HISTORIA LITERARIA DE LA EDAD MEDIA (SIGLOS IV-XVI)

CURSO CON VALOR CURRICULAR

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

Seminario Interdisciplinario de Estudios Medievales

Educación Continua

 

Del 3 de abril al 28 de agosto de 2019: 32 horas (16 sesiones)

Miércoles, 18:00 a 20:00 hrs.

53611011_2360678150632087_6108087147300913152_n

 

Presentación

La civilización medieval fue creadora de una poderosa y basta cultura literaria: heredera y continuadora de la literatura clásica (tanto pagana como cristiana), condensadora y difusora de las literaturas germánicas, celtas, islámicas, eslavas, forjará, a lo largo de los siglos, uno de los pilares de la cultura occidental. En este curso haremos una revisión de la historia literaria y de lo que vincula a estas al desarrollo social, político y económico de la civilización del Occidente medieval, así como los significados culturales que contienen. Es decir, analizaremos la historia del Occidente medieval a través de su producción literaria: poesía, historiografía, vidas de santos, novela de caballería, literatura científica, serán nuestras guías temáticas en este curso. Partiremos de la coyuntura social y económica que significó el incipiente desarrollo de las primeras ciudades en el siglo XI y el fortalecimiento de instituciones fundamentales para la civilización medieval: la sociedad feudal, la Iglesia y la monarquía. Haremos asimismo una revisión amplia de los factores sociales, económicos y culturales que propiciaron la aparición de lo que conocemos como el renacimiento del siglo XI-XII, que en muchos sentidos será el “renacimiento” del latín de la época patrística y carolingia, sus métodos de enseñanza, sus preceptivas poéticas y sus propuestas narrativas, mismas que habrán de marcar profundamente los diferentes géneros literarios que habrían de desarrollarse en los siglos posteriores de la Edad Media. Analizaremos el impacto social y cultural de las coyunturas experimentadas por la civilización occidental en los siglos XII-XV, tales como el desarrollo económico de las ciudades, las nuevas actividades económicas y la aparición de la burguesía, el fortalecimiento de las monarquías, el fortalecimiento institucional de la Iglesia, la ruptura del “mundo feudal” y, en este sentido, el desarrollo de una “cultura laica” frente a la cultura propuesta por los eclesiásticos —fenómenos todos, que habrán de moldear la historia literaria de la civilización del Occidente medieval.

Público al que va dirigido:

Este curso va dirigido a un público heterogéneo (sean o no especialistas en la materia), interesados en la ampliación de sus conocimientos personales y de sus propias disciplinas. Público interesado en el tema de la literatura en general y en la literatura y la historia medieval en lo particular, así como estudiantes de licenciatura y posgrado de historia, letras y humanidades en general.

Metodología:

La dinámica del curso consistirá en generar la discusión dentro del aula sobre el desarrollo de la historia literaria de la Edad Media, de su producción y circulación, de su impacto y recepción. Esta discusión estará fundamentada en las lecturas asignadas para cada sesión temática. Las lecturas son de carácter obligatorio. Durante las sesiones se espera la participación activa y constante de los alumnos, esto con la finalidad de generar discusión en el aula.

Forma de acreditación:

El curso se acreditará con un breve ensayo final sobre alguno de los temas abordados a lo largo de las sesiones. La extensión máxima será de cuatro cuartillas.

Objetivos:

La propuesta de este curso tiene una duración de 16 sesiones (de dos horas cada una), dedicado a abarcar los siglos centrales de la Edad Media hasta el Humanismo del siglo XVI.

El objetivo de este curso es estudiar y analizar los procesos sociales, políticos, económicos y culturales que configuran la historia de la cultura escrita del Occidente medieval. La propuesta es analizar la producción literaria de la Edad Media, su circulación e impacto social; así como la transmisión y difusión de las distintas literaturas que surgieron en este periodo y su estudio como fenómeno cultural, procesos que moldearon y marcaron profundamente la historia de Occidente. De esta forma, el propósito es familiarizar a los alumnos con la historia de la cultura escrita de la Edad Media y, de modo paralelo, analizar el desarrollo historiográfico del medievalismo, sus aportes, limitantes y problemáticas dentro del campo historiográfico contemporáneo.

En los últimos años, la historiografía y la crítica literaria han insistido en lo fundamental que es estudiar el fenómeno de la producción, recepción y circulación de la literatura en la sociedad del Antiguo Régimen, pues, en muchos sentidos, lo que tradicionalmente consideramos literatura —es decir, materia de una disciplina diferente de la historia—, se ha revelado como una de las fuentes de mayor riqueza para estudiar la historia, la cultura y la sociedad de la Edad Media. Por ello, esta propuesta de asignatura estará dedicada a estudiar la aparición, producción y circulación de las diferentes manifestaciones literarias, tanto en latín como en lenguas vernáculas, que conforman lo que conocemos como cultura escrita del Occidente medieval.

Nuestra propuesta es estudiar la aparición, producción y circulación de las diferentes manifestaciones literarias, tanto en latín como en lenguas vernáculas, que conforman lo que conocemos como cultura escrita del Occidente medieval.

La propuesta del curso es ofrecer que los alumnos:

-         Identifiquen los factores que confluyeron en la conformación, circulación y recepción de la cultura escrita en Occidente durante los siglos XI al XVI.

-         Identifiquen la trascendencia de la literatura en el desarrollo económico, político, social y cultural de la civilización occidental durante la Edad Media.

-         Adquieran elementos teóricos, metodológicos y analíticos elementales de la historia de la literatura, de la lectura y de la cultura escrita, para adentrarse en el estudio de la historia medieval y de las sociedades del Antiguo Régimen.

Temario

1. Mtro. Israel Álvarez Moctezuma

Libros y lectores en la Edad Media

2. Mtro. Aldo Toledo Carrera

Supervivencia de la cultura pagana tras la caída del Imperio romano occidental

3. Dr. Daniel Gutiérrez Trápaga

Literatura artúrica

4. Dr. Antonio Rubial García

Hagiografía 

5. Dra. Elizabeth Treviño

Mujeres y letras en la Edad Media

6. Mtra. Rosario Valenzuela Munguia

Lo maravilloso en la literatura medieval

7. Mtro. Gregorio de Gante

La enseñanza del griego en la Edad Media

8. Mtro. José Luis Quezada Alameda

La poesía latina de Francesco Petrarca

INFORMES E INSCRIPCIONES

http://ec.filos.unam.mx/inscripcion/

El Merlin de Bristol

El Merlin de Bristol, perdido durante siglos, reaparece en la Biblioteca Central de dicha ciudad.

Un descubrimiento al azar ha revelado fragmentos originales manuscritos de la Edad Media, escondidos en una serie de libros del siglo XVI en la profundidad del archivo de la Biblioteca Central de Bristol, que cuentan parte de la historia del mago Merlín, uno de los personajes más famosos de la leyenda artúrica.

Detalle de uno de los fragmentos que muestra el nombre de Merlín. Crédito de la imagen: Universidad de Bristol

Detalle de uno de los fragmentos que muestra el nombre de Merlín. Crédito de la imagen: Universidad de Bristol

Académicos de las Universidades de Bristol y Durham analizan los siete fragmentos de pergamino que se cree que provienen del grupo de textos en francés antiguo conocido como el Ciclo de la Vulgata o Ciclo de Lanzarote-Grial, que se remonta al siglo XIII. Partes del Ciclo de la Vulgata, probablemente fueron usadas por Sir Thomas Malory (1415-1471) como fuente de su Le Morte D’Arthur (publicado en 1485 por William Caxton). La obra de Malory es en sí misma la fuente de muchas versiones modernas de la leyenda artúrica en inglés, pero ninguna versión conocida hasta ahora ha demostrado ser exactamente igual a la que Malory usó. Además, uno de los elementos más emocionantes de este hallazgo en particular es que los fragmentos de Bristol contienen evidencia de diferencias sutiles, pero importantes, con la trama del relato tradicional.

Michael Richardson, de las Colecciones Especiales de la Biblioteca de la Universidad de Bristol, descubrió los siete fragmentos de pergamino manuscritos, al buscar materiales para estudiantes que estudian historia del libro para la nueva maestría en Estudios Medievales. Los fragmentos se encontraron dentro de una edición de cuatro volúmenes de las obras del erudito y reformador francés Jean Gerson (1363-1429) y, al reconocer varios nombres artúricos conocidos, Michael contactó a la Dra. Leah Tether, Presidente de la Sociedad Artúrica Internacional (Rama Británica), del Departamento de Inglés de Bristol para ver si los hallazgos eran relevantes. La Dra. Tether reconoció de inmediato el texto del que provenían y reunió a un equipo de expertos, incluyendo a su esposo, el historiador medievalista y especialista en manuscritos, el doctor Benjamin Pohl, del Departamento de Historia de la Universidad de Bristol y la doctora Laura Chuhan Campbell, especialista en las novelas de Merlín en francés antiguo de la Universidad de Durham, quienes continúan con la investigación.

Sumando su conocimiento, el equipo intentará descubrir más sobre el trayecto de los fragmentos a Bristol, incluyendo cuándo y dónde se hicieron y cómo llegaron a encuadernarse en los volúmenes de Gerson. Juntos, los miembros del equipo elaborarán una transcripción y edición completas de los fragmentos, junto con una descripción del contexto de su manuscrito, para permitir que los académicos de todo el mundo interactúen con el Merlin de Bristol.

La doctora Tether dijo:

Estos fragmentos de la Historia de Merlín son un hallazgo muy emocionante, que pueden tener implicaciones para el estudio no sólo de este texto, sino también de otros textos, relacionados y posteriores, que han formado nuestra comprensión moderna de la leyenda artúrica. El tiempo y la investigación revelarán qué más secretos sobre las leyendas de Arturo, Merlín y el Santo Grial podrían contener estos fragmentos. El Suroeste [de Inglaterra] y Gales están, por supuesto, estrechamente vinculados con los muchos lugares que se hicieron famosos por la leyenda de artúrica, por eso es aún más especial encontrar un fragmento temprano de la leyenda: uno anterior a cualquier versión escrita en inglés, aquí en Bristol.

