en latín, 15 para ser precisos, que conforman un total de 1386 versos. Además de haber iniciado la composición de una compilación histórica de biografías intitulada De viris illustribus y de la epopeya Africa, había escrito algunas rime, es decir, poesías en lengua vulgar, pero es imposible pensar que debido a éstas se le coronó. Este hecho nos indica ante todo que el título honorífico de poeta laureatus le fue concedido no tanto por su talento poético, ya que su incipiente obra literaria era apenas conocida por unos cuantos, sino por las estrechas relaciones que mantenía con personajes poderosos de su tiempo.

Los detalles en torno a la coronación y a los hechos que la antecedieron nos son ofrecidos por Petrarca mismo en muy diversos lugares de su obra[1]. En primer lugar, el laureado poeta nos narra en la epístola Posteritati de qué manera en un solo día recibió cartas tanto de Roma como de París en las que se le invitaba para ser coronado. Después de pedir consejo a su amigo y protector principal en esa época, Giovanni Colonna, Petrarca aceptó el ofrecimiento del Senado romano y desde su casa de campo en Vaucluse, Francia, emprendió el viaje hacia Nápoles para encontrarse allí con el rey Roberto de Anjou. Durante tres días el monarca angevino lo interrogó para decidir si era merecedor o no del laurel poético. En esas entrevistas discutieron fundamentalmente de Virgilio, de poesía, y Francesco le dio a conocer al rey algunos fragmentos de su Africa, Roberto mostró un gran entusiasmo por los versos que escuchó y solicitó que el poema le fuera dedicado. Petrarca aceptó la petición y tiempo después añadió al inicio de su epos los versos que contienen la dedicatoria al rey de Nápoles y Sicilia. Roberto de Anjou, complacido y satisfecho con las dotes poéticas de Franciscus Petracchi, dio su consentimiento para que la coronación fuera llevada a cabo. De esta forma Francesco Petrarca, princeps humanistarum, fue coronado en el Capitolio romano como magnus poeta et historicus por el senador Orso d’Anguillara. En ese momento le fue entregado también el Privilegium lauree, una suerte de título profesional que contenía las prerrogativas otorgadas al poeta, es decir, la posibilidad de enseñar poesía e historia en cualquier universidad y la concesión de todos los derechos y privilegios propios de un maestro de las artes liberales.

f13 (1)

Francesco Petrarca, “Trionfi , Canzoniere”, fl.13. Bibliothèque nationale de France, Mns. Italien 1019.

Del discurso

Para la solemne ceremonia Petrarca compuso el discurso conocido como Collatio laureationis. En esta composición son citados los siguientes autores: Cicerón, Claudiano, Estacio, Horacio, Juvenal, Lactancio, Lucano, Macrobio, Ovidio, Persio y Virgilio. El discurso comienza con estos versos de las Geórgicas (III, 291-292) de Virgilio: “Sed me Parnasi deserta per ardua dulcis / raptat amor”. Partiendo de la idea de que para el poeta es inevitable componer versos, así sea muy elevado, delicado o complejo el tema que se ha de tratar, Petrarca prosigue con su disertación, la cual puede dividirse sumariamente en tres partes: la primera es una discusión en torno a la dificultad de la labor poética originada a partir de los citados hexámetros virgilianos; la segunda trata sobre el carácter alegórico de la poesía; en la tercera se habla sobre las recompensas que obtiene el poeta debido a su labor. En este sentido, quizá el punto más importante del texto es la revaloración que Petrarca, basado en los Auctores, hace de la figura del poeta y de la poesía misma dentro un contexto histórico determinado, en este caso el suyo: la Italia aún medieval del siglo XIV.

Intertextualidad

Es conveniente señalar la estrecha relación que existe entre la Collatio laureationis y otros textos de Petrarca y también de otros autores. Un primer texto que debe ser mencionado es el canto IX del Africa donde Ennio y Escipión discuten sobre la naturaleza alegórica de la poesía en términos muy similares a los de la Collatio laureationis. La siguiente obra importante con la que la Collatio está relacionada es el De vita et moribus Domini Francisci Petracchi de Florentia cuyo autor es el più grande discepolo de Petrarca: Giovanni Boccaccio. En ésta que es una de las primeras biografías del cantor de Laura de las que hay noticia, Boccaccio recupera una gran cantidad de elementos utilizados por Petrarca, sobre todo en lo referente a la naturaleza de la poesía, además de que las coincidencias verbales son en muchos casos sorprendentes. Finalmente un tercer texto importante en este trabajo es la oración ciceroniana Pro Archia poeta, discurso en el que encontramos no pocas coincidencias con la Collatio laureationis motivadas por el tema mismo del cual se trata en ambos casos, es decir, la poesía, y por otro lado también por el hecho de que uno de los varios descubrimientos filológicos que Petrarca hizo fue el hallazgo en Lieja, no mucho tiempo antes de su coronación, de este discurso desconocido hasta entonces por el mundo medieval[2].