 Pie Foto 1: De izquierda a derecha: Leah Tether, Laura Chuhan Campbell, Michael Richardson y Benjamin Pohl con los libros en la Sala de Libros Raros de la Biblioteca Central de Bristol Crédito de la imagen: Universidad de Bristol


Pie Foto 1: De izquierda a derecha: Leah Tether, Laura Chuhan Campbell, Michael Richardson y Benjamin Pohl con los libros en la Sala de Libros Raros de la Biblioteca Central de Bristol
Crédito de la imagen: Universidad de Bristol

Los libros en los que se encontraron los fragmentos se imprimieron en Estrasburgo entre 1494 y 1502. En algún momento, estos libros llegaron a Inglaterra (probablemente sin encuadernar) y el estilo de la encuadernación sugiere que pudieron haber sido encuadernados por primera vez aquí [en Inglaterra] a principios del siglo XVI. En ese momento, los fragmentos del manuscrito pudieron estar simplemente languideciendo en el taller de encuadernación entre una selección de “materiales de desecho” que se utilizaban a menudo en las encuadernaciones de este período. El pergamino a menudo se reutilizaba de esta manera porque era un artículo costoso: no siempre valía la pena utilizar hojas nuevas para fines incidentales, como lo serían las encuadernaciones.El daño a las hojas sugiere que, en este punto de su historia, los fragmentos se habrían incluido en la encuadernación como guardas pegadas (es decir, las hojas que se pegan a las tablas en la cubierta delantera y trasera de los libros, que conectan las páginas con la encuadernación). Los libros luego parecen haber sido reencuadernados en su forma actual en una fecha posterior, por lo que las guardas fueron “levantadas” y se convirtieron en hojas volantes (es decir, las páginas de “repuesto” que se encuentran en la parte delantera y trasera de los libros [también conocidas como hojas de respeto o cortesía]).

La doctora Tether agregó:

Dado que sospechamos que hubo una octava hoja (que ahora falta en el frente del cuarto volumen), creemos que el proceso de levantamiento de las guardas llevó a que una hoja se dañara irreparablemente y entonces ésta fue simplemente desechada. De hecho, las otras hojas tienen un daño significativo por el mismo proceso, por lo que si bien esto es una conjetura, parece verosímil. Las siete hojas representan una secuencia continua del relato de la Estoire de Merlin (aunque están encuadernadas fuera de orden cronológico en su forma actual), específicamente de una sección conocida como la Suite Vulgate de Merlin (Continuación del Merlin del Ciclo de la Vulgata).

Los eventos comienzan con Arturo, Merlín, Galván [Gawain] y varios caballeros más, incluyendo al Rey Ban y al Rey Bohors, quienes se preparan para la batalla en Trebes contra el Rey Claudas y sus seguidores. Merlín ha estado planeando la estrategia de ataque. Sigue una larga descripción de la batalla. En un momento dado, las fuerzas de Arturo parecen asediadas, pero un discurso de Merlín, instándolas a evitar la cobardía, las lleva a luchar de nuevo. Merlín encabeza la carga usando el estandarte especial del dragón de Sir Kay que el propio mago le había regalado a Arturo, el cual exhala fuego verdadero.Al final, las fuerzas de Arturo triunfan. Los reyes Arturo, Ban y Bohors, y los otros caballeros, se alojan en el castillo de Trebes.

Esa noche Ban y su esposa, la reina Elaine, conciben un hijo. Entonces, Elaine tiene un extraño sueño sobre un león y un leopardo, el segundo de éstos parece prefigurar al futuro hijo Elaine. Ban también tiene un sueño aterrador en el que oye una voz. Se despierta y va a la iglesia. Se nos dice que durante la estancia de Arthur en el reino de Benoic durante el siguiente mes, Ban y Bohors son capaces de continuar luchando y derrotan a Claudas, pero después Arturo sale a ocuparse de los asuntos de sus propias tierras, Claudas triunfa de nuevo.El relato luego pasa a la explicación parcial que hace Merlín de los sueños de Ban y Elaine. Luego, Merlín se encuentra con Viviana, quien desea saber cómo hacer dormir a las personas (ella quiere hacerle esto a sus padres). Merlín se queda con Viviana durante una semana, aparentemente enamorándose de ella, pero se resiste a dormir con ella. Merlín luego regresa a Benoic para reunirse con Arturo y sus compañerosEn los fragmentos recién descubiertos, tiende a haber descripciones más largas y detalladas de las acciones de varios personajes en ciertas secciones, especialmente respecto a la acción en batalla. Donde Merlín da instrucciones sobre quién dirigirá cada una de las cuatro divisiones de las fuerzas de Arturo, los personajes responsables de cada división son diferentes de la versión del relato que conocemos. A veces sólo se cambiaron pequeños detalles, por ejemplo, el rey Claudas es herido a través de los muslos en la versión conocida, mientras que en los fragmentos no se dice nada dela naturaleza de la herida, lo que puede llevar a diferentes interpretaciones del texto debido a que las heridas del muslo a menudo son utilizadas como metáforas de impotencia o castración.

La doctora Tether agregó: “Hay muchas más diferencias, pero debido al daño a los fragmentos, llevará tiempo descifrar su contenido correctamente, tal vez incluso requerirá el uso de tecnología infrarroja. Estamos todos muy emocionados por descubrir más sobre los fragmentos y qué información nueva pueden contener”.

Universidad de Bristol, 30 de enero de 2019.

 

Traducción de Daniel Gutiérrez Trápaga. @dgtrapaga

 

Coloquio Internacional «Claribalte y sus libros: 500 años»

46356537_2117886094928206_4013207713281474560_o
PROGRAMA

Miércoles 28 de noviembre 2018
Sala Alfonso Reyes
Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios
El Colegio de México

10:30 Inauguración

11:00 hrs. Conferencia magistral

Alberto del Río Nogueras (Universidad de Zaragoza)
“‘E quiso comprender en sí los onores spirituales’. La trayectoria del héroe en el Claribalte y los designios de la casa de Austria”

Presenta: Aurelio González

12:00 Receso

12:30 Mesa 1
Claribalte: el narrador y sus personajes

Moderador: María Agueda Méndez

Aurelio González Pérez (El Colegio de México). “La figura del caballero en Claribalte”

Juan Pablo Mauricio García Álvarez (Universidad de Guadalajara). “Decoro caballeresco en Claribalte: construcción de un caballero humanista”

Nieves Rodríguez Valle (El Colegio de México). “‘Era persona muy sabia. El Claribalte y sus sabios”

Aurelio Iván Guerra (Universidad de Sonora). “La nigromancia de Oviedo. El conocimiento oculto del narrador en el Claribalte de Gonzalo Fernández de Oviedo”

14:00 Receso

16:30 Conferencia magistral

María José Rodilla León (UAM-I)
“Reyes, príncipes y nobles en el Claribalte”

Presenta: Karla Xiomara Luna Mariscal

17:30 Receso

17:4 5 Mesa II
Claribalte: estructura, discurso y poética

Moderador: Luz Elena Gutiérrez de Velasco

Karla Xiomara Luna Mariscal (El Colegio de México). “El Claribalte: poética y variaciones”

Valeria Añón (Universidad de Buenos Aires y La Plata). “Narrar las pasiones: del Claribalte a la Historia general… de Gonzalo Fernández de Oviedo”.

Daniel Gutiérrez Trápaga (UNAM, FFyL). “Y con aquesto haze fin el primero libro, o parte, de la historia y crónica del emperador don Félix”: finales y continuaciones posibles en los libros de caballerías

Gabriela Martin (UNAM, FES-Acatlán). “El discurso de los infortunios en el Claribalte de Fernández de Oviedo”
Jueves 29 de noviembre 2018
Aula Magna
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Nacional Autónoma de México

11:00 Conferencia magistral

José Julio Martín Romero (Universidad de Jaén)
“Comportamientos, usos y peligros de la vida palaciega en Claribalte”

Presenta: Axayácatl Campos García Rojas

12:00 Receso

12:30 Mesa III
El Claribalte y sus motivos

Moderador: Carlos Rubio Pacho

Axayácatl Campos García Rojas (UNAM, FFyL). “La lengua del gigante en el Claribalte”

Andrea Flores García (UAM-I). “Prendas para cubrir el rostro: La función de la toalla en el Claribalte”

Nashielli Manzanilla (El Colegio de México). “La visión de los torneos en el Claribalte”

María Gutiérrez Padilla (UNAM, FFyL/FES-Acatlán).”Piedras maravillosas en los libros de caballerías”

14:00 Receso

17:00 Mesa IV
Libros de caballerías

Moderador: Gabriela Martin

Carlos Rubio Pacho (UNAM, IIFL). “La maldad inmotivada: Arcaláus y Amadís de Gaula”

Lucila Lobato Osorio (UNAM, FES-Acatlán). “Alivio transitorio para la cuita de amor en el Libro Primero de Clarián de Landanís”

Rosalba Lendo Fuentes (UNAM, FFyL). “El personaje de Morgana en Espejo de caballerías (Libro segundo)”

Julio E Macossay Chávez (UNAM, FFyL). “La recepción negativa del Amadís en la novelística del siglo xix y xx: el caso de Larra y Hugo Hiriart”

Comisión Organizadora

Aurelio González (El Colegio de México)
Karla Xiomara Luna Mariscal (El Colegio de México)
Axayácatl Campos García Rojas (Universidad Nacional Autónoma de México)

Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México
Cátedra Jaime Torres Bodet
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México
Secretaría Académica, Coordinación de Investigación (UNAM)
Seminario de Estudios sobre Narrativa Caballeresca (UNAM)
Coordinación de Relaciones y Asuntos Internacionales de la DGCI (UNAM)

 

Día de Muertos

Israel Álvarez Moctezuma.

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

El célebre historiador francés Marc Bloch decía que los historiadores no tendríamos por qué estar peleando por los “orígenes” de tal o cual cosa. La fiesta de día de muertos en México ofrece un momento paradigmático sobre este tipo de problemáticas.

Problemáticas, muchas de ellas baladíes, en tanto producto de la mercadotecnia turística del estado mexicano y de sus dependencias culturales absolutamente dispuestas a promover su idea de “identidad” a partir de slogans del tipo “El día de muertos es una de las tradiciones más representativas que hoy conmemoramos en México.” Lo que no es baladí es el impacto que este discurso ha tenido y tiene en la mayoría del público no especializado.

[Wellcome Library, 17th c.]

 

Lo que sabemos de cierto de las festividades del día de muertos es que ni en el área mesoamericana ni andina prehispánicas tenían una celebración particular, o por lo menos no hay evidencia de ello. Será Odilon abad de Cluny quien en el año 998 instituirá la fiesta del “Día de los difuntos” el 2 de noviembre. Lo hacía para incorporar al calendario cristiano antiguas festividades celtas y germanas en donde se activaban los mitos antiguos en donde los seres de otro mundo tenían permiso para visitar transitoriamente a los vivos. Las intenciones evangelizadoras eran más que evidentes.

Con el paso de los siglos, el calendario y el santoral cristiano se llenarán de fiestas dedicadas a conmemorar los días de muertos, sin que las autoridades eclesiásticas tengan reparo en sustituir festividades agrícolas paganas para hacerlas coincidir con las fiestas de los santos (esos muertos especiales). Así, el halloween anglosajón, el samahín celta, los lares latinos, serán incorporados dentro de un ciclo de fiestas que iban del 31 de octubre al 11 de noviembre en el marco mayor de celebraciones litúrgicas anuales, en donde los disfraces, las comidas votivas, los altares y ofrendas de muertos, las danzas y procesiones, formaban parte medular de un carnaval de otoño en donde el ánimo luctuoso era más bien de jolgorio y borrachera.

Con la mortandad masiva causada por la peste negra a principios del siglo XIV, las fiestas de muertos cobrarán mayor pujanza: así aparece la muerte como personaje en las artes plásticas, la música y la literatura medievales, con toda su pléyade de creaciones, en donde las “Danzas macabras” —danzas procesionales en donde la muerte cantaba y danzaba con personajes enmascarados que representaban a toda la sociedad medieval— encontrarán tal vez su mayor cristalización.

Así, al momento de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, la sociedad europea cargaba ya con varios siglos de fiestas de muertos y, en particular, en el mundo hispánico, será durante los siglos XVI y en especial en el XVII, en donde la muerte se vuelve un motivo central de la cultura barroca, tanto de la culta como de la popular:

«¿Qué otra cosa veis en el mundo sino entierros, muertos, sepulturas? ¿A qué volvéis los ojos que no os acuerde de la muerte?», escribía Francisco de Quevedo en el siglo XVII.

Danza de la muerte siglo XV

Así, la fiesta de muertos será utilizado por los frailes de la evangelización como un elemento más para incorporar a las sociedades indígenas a la cristiandad. En ese sentido, la fiesta de muertos en México se vuelve una fiesta indígena, pero colonial, no prehispánica. Alfeñiques gallegos, panes de muerto (que existen por lo menos en diferentes regiones de Italia, España, Alemania, Austria y Suiza), velas, flores, adornos de papel, comidas campesinas en los cementerios parroquiales, se incorporan al día de muertos colonial, construyendo una imaginería que podemos llamar sin tapujos mezcolanza (de elementos europeos medievales y barrocos e indígenas), y no un sincretismo —por lo demás, un concepto caro de los letrados del régimen priista, como Octavio Paz y Carlos Fuentes—, sino como una estrategia de los sectores subalternos para sobrevivir ante el embate de imposición cultural imperial.

Elsa Malvido demostró cómo el estado mexicano posrevolucionario, en especial el del cardenismo, arrancó a la iglesia el día de muertos para constituirla en la fiesta mexicana–indígena por antonomasia. Y en verdad que no era complicado: oriundo, como era el general Lázaro Cárdenas, de Michoacán, les resultaba intensamente atractivo expropiar los sensuales y coloridos altares de muertos de la región de los lagos purépechas para difundirlos por todo lo alto y capitalizar la fiesta de día de muertos como expresión máxima de la mexicanidad, imponiendo una estética que todos nosotros tenemos muy presentes. En este sentido la película Macario, de Roberto Gavaldón (1960) será un hito en la construcción de esta estética oficial del día de muertos. Será, pues, el indigenismo y el nacionalismo posrevolucionario del siglo XX mexicano con su publicidad oficial, quienes retomarán las tradiciones indígenas y campesinas y las promoverán diciendo que eran prehispánicas y milenarias.

En este sentido, lo único que queda claro es que la cultura es todo menos estática: “La cultura no se crea ni se destruye, solo se transforma”, decía en forma socarrona Antonio Rubial en sus clases. Por ello, hablar de lo “original” —en este caso de los “verdaderos orígenes” del día de muertos— raya casi siempre en esencialismos, esos esencialismos que eran tan caros a los estados totalitarios del fascismo.

Resulta también, por lo menos preocupante, que en un país en donde los últimos 11 años han muerto más 120 mil personas (la mayoría asesinadas de forma violenta) tengamos explicaciones de los por qué de esta tragedia remitiendo a argumentos falaces y absurdos en donde, dicen, los mexicanos tenemos una relación intima y milenaria con la muerte, nos reímos de ella, pues, claro, desde nuestros ancestros indígenas, quienes sacrificaban y hacían fiestas de muertos, se denota esta intimidad del mexicano con la muerte. Idea que, por lo demás, Octavio Paz en el tristemente célebre Laberinto de la Soledad, se encargó de difundir eso “el mexicano” no le teme a la muerte y juega con ella.

Lo que tenemos claro es que los mexicanos no le tenemos miedo ni al pan de muerto ni a los tamales de las ofrendas, mucho menos a las fiestas que se celebran en estos día, mismas que se conocen en ciertos sectores clasemedieros urbanos como “la Navidad mexicana”.


Nota del editor: Este texto se publicó en una primera versión en la Jornada de Oriente*

http://www.lajornadadeoriente.com.mx/puebla/dia-de-muertos-4/

Arturos, Amadises, Quijotes: ciclos literarios, continuaciones y reescrituras

Daniel Gutiérrez Trápaga[1]

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

El historiador francés Jacque Le Goff, retomando las palabras de Jean-Marie Fritz, apuntó que el Grial y los amores de Tristán e Iseo fueron los mitos más importantes surgidos en el Occidente medieval.[1] Más allá de la hipérbole, la sinécdoque anterior subraya la trascendencia de la literatura artúrica. Luego, para entender el legado de este amplísimo corpus literario no basta con centrarse en los personajes conocidos de la Materia de Bretaña, Arturo, Ginebra, Merlín, etcétera, o sus motivos y fórmulas literarias.

La literatura artúrica también forjó y legó una enorme variedad de recursos narrativos, poéticos y formales a la ficción occidental. Muchos de estos recursos surgieron de las convenciones, prácticas y condiciones de producción textual propias de la Edad Media. Los orígenes de esta tradición se remontan a la crónica ficticia del galés Geoffrey de Monmouth, la Historia regum Britanniae (h. 1135-1136). Esta obra representa la fundación del universo literario artúrico y desencadenó la escritura de un sin fin de textos, trascendiendo la barrera culta del latín, para manifestarse en casi todas las lenguas y geografías de Europa. Gracias a la monarquía angevina y a la nobleza de la actual Francia, el texto de Geoffrey de Monmouth y el universo artúrico de la Historia comenzó a transformarse.

Las modificaciones de la Historia regum Britanniae iniciaron un proceso constante de rescritura, tanto de índole formal (al versificarlo y traducirlo al francés antiguo para las cortes) como de contenido (al ampliar o reducir personajes, episodios y líneas argumentales).[2]Gran parte de las reescrituras medievales fueron hechas por clérigos francófonos que adaptaron obras latinas para la nobleza, entre ellos Wace y el más conocido Chrétien de Troyes. La adaptación de textos latinos al octosílabo pareado francés fue un procedimiento común a lo largo del siglo xii, cuando, además de historias artúricas, se adaptaron textos latinos como la Eneida y distintas versiones de la historia troyana o de Alejandro Magno. Con estas adaptaciones surgió el término roman, aún empleado en francés para designar a la novela, de la expresión “mettre en roman”, es decir traducir a una lengua romance. Dichas adaptaciones no pretendían ser una traducción literal, sino que partían del concepto retórico de la imitatio y estaban condicionadas por un rasgo central de la textualidad medieval: la mouvance o la variación textual.

La imitatio era una práctica común en el aprendizaje y el quehacer literario de la clerecía medieval que consistía en transformar el texto de origen en uno nuevo que resaltara las virtudes del primero, pero que implicaba añadir nuevos materiales y adaptarlo para un público nuevo.[3]Por su parte, la inestabilidad textual o mouvance describe la constante variación de la literatura medieval en todos los niveles textuales, tanto por errores de copistas, como por modificaciones intencionales.[4]A partir de estos dos conceptos, el proceso de reescritura de la literatura artúrica continuó la creación de extensos relatos franceses en prosa que conformaron los ciclos artúricos más importantes del siglo xiii: el Lancelot-Graal o Vulgate, el Tristan en prose y el malogrado ciclo Post-Vulgate. El primero fue el más completo y complejo, compuesto por cinco novelas (Estoire del Saint Graal, Estoire de Merlin, Lancelot, Queste del Saint Graal, Mort Artu) que alcanzan miles de páginas en las ediciones modernas y cuyos textos sobreviven en centenares de copias manuscritas que circularon en toda Europa. Este ciclo intentó abarcar la historia completa del universo artúrico, desarrollada alrededor del Grial, desde sus orígenes cristianos hasta el trágico fin del reinado artúrico. Dicho proceso de conformación de ciclos no fue exclusivo de la literatura artúrica, pues también se desarrollaron en la actual Francia vastos ciclos épicos sobre Carlomagno, las cruzadas, sobre la genealogía del personaje de Guillermo de Orange y sobre los barones rebeldes.