La Collatio laureationis y el mundo clásico

La Collatio laureationis es una obra especialmente atractiva desde el punto de vista de las Letras clásicas, sobre todo por la abundante cantidad de citas de autores latinos que Petrarca introduce, citas que a su vez reflejan el conocimiento que el aretino tenía de la tradición grecolatina, aun conociendo muy poco de la lengua griega. Este bagaje cultural, por llamarlo de algún modo, y la capacidad por parte del autor para justificar o apoyar sus argumentos en autores antiguos están magistralmente plasmados en este breve texto. Es importante también señalar que en esta recuperación del saber antiguo, Petrarca antecede, como en varias otras cosas, a los futuros humanistas.


[1] Véase al respecto el muy reciente artículo de J. De Keyser, “The Descendants of Petrarch’s Pro ArchiaClassical Quarterly 63 (2013), pp.292328.


[2] Especialmente la Epystola II, 1, en la que describe con gran detalle la ceremonia misma, vid. Rime, Bigi/Ponte (edd.) Opere di Petrarca pp. 382-386 y Epistulae Metricae. Briefe in Versen pp. 112-117.

Francisco de Araoz y su «De bene disponenda bibliotheca (Madrid, 1631)»

Israel Álvarez Moctezuma.

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.

En su epístola dedicatoria a Felipe III, Sebastián de Covarrubias situaba el proyecto de su Tesoro dentro de una perspectiva que pretendía convertir el estudio etimológico de la lengua española en la presentación de un diccionario, que vinculaba estrechamente la excelencia de la lengua castellana con la gloria de la Monarquía Hispánica y de su rey. Sesenta años después en 1672, la Bibliotheca Hispana[1] de Nicolás Antonio, publicada en Roma, desplazó tal proyecto, de un inventario de palabras a un catálogo de todos los autores, antiguos o contemporáneos, que nacieron en una “patria” que pertenecía —o perteneció— a la monarquía española, sin importar que escribieran en latín o en lengua vulgar. Redactada en latín, pero con comentarios en castellano sobre las obras, y procurando hacer referencia a los libros publicados en ambas lenguas, la Bibliotheca Hispana delimitaba y ensalzaba un patrimonio literario “nacional” cuyas excelencias se presentaban a la Europa letrada como contrapunto a la decadencia política y militar de la monarquía católica. La Bibliotheca Hispana se sitúa también en el marco de los instrumentos propuestos a los lectores “cultos” para que pudieran ordenar y componer sus propias “bibliotecas”, ya que, como indicaba el Tesoro, “Librería, quando es pública, se llama por nombre particular biblioteca”. Para ayudar a la formación de las colecciones, se utilizaban los repertorios de autores y títulos, tal como la obra de Antonio de León Pinelo (el Epitome de una Biblioteca oriental y occidental, náutica y geográfica, publicada en Madrid en 1629), [2] los catálogos de bibliotecas famosas que circulaban impresos y los métodos para organizar cualquier colección de libros, ya fuera real o en proyecto.