El término “ciclo” describe un grupo de textos que relata una historia común que se desarrolla dentro de un mismo mundo de ficción con los siguientes rasgos narrativos: un relato amplio formado por múltiples textos con unidad cronológica y temática. Un ciclo suele estar compuesto por obras de distintos autores, produciendo un relato raramente uniforme y definido por su afán de amplitud y exhaustividad. Es decir, un ciclo pretende abarcar narrativamente todos los aspectos e historias que componen un universo de ficción. Los ciclos medievales tienen además a la reescritura como un elemento central de su poética derivada de la mouvance y la imitatio.[5]

9781855663206_28

Los ciclos artúricos franceses circularon ampliamente en la Península Ibérica, tanto en sus versiones originales como en traducción, y son el principal antecedente de los libros de caballerías castellanos del siglo xvi.[6] En la Castilla medieval también se desarrollaron ciclos épicos; sin embargo, apenas sobreviven algunos fragmentos de dichas obras.[7] En cambio, a finales del siglo xv comenzó el desarrollo de un género novelesco cuya poética está marcada por los procesos de reescritura, continuación y creación de ciclos: los libros de caballerías. El género dominó a los lectores y a las imprentas castellanas y europeas del siglo xvi, si bien en la actualidad los libros de caballerías son conocidos, acaso, por haber enloquecido a un hidalgo manchego de nombre incierto, Alonso Quijana o Quijano, hasta convertirlo en don Quijote. Entre finales del siglo xv y las primeras tres décadas del siglo xvii, ningún género tuvo tantos títulos, ediciones y lectores como los libros de caballerías castellanos, cuyo corpus está conformado por al menos 87 títulos distintos. En su mayoría, los libros de caballerías se agruparon en alguno de los siguientes ciclos del género:

 

1. Ciclo de Amadís de Gaula (10 libros)

2. Ciclo de Belianís de Grecia (4 libros)

3. Ciclo de Clarián Landanís (5 libros)

4. Ciclo de la Demanda del sancto Grial (2 libros)

5. Ciclo del Espejo de caballerías (3 libros)

6. Ciclo de Espejo de príncipes y caballeros (5 libros)

7. Ciclo de Felixmagno (2 libros)

8. Ciclo de Florambel de Lucea (2 libros)

9. Ciclo de Florando de Inglaterra (2 libros)

10. Ciclo de Floriseo (2 libros)

11. Ciclo de Lepolemo (2 libros)

12. Ciclo del Morgante (2 libros)

13. Ciclo de Palmerín de Olivia (5 libros)

14. Ciclo de Renaldos de Montalbán (3 libros)

15. Ciclo de Tristán de Leonís (2 libros)[8]

 

Ya en la obra paradigmática y fundacional de los libros de caballerías, el Amadís de Gaula (1508) de Garci Rodríguez de Montalvo se observan los procesos de reescritura y composición de un ciclo. El Amadís de Montalvo es una reescritura de las versiones medievales hoy perdidas de la misma obra. Montalvo modificó la trama del Amadís medieval para introducir una continuación completamente original, las Sergas de Esplandián (1510), iniciando el desarrollo de un ciclo basado en la genealogía del caballero de Gaula. El éxito de ambas obras fomentó la creación de múltiples continuaciones que desarrollando ampliamente el ciclo amadisiano. Estas obras, habría de servir de modelo para la creación y desarrollo de más libros y ciclos de caballerías.

El apogeo del género y sus ciclos se produjo en buena medida a partir de la creación de continuaciones. Así, el final de varias obras del género sentaron las bases para el desarrollo cíclico a través de la promesa de una continuación, ya sea iniciando una nueva línea de acción o dejando sin concluir importantes aspectos de la trama.[9] Este fenómeno textual ya se observa en el final de las Sergas, donde se inician las aventuras de una nueva generación de personajes del linaje amadisiano, tras el encantamiento de los protagonistas hecho por la maga Urganda en el penúltimo capítulo.[10]Entonces, la conclusión de las Sergas establece el principio de su propia continuación.

Este modelo de final textual fue utilizado en otros libros de caballerías y permitió el desarrollo de los ciclos. Los impresores también se beneficiaron de este impulso cíclico, pues imprimir una continuación de una obra previa que ya gozaba de éxito entre el público, garantizaba la existencia de cierto interés por la obra nueva dentro de un marco cíclico. Dicho modelo se adoptó en otros géneros y obras como el Quijote, donde al final de la primera parte cervantina (1605) se anuncia una continuación; al igual que ocurre con la primera parte del Guzmán de Alfarache (1599) de Mateo Alemán.

Para que la influencia del modelo de cierre de las Sergas llegara hasta el siglo xvii, fue necesario el desarrollo del ciclo amadisiano. Montalvo nunca publicó una continuación, pero otros autores se encargaron de escribir continuaciones y desarrollar el ciclo amadisiano, convirtiéndolo en el más extenso y popular. Las continuaciones de las Sergas se han clasificado en dos grupos, conocidos como ramas, pues constituyen tramas divergentes a partir de las obras de Montalvo. La primera rama amadisiana la forman el Florisando de Ruy Páez de Ribera, continuación de las Sergas, y el Lisuarte de Grecia de Juan Díaz, continuación del Florisando. La segunda rama del ciclo de Amadís fue la más extensa y exitosa. Con la excepción del Silves de la Selva de Pedro de Luján, esta rama fue desarrollada por el gran Feliciano de Silva, en su Lisuarte de Grecia, Amadís de Grecia y sus tres Floriseles.

La primera rama se aleja del Amadís, proponiendo una reescritura del modelo narrativo y caballeresco que enfatiza la didáctica y el ideal cruzado a través de las continuaciones. Por el contrario, la rama de Feliciano de Silva y Pedro de Luján es más cercana al modelo narrativo del Amadís de Gaula, aunque Feliciano comenzó una importante experimentación narrativa en el género. Así, estas obras generaron complejas relaciones intertextuales de continuación, fidelidad, oposición y reescritura con las obras de Montalvo, las otras continuaciones y las ramas del ciclo. Luego, el ciclo de Amadís dista de ser un corpus unitario, donde la posibilidad de variación, contradicción y modificación aparecen en la génesis del ciclo con los libros de Montalvo y permanecen en las continuaciones. Su carácter de impresos no impone rasgos de unidad y estabilidad textual que asociamos con este formato en la actualidad, puesto que las obras del ciclo amadisiano conciben las obras previas del ciclo como abiertas, para ser tanto continuadas como alteradas de manera explícita.

Description of Great Britain and Ireland (c.1574), f.36 - BL Add MS 28330

Description of Great Britain and Ireland (c.1574), f.36 – BL Add MS 28330

El ciclo amadisiano contiene los procesos más complejos de reescritura y continuación dentro de su género. Dichos procesos continuaron en otros libros de caballerías en distintos grados e, inclusive, con rasgos novedosos, al punto de transformar la inestabilidad textual en un rasgo de la poética del género y no de la producción textual, como en el ciclo de Espejo de príncipes y caballeros, en la segunda mitad del xvi. Otros géneros y obras de la época retomaron algunos de los procesos intertextuales cíclicos, de continuación y reescritura, basta con pensar en las relaciones intertextuales entre los Quijotes cervantinos y el de Alonso Fernández de Avellanedao en los Guzmanes de Alemán y el de Mateo Luján de Sayavedra.[11]

Quedan muchos elementos que estudiar a fondo sobre los libros de caballerías castellanos, en particular, sobre sus procesos de reescritura, continuación y formación de ciclos. La influencia de los rasgos literarios y materiales de los libros de caballerías no está limitada al propio género sino que repercutió en la prosa de ficción aurisecular, así como a la novela europea renacentista y barroca. Apenas comienza el desarrollo de esta compleja línea de investigación, en lo que concierne a los libros de caballerías castellanos, pero su alcance diacrónico es innegable, pues seguimos familiarizados con los procesos de continuación, reescritura y formación de ciclos en relato contemporáneos heroicos ya sea en la literatura, comics, cine o videojuegos, desde el rey Arturo hasta Star Wars.

 

[1]Jacques Le Goff, Héros et Merveilles du Moyen Age, París, Seuil, 2005, 211.

[2]Para un panorama de la literatura artúrica francesa véase The Arthur of the French. The Arthurian Legend in Medieval French and Occitan Literature, ed. Glyn S. Burgess y Karen Pratt, Cardiff, University of Wales Press, 2006.

[3]Rita Copeland, Rhetoric, Hermenutics, and Translation in the Middle Ages. Academic Traditions and Vernacular Texts, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, 151–54.

[4]Paul Zumthor, “Intertextualité et mouvance”, Littérature 41, 1981, 8–16.

[5]Cyclification. The Development of Narrative Cycles in the Chanson de Geste and the Arthurian Romances, ed. Bart Besamusca, Willem P. Gerritsen, Corry Hogetoorn, y Orlanda S. H. Lie (Amsterdam: Royal Netherlands Academy of Arts & Sciences, 1994).

[6] Al respecto véase David Hook, ed., The Arthur of the Iberians. The Arthurian Legends in the Spanish and Portuguese Worlds (Cardiff: University of Wales Press, 2015).

[7]Alan Deyermonnd, La literatura perdida de la Edad Media castellana. Catálogo y estudio. I. Épica y romances (Salamanca: Universidad de Salamanca, 1995).

[8] Esta lista, con algunas modificaciones, proviene de José Manuel Lucía Megías, Imprenta y libros de caballerías (Madrid: Ollero y Ramos, 2001), 65–67.

[9]María Carmen Marín Pina, “Comenzar por el final. Sobre la génesis y el principio de las continuaciones caballerescas”, en Le commencement… en perspective. L’analyse de l’incipit dans la littérature du Moyen Âge et du Siècle d’or, ed. Pierre Darnis (Toulouse: CNRS-Université Toulouse-Le Mirail, 2010), 137–48.

[10]Garci Rodríguez de Montalvo, Sergas de Esplandián, ed. Carlos Sainz de la Maza (Madrid: Castalia, 2003), 822–26.

[11] Al respecto véase Daniel Gutiérrez Trápaga, “De los Amadises a los Quijotes: continuación y ciclo en Cervantes y Avellaneda”, Historias Fingidas 4 (2016): 137–55. Disponible en http://historiasfingidas.dlls.univr.it/index.php/hf/article/view/51/99

 

[1]Este artículo presenta algunas ideas de mi reciente libro Rewritings, Sequels, and Ccycles in Sixteenth- Century Castilian Romances of Chivalry: “Aquella Incabable Aventura”, Woodbridge, Tamesis, 2017.

Francisco de Araoz y su «De bene disponenda bibliotheca (Madrid, 1631)»

Israel Álvarez Moctezuma.

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.

En su epístola dedicatoria a Felipe III, Sebastián de Covarrubias situaba el proyecto de su Tesoro dentro de una perspectiva que pretendía convertir el estudio etimológico de la lengua española en la presentación de un diccionario, que vinculaba estrechamente la excelencia de la lengua castellana con la gloria de la Monarquía Hispánica y de su rey. Sesenta años después en 1672, la Bibliotheca Hispana[1] de Nicolás Antonio, publicada en Roma, desplazó tal proyecto, de un inventario de palabras a un catálogo de todos los autores, antiguos o contemporáneos, que nacieron en una “patria” que pertenecía —o perteneció— a la monarquía española, sin importar que escribieran en latín o en lengua vulgar. Redactada en latín, pero con comentarios en castellano sobre las obras, y procurando hacer referencia a los libros publicados en ambas lenguas, la Bibliotheca Hispana delimitaba y ensalzaba un patrimonio literario “nacional” cuyas excelencias se presentaban a la Europa letrada como contrapunto a la decadencia política y militar de la monarquía católica. La Bibliotheca Hispana se sitúa también en el marco de los instrumentos propuestos a los lectores “cultos” para que pudieran ordenar y componer sus propias “bibliotecas”, ya que, como indicaba el Tesoro, “Librería, quando es pública, se llama por nombre particular biblioteca”. Para ayudar a la formación de las colecciones, se utilizaban los repertorios de autores y títulos, tal como la obra de Antonio de León Pinelo (el Epitome de una Biblioteca oriental y occidental, náutica y geográfica, publicada en Madrid en 1629), [2] los catálogos de bibliotecas famosas que circulaban impresos y los métodos para organizar cualquier colección de libros, ya fuera real o en proyecto.

En este contexto, es en donde debemos enmarcar la obra de Francisco de Araoz, el De bene disponenda Bibliotheca publicado en Madrid en 1631.[3] Impreso en el formato de in-octavo “para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas”, el libro de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos y materias de los libros que, sin establecer un repertorio cerrado, procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros “dignos de ubicación, estudio y ponderación”.[4] Receptor y continuador de una práctica humanística, Araoz ofrece al lector —en un primer plano— un manual para organizar una biblioteca, sin importar el tamaño ni la calidad del acervo, pues, según su esquema de categorías, cualquier libro de cualquier materia podría hallar lugar en una biblioteca que siguiera su método. En este sentido, la preocupación de Araoz es encontrar un orden al caos producido por la exacerbada cantidad de libros que se imprimían y producían en su tiempo. Tópico renacentista que sirve a nuestro autor de pretexto para exponer, ya en un segundo plano, sus esquemas culturales, en donde sustenta lo que debían ser la “totalidad de las ciencias y los saberes” para un hombre culto del Siglo de Oro. Así, la proliferación de libros suscitó un vívido interés entre los letrados, lo que consecuentemente atrajo la atención sobre la re-organización de las bibliotecas. En este ámbito, las demarcaciones intelectuales tenían que ser necesariamente abiertas, puesto que, al tratarse de objetos materiales, los libros tenían que colocarse en algún lugar y podía suceder que algunos no encajasen muy bien en las categorías tradicionales de las “facultades”. En este sentido, lo que resulta revelador en la propuesta de Araoz es que su esquema de categorías denota una raigambre mucho más antigua que la “renacentista”, al menos nos remite al siglo XIII, [5] época de un intenso reordenamiento que abarcó prácticamente todos los aspectos de la cultura letrada del Occidente medieval. La propuesta de Araoz es pues, ofrecer al “lector” un repertorio de libros reunidos bajo ciertas categorías para la organización de una biblioteca, según sus palabras, “una acertada distribución reglamentada en el ejercicio de las letras y congruente con la calidad de las ciencias”. Por otro lado, nos muestra un esquema de “todos los saberes que el intelecto puede captar”, siguiendo el proceso de aprendizaje de los hombres de letras, según uno de los modelo de los intelectuales del Antiguo Régimen. Como vemos, la pretensión del autor no es poca, pues propone un método para la ordenación de la “totalidad de los libros”.[6] La clasificación de Araoz podría sintetizarse de la siguiente manera: las ciencias de la Palabra (I-V), las del Mundo (VI-VII), las del Hombre moral (VII-IX) y de lo Divino (X-XV). ¿Qué significado cultural tiene pues la obra de Araoz? Tal vez una respuesta la encontremos en las palabras de uno de sus primeros “críticos”, fray Diego de Hortigosa, uno de los censores que dictaminó la obra en 1630: “Mandado por el Consejo Supremo he examinado este pequeño libro, aunque grande en erudición, sentencia y doctrina […] y dándole una y mil vueltas, no he observado en el nada que el lector pío y erudito no pueda reconocer sin tropiezo, fuera del temor de errar en la fe y buenas costumbres. ¿Qué cosa más culta, más agradable hay que aquello que nos enseña a ascender por medio de un método desde las cosas llanas a las supremas? ¿Qué digno de alabanza que aquello que él catálogo de los saberes que muestra claramente qué, cómo, cuándo, y a qué se ajusta? Todas estas cosas se contienen en este pequeño volumen, de manera que podemos, como un segundo Pitágoras, inferir de la impresión de su huella las dimensiones de su cuerpo hercúleo.” [7]

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

Finalmente, estos instrumentos intentaban responder a dos ansiedades de los hombres letrados frente a la cultura escrita e impresa. La primera era el temor a la pérdida, a la desaparición, al olvido. Fundamento renacentista de la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la publicación de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas, que, como la Laurentina, debían abarcar todos los saberes y encerrar dentro de sus muros y clasificaciones bibliográficas (sesenta y cuatro en la biblioteca del El Escorial) el universo mismo. Pero la acumulación de libros antiguos y la multiplicación de los nuevos —gracias a la imprenta— produjeron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, frente a una abundancia confusa. Tanto en España como en otras partes del mundo Occidental, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, el repertorio de los autores de una “nación”, la propuesta de una biblioteca ideal), fueron instrumentos poderosos que ayudaron a establecer un orden “moderno” de los discursos de la palabra escrita, e impresa.


[1] A este respecto —y continuando con esta idea— veáse de Roger Chartier, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana, 2005, pp. 89 y ss. Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Nova sive Hispanorum qui usquam umquam[qu]e sive Latina sive popularis quavis lingua scripto aliquid consignaverunt Notitia, Roma, 1672.
[2] Esta obra traducía al castellano los títulos de libros producidos en la monarquía hispánica escritos en más de cuarenta y cuatro lenguas, tanto en la Península ibérica como en las Indias.
[3] José Solís de los Santos, El ingenioso bibliólogo Don Francisco de Araoz (De bene disponenda bibliotheca, Matriti 1631), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1997, pp.103-147.
[4] Ibid., p.106 y p.116.
[5] Vid., supra. El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, «Tableaux accomplis», 1587, París, Biblioteca Nacional.
[6] Solís de los Santos, op. cit., p. 105. Las cursivas son mías.
[7] Ibid., pp.104-105. Las cursivas son mías.

‘Africa’ versus ‘Alexandreis’: una confrontación inevitable

José Luis Quezada Alameda

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

El objetivo de esta contribución es señalar algunos aspectos generales pertinentes en un estudio comparativo entre los dos poemas épicos más extensos creados en la Edad Media: el Alexandreis de Gautier de Châtillon y el Africa de Francesco Petrarca.

En cuanto al primero, con sus diez cantos es el epos más extenso e importante que nos ha legado el Medioevo. Esta obra fue compuesta en el siglo XII por Gautier de Châtillon, que además de poeta épico también es autor de poesía lírica, dentro de esta colección de poemas encontramos algunos de carácter goliardesco.[1]

La Alejandreida, como la conocemos en español, es indudablemente la obra magna de Gautier. La vida y las gestas de Alejandro Magno son el tema central en el poema; esta obra guarda además una estrecha relación con otros poemas producidos en ámbito francés y castellano aproximadamente en la misma época, piénsese al menos en el Libro de Alexandre compuesto a inicios del siglo XIII.

Por otra parte, es fundamental hacer notar la fama de la que esta épica gozó durante algunos siglos después de haber salido a la luz. Esto queda demostrado por la enorme cantidad de manuscritos en los que se ha transmitido la obra —más de doscientos—, con respecto a la transmisión textual solo algunas otras obras medievales tuvieron una difusión tan amplia: la Chanson de Roland y la Divina Commedia. También debe añadirse que prácticamente desde la aparición del poema de Gautier comenzaron a aparecer diversos comentarios que actualmente conforman una mole inmensa y que son una mina inagotable de información para los estudiosos del poema. Esta abundancia de comentarios se debe principalmente al hecho de que la Alejandreida se leyó ininterrumpidamente sobre todo durante los siglos XII, XIII y XIV, período en que se estudió en el ámbito escolástico a la par de la Eneida de Virgilio y de otros poemas épicos latinos como la Farsalia de Lucano y la Tebaida de Estacio. A propósito de la Eneida, es importante señalar el carácter marcadamente virgiliano del Alexandreis. De momento podemos al menos identificar este vínculo desde el título mismo de la obra, si consideramos también el del poema de Virgilio: Aeneis.

Alejandro Magno explora el fondo del Océano

Alejandro Magno explora el fondo del Océano

Por otra parte tenemos el Africa de Francesco Petrarca. El poeta del Canzoniere no necesita carta de presentación, baste decir que además de haber compuesto poesía en latín y en toscano, es autor de obras históricas, de tres extensos epistolarios, de diversas invectivas y de diálogos de filosofía moral. Todos estos géneros en los que incursiona como precursor serán parte fundamental del nuevo curriculum escolar que más tarde el será identificado con el nombre de studia humanitatis. Además de esto Petrarca es por supuesto el iniciador de un nuevo método de lectura y estudio de los autores clásicos que siglos más tarde será llamado filología.

En el caso concreto del Africa nos encontramos ante un epos imperfectum en nueve cantos (nueve cantos y no diez como los que componen el Alexandreis) que en la concepción inicial de Petrarca y sobre todo en la de sus contemporáneos debía sustituir el poema de Gautier ad usum scholasticum. El Africa narra las hazañas militares de Escipión el Africano en la segunda Guerra Púnica, específicamente su victoria en Zama en contra del ejército de Aníbal y su regreso triunfal a Roma. Para tratar este argumento Petrarca se basó fundamentalmente en el relato que leía en la edición que él mismo elaboró de los Ab Urbe condita libri de Tito Livio, además de seguir por supuesto las huellas de su amado Virgilio en cuanto al lenguaje épico, así como a otros poetas como Lucano, Ovidio, Estacio, y el caso que más me interesa señalar: el mismísimo Gautier de Châtillon. La efervescencia inicial suscitada por la epopeya de Escipión fue extinguiéndose debido a que su mismo autor relegó paulatinamente el Africa hasta abandonarlo por completo, puesto que debió ocuparse cada vez con más afán en la composición de sus Rerum vulgarium fragmenta y de tantas otras obras latinas. Al final Petrarca se vio obligado a dejar de lado el propósito de devenir en un nuevo Virgilio. Tal vez renunció a esta posibilidad al considerar que tal estatus correspondía ya a su conterráneo toscano Dante Alighieri.