En este contexto, es en donde debemos enmarcar la obra de Francisco de Araoz, el De bene disponenda Bibliotheca publicado en Madrid en 1631.[3] Impreso en el formato de in-octavo “para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas”, el libro de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos y materias de los libros que, sin establecer un repertorio cerrado, procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros “dignos de ubicación, estudio y ponderación”.[4] Receptor y continuador de una práctica humanística, Araoz ofrece al lector —en un primer plano— un manual para organizar una biblioteca, sin importar el tamaño ni la calidad del acervo, pues, según su esquema de categorías, cualquier libro de cualquier materia podría hallar lugar en una biblioteca que siguiera su método. En este sentido, la preocupación de Araoz es encontrar un orden al caos producido por la exacerbada cantidad de libros que se imprimían y producían en su tiempo. Tópico renacentista que sirve a nuestro autor de pretexto para exponer, ya en un segundo plano, sus esquemas culturales, en donde sustenta lo que debían ser la “totalidad de las ciencias y los saberes” para un hombre culto del Siglo de Oro. Así, la proliferación de libros suscitó un vívido interés entre los letrados, lo que consecuentemente atrajo la atención sobre la re-organización de las bibliotecas. En este ámbito, las demarcaciones intelectuales tenían que ser necesariamente abiertas, puesto que, al tratarse de objetos materiales, los libros tenían que colocarse en algún lugar y podía suceder que algunos no encajasen muy bien en las categorías tradicionales de las “facultades”. En este sentido, lo que resulta revelador en la propuesta de Araoz es que su esquema de categorías denota una raigambre mucho más antigua que la “renacentista”, al menos nos remite al siglo XIII, [5] época de un intenso reordenamiento que abarcó prácticamente todos los aspectos de la cultura letrada del Occidente medieval. La propuesta de Araoz es pues, ofrecer al “lector” un repertorio de libros reunidos bajo ciertas categorías para la organización de una biblioteca, según sus palabras, “una acertada distribución reglamentada en el ejercicio de las letras y congruente con la calidad de las ciencias”. Por otro lado, nos muestra un esquema de “todos los saberes que el intelecto puede captar”, siguiendo el proceso de aprendizaje de los hombres de letras, según uno de los modelo de los intelectuales del Antiguo Régimen. Como vemos, la pretensión del autor no es poca, pues propone un método para la ordenación de la “totalidad de los libros”.[6] La clasificación de Araoz podría sintetizarse de la siguiente manera: las ciencias de la Palabra (I-V), las del Mundo (VI-VII), las del Hombre moral (VII-IX) y de lo Divino (X-XV). ¿Qué significado cultural tiene pues la obra de Araoz? Tal vez una respuesta la encontremos en las palabras de uno de sus primeros “críticos”, fray Diego de Hortigosa, uno de los censores que dictaminó la obra en 1630: “Mandado por el Consejo Supremo he examinado este pequeño libro, aunque grande en erudición, sentencia y doctrina […] y dándole una y mil vueltas, no he observado en el nada que el lector pío y erudito no pueda reconocer sin tropiezo, fuera del temor de errar en la fe y buenas costumbres. ¿Qué cosa más culta, más agradable hay que aquello que nos enseña a ascender por medio de un método desde las cosas llanas a las supremas? ¿Qué digno de alabanza que aquello que él catálogo de los saberes que muestra claramente qué, cómo, cuándo, y a qué se ajusta? Todas estas cosas se contienen en este pequeño volumen, de manera que podemos, como un segundo Pitágoras, inferir de la impresión de su huella las dimensiones de su cuerpo hercúleo.” [7]

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

Finalmente, estos instrumentos intentaban responder a dos ansiedades de los hombres letrados frente a la cultura escrita e impresa. La primera era el temor a la pérdida, a la desaparición, al olvido. Fundamento renacentista de la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la publicación de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas, que, como la Laurentina, debían abarcar todos los saberes y encerrar dentro de sus muros y clasificaciones bibliográficas (sesenta y cuatro en la biblioteca del El Escorial) el universo mismo. Pero la acumulación de libros antiguos y la multiplicación de los nuevos —gracias a la imprenta— produjeron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, frente a una abundancia confusa. Tanto en España como en otras partes del mundo Occidental, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, el repertorio de los autores de una “nación”, la propuesta de una biblioteca ideal), fueron instrumentos poderosos que ayudaron a establecer un orden “moderno” de los discursos de la palabra escrita, e impresa.


[1] A este respecto —y continuando con esta idea— veáse de Roger Chartier, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana, 2005, pp. 89 y ss. Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Nova sive Hispanorum qui usquam umquam[qu]e sive Latina sive popularis quavis lingua scripto aliquid consignaverunt Notitia, Roma, 1672.
[2] Esta obra traducía al castellano los títulos de libros producidos en la monarquía hispánica escritos en más de cuarenta y cuatro lenguas, tanto en la Península ibérica como en las Indias.
[3] José Solís de los Santos, El ingenioso bibliólogo Don Francisco de Araoz (De bene disponenda bibliotheca, Matriti 1631), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1997, pp.103-147.
[4] Ibid., p.106 y p.116.
[5] Vid., supra. El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.
[6] Solís de los Santos, op. cit., p. 105. Las cursivas son mías.
[7] Ibid., pp.104-105. Las cursivas son mías.