Tras la muerte de Petrarca la obra inconclusa fue editada por el humanista Pier Paolo Vergerio en forma un tanto deficiente, por decir lo mínimo. Es probable que ésta sea una de las razones por las que su difusión fue limitada, solamente veinticuatro manuscritos transmiten la obra, una nimiedad en comparación con la difusión amplísima de la Alejandreida. Esta falta de fortuna se ve reflejada también en el hecho de que actualmente no poseamos una edición crítica definitiva del Africa, si bien el proyecto está en pie y su resultado se espera con ansia en el ámbito de los estudios petrarquescos. Por el contrario, en el caso del Alexandreis contamos con un instrumento de trabajo confiable en términos generales, aunque es importante señalar que la edición llevada a cabo por Marvin Colker[2] es aún provisoria dado que contempla sólo algunos cuantos comentarios del centenar de manuscritos que conservan el texto acompañado de glosas y anotaciones.

Ahora bien, una pregunta que debe responderse de inmediato es ¿en qué nivel pueden ser comparados estos poemas épicos? En primer lugar tenemos el aspecto de la lengua, esta afirmación puede parecer carente de fundamento ya que los dos poemas fueron escritos en latín. No obstante, la confrontación en términos lingüísticos es totalmente lícita ya que Gautier escribe en un latín virgiliano, sí, pero finalmente latín medieval; Petrarca por su parte es el precursor de una nueva aproximación a los textos antiguos que lo lleva a convertirse en el primer escritor en emplear el neolatín. En resumen nos encontramos ante dos usos distintos de la lengua latina.

Pero en realidad el aspecto principal a comparar es en principio el bagaje cultural de cada uno de estos poetas, es decir las obras y autores que cada uno había leído y estudiado. Este elemento particular me lleva a proponer la siguiente hipótesis: la preferencia y familiaridad con ciertos autores clásicos y medievales es lo que lleva a Gautier y a Petrarca a concebir el epos en forma distinta y casi podría decirse opuesta.

Para fundamentar esta presunta oposición me valgo sobre todo de elementos históricos concretos que determinan la vida y la obra tanto del poeta francés como del italiano. Por una parte, la cultura escolástica predominante en la época de Gautier de Châtillon naturalmente influye en la concepción literaria que el autor imprime en el Alexandreis. A su vez la obra entera de Petrarca debe entenderse a la luz de la innovadora corriente cultural que es en el siglo XIV el humanismo italiano. Es éste el factor principal que determina la diferencia entre el latín usado por uno y otro escritor, pese a que para ambos el modelo épico principal sea Virgilio.

De esta primera contraposición que es ante todo ideológica se desprende que el propósito literario es radicalmente distinto para cada uno de estos autores. En este punto es necesario pensar que la cultura humanística de la que Petrarca es el grandioso antecesor ofrece una lucha sin cuartel a los representantes de la cultura que algunas décadas más tarde Lorenzo Valla llamará gótica y que nosotros identificamos como escolástico-medieval.

Pero hay todavía otros niveles de comparación implícitos en el tema general que ya he descrito. En primer lugar, de forma muy evidente tenemos un enfrentamiento de naturaleza nacionalista, permítaseme aquí el anacronismo. Me refiero a una disputa histórica entre Francia e Italia que se remonta muchos siglos atrás. Hay que tener en cuenta que esta lucha planteada por Petrarca es totalmente unilateral puesto que su opositor, Gautier, quien ha muerto dos siglos antes, y no puede defenderse.

De cualquier modo, lo cierto es que el poeta de Arezzo se propone como adalid en la lucha contra los galos en general, es decir contra sus tradiciones, y en particular contra la Escolástica cuyo centro neurálgico es la Universidad de París (institución que en algún momento ofrecerá a Petrarca el máximo honor de la coronación poética), y más que otra cosa el humanista luchará sin cesar en contra de Aviñón, que para él es solamente una falsa y advenediza sede del papado.

Debemos recordar que Petrarca vivió entre 1304 y 1374, setenta años de los que aproximadamente durante sesenta y seis la sede papal estuvo en Aviñón y no en Roma. En cuanto a este tema particular vale la pena recordar los sonetos del Canzoniere denominados por la crítica petrarquesca precisamente antiaviñoneses.[3] Además, con respecto a esta misma postura anti-francesa no pueden dejar de recordarse la invectiva Contra Gallum, mejor conocida como Contra eum qui maledixit Italie, en donde Petrarca despliega todos sus odios y prejuicios en contra de los aborrecidos galos. No nos sorprenderá entonces después de haber señalado esta animadversión que cuando el poeta se refiera a Gautier de Chatillôn, autor del Alexandreis, en la obra apenas citada lo defina como: “levissimus quidam nuper vanissimusque Gallorum idem dixit et sic omnis pudor periit, ut non tantum literis vilissimam hanc nugellam sed numeris etiam carminibusque mandaret [4]” Con los versos medidos se refiere evidentemente a los hexámetros de la Alejandreida. He señalado en primer lugar la furia petrarquesca en contra de lo francés en general para llegar en este punto al ataque frontal que el poeta italiano opone de manera específica en contra de su mayor rival en el terreno épico.

Así pues, Petrarca se enfrenta ante todo a Gautier en su papel de escritor latino, heredero de esta tradición cultural y en específico literaria, y además se le opone también como representante de la Escolástica que él tanto desprecia. Pero todo esto va mucho más allá. Para entender a cabalidad la oposición entre el Africa y el Alexandreis tenemos que pensar en los héroes que protagonizan uno y otro poema. De un lado tenemos al personaje histórico predilecto para Petrarca, al menos en su juventud: Escipión. El general romano representa el ápice de la virtud republicana, quien después de haber vencido al temible Aníbal debió soportar los insultos y humillaciones de sus propios conciudadanos y sin pena ni gloria decidió salir por la puerta trasera, lo cual para Petrarca es la mayor muestra de virtud y grandeza.

Francesco_Petrarca_nello_studio

Por otra parte el héroe de Gautier es Μεγαλέξανδρος, Alejandro Magno, el general de generales, la máxima encarnación del liderazgo en el ámbito griego. Este elemento, el que Gautier de Châtillon —aunado al hecho de ser francés— enaltezca en su épica a un griego, por más que este sea uno de los más extraordinarios hombres del mundo helénico, es probablemente lo que más molestia causa a Petrarca. Esto no debe sorprendernos en lo absoluto ya que el humanista al considerar la Antigüedad grecolatina, se decanta absolutamente por el brazo latino de la balanza. Esta inclinación es normal pensando al menos en tres puntos específicos: nació en Italia, la cultura latina ejerce sobre él una fascinación ilimitada que está cimentada en el solícito estudio que desarrolla acerca de la notitia vetustatis —en el período en que se ocupa de la composición del Africa se siente atraído de manera específica por los poetas—, y por último, pero tal vez el factor más importante de todos, se concibe como el salvaguarda y continuador de esa tradición en un mundo que en su opinión tiende irreversiblemente hacia la decadencia moral. En su opinión esta decadencia moral tiene sede concretamente en Francia, específicamente en la corte papal de Aviñón.

Reuniendo los puntos anteriores podemos alcanzar algunas conclusiones preliminares. En el Africa Petrarca se enfrenta a la superposición de Alejandro como representante máximo de Grecia y a la vez antecesor remoto del pueblo francés o digamos con mayor propiedad galo, según la versión ofrecida por Gautier de Châtillon, y ante esta figura simbólica él opone a Escipión el Africano, quien encarna los valores más importatnes de aquel período glorioso de la historia romana que fue la República, de la que la Italia todavía medieval en la que el aretino vive es históricamente custodio y continuadora, al menos así lo concibe el poeta laureado, quien se erige a su vez como el protector de esa tradición.

Este enfrentamiento entre Escipión y Alejandro provocará que Petrarca derrame auténticos ríos de tinta al escribir sendas biografías en su colección histórica De viris illustribus y de igual manera en el opúsculo intitulado Collatio inter Scipionem Alexandrum Hanibalem et Pyrrum, obras consagradas a enaltecer la figura de Escipión en oposición a cualquier otro general antiguo o contemporáneo. De esta forma Petrarca se enfrenta en su obra a Alejandro a Grecia y a Francia, ofreciéndoles en oposición a Escipión a Roma y a Italia. El ejemplo más evidente de esto podemos leerlo en el canto VIII del Africa.[5]

Sin embargo, por más que Petrarca desdeñe y desacredite una y otra vez a Gautier, ya he mostrado un ejemplo pero podrían enumerarse otros tantos, en realidad el poeta francés es para él un modelo. Si bien Petrarca afirma no conocer el Alexandreis —recordemos que lo mismo decía acerca de la Commedia dantesca—, es imposible pensar que no lo haya leído. Más aún, yo afirmaría categóricamente que no sólo había leído el poema épico sobre las gestas de Alejandro, sino que seguramente tuvo en su biblioteca una copia del poema y que la estudió minuciosamente como acostumbraba hacer con todos sus libros, especialmente cuando vivió en Francia, período en el que comenzó a escribir el Africa. Seguramente en ese ambiente la Alejandreida era considerada como el gran poema épico tras la Eneida de Virgilio.

Los estudiosos de la obra petrarquesca han aseverado que el Africa es una anti-Alejandreida, pero eso no quiere decir que el poeta del Africa no siga o incluso imite elementos presentes en el Alexandreis. Para demostrar esta dependencia petrarquesca con respecto al epos de Gautier conviene mostrar algunos lugares específicos de los poemas en los que esto es visible.

Quisiera aludir concretamente al manuscrito Acquisti e doni 441 de la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia recuperado hace algunas décadas por el profesor Vincenzo Fera,[6] máximo estudioso del epos petrarquesco y responsable de la edición definitiva del mismo que aparecerá próximamente. Dicho manuscrito tiene una importancia central con respecto al resto de los testimonios debido a que ahí encontramos una cantidad ingente de apostillas provenientes presumiblemente de la copia de trabajo del propio Petrarca que nos muestran la forma en que trabajó con su poema.

En una nota referida al verso 686 del canto V del Africa: “Ibis ad Elisias directo tramite valles”, leemos lo siguiente: “attende Alexandreyda”. La anotación con la que Petrarca se advertía a sí mismo evitar cualquier semejanza con Gautier nos remite a Alexandreis IX, 146-147: “resoluto corpore tandem / tendit ad Elisios angusto tramite campos”. Ésta es una clara prueba de que Petrarca conocía y había estudiado la obra de Gautier, de otro modo esta apostilla no tendría sentido.

Aún hay otros ejemplos que delatan la relación con el poema de Alejandro Magno, aunque no se encuentren en el manuscrito notas que explícitamente mencionen la obra o su autor. He aquí algunos de ellos: Afr. III, 401: “vesanus veniens iuvenis convellere metam”, y Alex. X, 94-95: “et nunc vesanus in ipsum / fulminat Occeanum”. Afr. III, 708: “coniugis, incertusque animi sub corde volutat”, y Alex. IX, 152: “Ad Proum pateat, tacito sub corde volutat”, en este caso debe hacerse notar la dependencia que ambos poetas manifiestan con respecto a Virgilio con la introducción de esta cláusula: Aen. I, 50; IV, 533; VI, 185. Afr. VI, 392: sic ait: “O Libici decus et spes ultima mundi”, y Alex. V, 247: “Ex Dario pendet nostri spes unica voti”. Y por último Afr. VI, 726: Dicite” ait “veteris fuerint que federa pacis”, y Alex. I, 159: “Nam seu pax vigeat seu rupto federe pacis”.

Éste es sólo un pequeño muestrario de lugares que delatan la relación entre los dos poemas épicos, o mejor dicho, delatan el uso que Petrarca hizo del Alexandreis al componer su Africa. Así, es posible afirmar a manera de conclusión que Petrarca utiliza ampliamente el Alexandreis al momento de escribir su Africa, aunque lo oculta  deliberadamente por las razones ya expuestas previamente.

 

[1]Jacqueline Helegouarc’h, “Un poète latin du XIe siècle: Gautier de Lille, dit Gautier de Châtillon”, en Bulletin de lAssociation Guillaume Budé 1 (1967), pp. 95-115.

[2]Marvin L. Colker ed., Galteri de Castellione Alexandreis, Padua: Antenore 1978 (Thesaurus mundi 17).

[3] RVF, CXXXVI y CXXXVII.

[4] Inv. mal. 166: “el más superficial y banal de los galos dijo lo mismo, y en tal forma ha desaparecido todo tipo de pudor que no solamente ha registrado por escrito esta tontería tan baja, sino que incluso lo hizo en versos medidos”.

[5] Afr. VIII, 149-209.

[6]Vincenzo Fera, La revisione petrarchesca dell’Africa, Mesina, Centro di Studi Umanistici 1984.

Vicisitudes de la tradición gramatical latina I: algunas curiosidades

Iván Salgado García

Escuela Nacional de Antropología e Historia / Universidad Nacional Autónoma de México

No es de sorprender que la tradición gramatical sea uno de los aportes más duraderos de la civilización mediterránea, y a su vez, uno de los menos visibles, al menos para el gran público. Pensar en Grecia y Roma nos remite a textos de varia naturaleza, aunque sólo a algunos especialistas les vendrán a la mente nombres como Dionisio de Tracia, Apolonio Díscolo, Donato o Prisciano. Y efectivamente, se trata de un tema reservado a especialistas de dos áreas principales: la filología y la historia de la gramática, pero ninguna de estas dos disciplinas puede (o debe) considerarse aislada, incluso podríamos pensar que la primera de ellas es una suerte de lo que ahora conocemos como interdisciplina.

Entrando en materia, la tradición gramatical, de acuerdo con los iniciados en ello, comienza con la τέχνη γραμματική (ars grammatica) de Dionisio de Tracia (II ante), y tiene su contraparte en el περὶ συντάξεως de Apolonio Díscolo, su contemporáneo. La discusión sobre si uno o el otro fue el padre de la gramática es, en todo caso, banal. En lo que respecta al mundo latino, parece que la ausencia de los libros del de lingua Latina de Varrón han llevado al estrellato a dos gramáticos: Elio Donato y Prisciano de Cesarea. Son estos dos quienes sentaron las bases de la tradición gramatical latina, la que he calificado de duradera por su trascendencia en el tiempo (más de 1500 años) y en el espacio.

A Donato (IV post) debemos, en particular, la distinción en ocho clases de palabras: nomen, pronomen, verbum, adverbium, participium, coniunctio, praepositio, interiectio; distinción que el propio Antonio de Nebrija imitó agregando el artículo, “del que carecía la lengua latina”. Pocas gramáticas posteriores se atrevieron a cuestionar esta división, y Prisciano (V post) prefiere sólo referir las discusiones antiguas sobre el tema: dos según los dialécticos, cinco según los estoicos, diez los que contaban como una parte distinta los verbos en infinitivo, once quienes hacían divisiones entre tipos de artículos. Los comentarios de Servio al ars maior de Donato hacen referencia a esta controversia citando las cifras mencionadas por Prisciano.

Breviario  de Renaud Marguerite de Bar Metz, ca. 1302-1305, Verdun-Bibliothèque municipale, ms. 107-fol.-16v.

Breviario de Renaud Marguerite de Bar Metz, ca. 1302-1305, Verdun-Bibliothèque municipale, ms. 107-fol.-16v.

Aunque la mayoría de los gramáticos parten de enumerar las clases de palabras para luego pasar a la flexión, para algunos esta discusión parece pasar desapercibida. Virgilio Marón Gramático (VII) comienza la discusión sobre los tipos de nomina sin antes explicar cuántos y cuáles tipos de palabras se tratarán en sus epitomae. Un fragmento digno de consideración es, sin duda, la parte final de su prólogo de sapientia, donde se enumeran los que él llama “doce tipos de Latinidad”, en él da diversos nombres para un mismo referente, aunque no existe evidencia de que hubieran sido usados en su época o en tiempos anteriores. Los ejemplos parecen estar inspirados en los capítulos sobre etimologías de Varrón, o en el tipo de etimologías propuestas por Cicerón para los nombres de los dioses romanos.

 

Hay doce tipos de latinidad, y de ellos uno es el que se usa y con el que todos los latinos escriben, pero para que veas un ejemplo de estos doce tipos, aquí se mostrará. 1. En el latín común y corriente existe la palabra ignis (fuego), porque todo lo que toca lo ignit (enciende). 2. Después tenemos la palabra quoquihabin, que se declina quoquihabis, quoquihabi, etc., porque tiene (habet) el poder de cocinar (coquere) las cosas crudas. 3. También se le llama ardon, porque arde. 4. También calax, por el calor. 5. spiridon, por los vapores (spiramina) que emite. 6. rusin, porque enrojece (ruborat) las cosas. 7. fragon, por el ardor (fragor) de su flama. 8. fumaton, porque produce humo (fumus). 9. ustrax, porque quema (urit). 10. vitius, porque da vida (vita) a las extremidades cuando están casi muertas. 11. siluelus, porque se produce con piedras (sílex). 12. Aeneon, por el dios Eneas, que vive en él.

Por esas mismas fechas, Beda el Venerable, en dos obras que distan de ser un ars al estilo de Donato o Prisciano, deja ver los estragos que comenzaba a causar en la gramática latina la inclusión de las litterae griegas. En su tratado de arte metrica, lejos de describir a la manera donaciana el inventario gráfico – fónico de la lengua latina, se dedica a mencionar los casos particulares de la intromisión de grafías griegas en la escritura latina:

Hay muchos que, después de recibir la doctrina del Señor, llenan los textos divinos de letras griegas, incluso aunque no hayan estudiado el alfabeto griego en orden. Algunos escriben la η y la confunden con la h, y esta confusión viene del nombre de Jesús (᾽Ιήσους); otros usan la χ y la ρ, por el nombre de Cristo (Χριστός); el α y la ω por la autoridad que tiene aquella frase de nuestro Señor ‘Yo soy el alfa y el omega’.

Donato, de cualquier forma, seguía presente en la discusión sobre cualquier tema gramatical. Beda mismo, en su capítulo sobre las letras, declara su extrañez hacia la definición que daba Donato sobre la calidad de la letra u, pues mientras para Beda representaba a veces una consonante y a veces una vocal, el gramático latino decía que se trataba de un sonido intermedio. Tal vez estamos frente a una evidencia de cambio lingüístico en diacronía.

Regresando a Donato, olvidamos mencionar que escribió un ars maior y un ars minor, y esta última está redactada en forma de diálogo. Este tipo de texto tuvo sus ecos en otros gramáticos medievales, de los que un representante conocido es Alcuino de York (¿736?-805), quien para explicar la diferencia entre vocales y consonantes recurre a la dualidad cuerpo-alma de su contexto cristiano. El el diálogo participan el maestro y un alumno de nombre Saxo, en alguna parte el primero explica que las vocales se pueden emitir per se y formar sílabas, mientras que las consonantes no pueden ni producirse solas ni formar sílabas. El alumno procede a preguntar después:

Saxo: ¿Hay otro motivo, maestro, por el que se dividan estos dos tipos de sonidos?

Maestro: Lo hay, las vocales son como las almas, las consonantes como los cuerpos. El alma se mueve por sí sola y también mueve al cuerpo, pero el cuerpo no se puede mover sin el alma. Y así las consonantes sin las vocales, porque pueden escribirse solas, pero no pueden pronunciarse ni tener significado sin las vocales.

 

Parecía que el camino de la descripción gramatical estaba ya muy transitado, y la Edad Media abrió el camino a la especulación. La escuela modista de los siglos XIII y XIV con nombres como Boecio de Dacia, Martín de Dacia, Raúl Brito, entre otros, con obras como el célebre de modis significandi sive grammatica speculativa, pero éste será tema de otro post.

No sabemos si Donato y Prisciano imaginaron que mil años después la tradición que ellos inauguraron en latín seguiría dando frutos y acomodándose a la época y a las nuevas hablas de Europa, o a las nuevas del espectro cultural europeo. Entre las aventuras de los gramáticos latinos tal vez la más interesante sea su llegada al Nuevo Mundo, donde en 1547 se vieron calcados en el Arte de la lengua Mexicana de Alonso de Molina, lo que sería el inicio de una prolífica tradición:

De las partes de la oración Las partes de la oración son ocho, nombre, así como teutl, que quiere decir dios, pronombre, asi como nehuatl, yo, verbo, así como nitetlazotla, yo amo, adverbio, así como arcan, oy o agora, participio, así como yntetlaçotla, el que ama, conjunction, así como yuan, y o también, preposición, así como pan, en o encima, ynterjection, así como yyo.

En América y Asia los misioneros europeos describieron decenas de lenguas, Molina y Carochi clasificaron los sustantivos del náhuatl en declinaciones; Melchor Oyanguren de Santa Inés en su Arte de la Lengua Japona utilizó la etiqueta facere para las formas verbales causativas. Estos procesos de acomodamiento no estuvieron exentos de innovación: mientras Oyanguren habla de tiempos filosóficos, Maturino Gilberti, el autor del Arte de la lengua de Mechuacan, añade al paradigma nominal el caso efectivo, pero esto será tema también de otra publicación.

Es innegable, en suma, la trascendencia cultural de la tradición gramatical latina, cuya terminología, a más de 1,500 años de su acuñación, parece seguir vigente en las descripciones lingüísticas elaboradas en el siglo XX, que vio nacer la lingüística como la conocemos en el siglo XXI. Esta primera parte buscó entregar una suma de curiosidades y puntos interesantes que se tratarán con mayor detenimiento en entregas posteriores, que esperamos sean de interés de los lectores.

Roberto El Monje y el abad “B”. ¿Quién fue el autor de la Historia Iherosolimitana?

Daniel Sefami Paz

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

La primera cruzada, predicada en noviembre de 1095 por el papa Urbano II, impactó en las sociedades medievales como muy pocos otros eventos; no sólo generó una movilización sin precedentes, sino que también originó una prolífica tradición literaria. Casi inmediatamente después de la toma de Jerusalén en 1099 a manos de los cruzados, comenzó a circular un grupo de crónicas e historias, escritas por testigos presenciales, que narraban los acontecimientos de estas guerras contra los turcos musulmanes.[1] Uno de estos textos, titulado Gesta Francorum, llegó a Europa pocos años después y fue difundido por Bohemundo de Tarento entre 1105 y 1106, probablemente para reclutar nuevas tropas[2]. Así pues, la obra de Gesta Francorum llegó a manos de clérigos del norte de Francia, con altos cargos eclesiásticos, que se dieron a la tarea de reelaborar su fuente y escribir nuevas crónicas con una mayor refinación y una comprensión teológica de los eventos más concienzuda.[3] A esta segunda generación pertenecen Guiberto de Noguent y Baldrico de Dol, personajes ilustres en su época de quienes conservamos una obra vasta y variada; sin embargo, de Roberto el monje (¿o el abad?) sólo nos queda su Historia Iherosolimitana y nada sabemos de su carrera eclesiástica en Francia.En consecuencia, la personalidad de Roberto sólo puede develarse a partir de los indicios que ofrece su obra, particularmente del texto apologeticus sermo que encabeza su crónica:

Universos qui hanc istoriam legerint, sive legere audierint et auditam intellexerint, deprecor ut, cum in ea aliquid inurbane compositum invenerint, concedant veniam, quia hanc scribere conpulsus sum per obedientiam. Quidam etenim abbas, nomine B., litterarum scientia et morum probitate preditus, ostendit michi unam istoriam secundum hanc materiam, sed ei admodum displicebat, partim quia initium suum, quod in Clari Montis concilio constitutum fuit, non habebat, partim quia series tam pulcre materiei inculta iacebat, et litteralium compositio dictionum inculta vacillabat. Precepit igitur michi ut, qui Clari Montis concilio interfuit, acephale materiei caput preponerem et lecturis eam accuratiori stilo componerem. Ego vero, quia notarium non habui alium nisi me, et dictavi et scripsi; sic quod continuatim paruit menti manus, et manui penna, et penne pagina. Et fidem satis prestare potest levitas carminis et minime phalerata compositio dictionis. Unde si cui academicis studiis innutrito displicet hec nostra editio, ob forsitan quia pedestre sermone incedentes plus iusto in ea rusticaverimus, notificare ei volumus quia apud nos probabilius est abscondita rusticando elucidare quam aperta philosophando obnubilare. Sermo enim semper exactus, semper est ingratus, quia quod difficili intellectu percipitur, aure surdiori hauritur. Nos vero plebeio incessu sic volumus progredi nostrum sermonem, ut quivis cum audierit speret idem; et si forte idem esse temptaverit, longe separetur ab idem.Si quis affectat scire locum quo hec istoria composita fuerit, sciat esse claustrum cuiusdam celle sancti Remigii constitute in episcopatu Remensi. Si nomen auctoris exigitur, qui eam composuit, Robertus appellatur.[4]

 

Basílica de Saint-Remi, Reims.

Basílica de Saint-Remi, Reims.

En síntesis, la información que nos ofrece este pasaje es que el autor se llamaba Roberto y que escribió desde un claustro del obispado de san Remigio. Asimismo, sabemos que estuvo presente en el concilio de Clermont, donde Urbano II predicó la cruzada, y que escribió por orden de su abad B., lo cual sugiere que tenía con él una relación de dependencia vasallática.

Según el cartulario de la abadía de san Remigio, en el siglo XII hubo ahí dos monjes de nombre Roberto, y uno de ellos se convirtió en abad entre 1096 y 1097.[5] Los últimos editores de la Historia Iherosolimitana advierten que, ya desde finales del siglo XII y principios del XIII, los copistas identificaban al autor de la obra con Roberto el abad, pues hay tres manuscritos con una glosa al nombre de Roberto que dice: “alguna vez abad de san Remigio”.[6]

Roberto, el abad de san Remigio, consiguió este cargo en 1096, apoyado por el obispo Manasses. Sin embargo, Bernardo, el abad de Marmoutier, mantuvo una pugna con él y lo llamó a juicio; como Roberto no se presentó, fue excomulgado en un concilio en Reims en 1097. A partir de entonces, intentó demostrar su inocencia y ser reinstalado en su cargo; fue apoyado por Baldrico de Dol y por Lamberto, obispo de Arras, hasta que logró ser exonerado por el papa Urbano II en Poitiers en 1100; no obstante, Buchardo fue nombrado abad de san Remigio y Roberto tuvo que retirarse a la prioría de Sénuc que, aunque era dependiente de san Remigio, estaba lo bastante lejos como para que Roberto no causara problemas. Aparentemente murió en el año 1122.[7]

Existen muchas coincidencias entre el autor de la Historia Iherosolimitana y el abad Roberto, por lo cual identificarlos como el mismo resultaba absolutamente verosímil: vivieron en Reims durante la misma época; Baldrico, quien lo apoyó, también fue autor de una crónica de la cruzada; nuestro autor escribió para su abad Bernardo (si se acepta la versión del manuscrito con este nombre); e incluso dos manuscritos dicen que la obra fue redactada en Sénuc, donde se retiró Roberto.[8] A pesar de todo esto, la conjetura de la identificación de estos dos personajes, si bien aceptada, ya era puesta en duda por el grupo de trabajo, dirigido por Philippe Le Bas, de la edición decimonónica francesa,[9] particularmente por el asunto de la identificación del abad B. con Bernardo, el abad de Marmoutier.La elección de los editores del Recueil fue la de los manuscritos que tenían la lectura de Bernardus, pero probablemente no es la más adecuada.[10] La identificación de B. con Bernardo implica que Roberto (si lo identificamos con el abad) acató las órdenes de su adversario con gusto y además lo encomió como un hombre culto y virtuoso, lo cual resulta poco verosímil. Si descartamos a Bernardo, otra posibilidad es que el abad B. haya sido Buchardo, quien sustituyó a Roberto como abad; no obstante, estos personajes estaban, evidentemente, enemistados e incluso Roberto lo acusó de usurpación en Poitiers en 1100, hecho que anula una posible relación de subordinación.[11] Hay un tercer candidato para identificar al abad B., el cual ya había sido propuesto por Marcus Bull en un artículo de 1996[12] y que ahora también es postulado en la edición de 2013 de la Historia Iherosolimitana que hizo con Damien Kempf: el misterioso abad era Baldrico de Dol. Las razones que dan los últimos editores de la obra de Roberto son, por una parte, que Baldrico fue el único entre los altos jerarcas de la iglesia que apoyó incondicionalmente a nuestro autor y, por otra parte, que la Historia Ierosolimitana de Baldrico, que se diferencia de su fuente, Gesta Francorum, por su composición refinada, coincide a la perfección con la postura que toma el abad B., según el apologeticus sermo, con respecto a la istoria inculta; además, puesto que Baldrico fue un prolífico poeta y hagiógrafo, su perfil coincidirá con el abad litterarum scientia preditus.[13] A pesar de que Kempf y Bull hacen una explicación exhaustiva y consistente, cabría establecer ciertas reservas, ya que la Historia Ierosolimitana de Baldrico es anterior a la obra de Roberto y sería difícil pensar que un abad haya encomendado a su subordinado la tarea que él mismo ya había emprendido.

Ademar de Monteil en una batalla de la Primera Cruzada.

Ademar de Monteil en una batalla de la Primera Cruzada.

El enigma de quién es el abad B. intrinca aún más el laberinto de especulaciones que supone develar la identidad del autor de la Historia Iherosolimitana. Si bien la identificación del autor con el abad Roberto resulta verosímil, dado que hay una conexión inherente en cuanto a la época y el lugar, además de la relación con Baldrico, autor interesado en el mismo tema; la evidencia, sin embargo, no es concluyente: el autor sólo dice que es un monje y no es fácil de creer que un ex abad estuviera sometido a una subordinación de este tipo;[14] añadido a esto, es posible que las coyunturas políticas singulares de los copistas los hayan impulsado a situar la cella del autor en Sénuc y glosar el nombre de Roberto diciendo que había sido abad de san Remigio.[15] El misterio de Roberto y el abad B. no tiene una solución cabal, el camino a la certidumbre de manera irreductible debe ser intrincado, de modo que sólo nos queda atender a las suposiciones.

 

[1]Cfr. Jean Flori, Pedro el Ermitaño y el origen de las cruzadas, Barcelona/Buenos Aires, Edhasa 2006.

[2] August Krey, “A Neglected Passage in the Gesta and its Bearing on the Literature of the First Crusade” en Louis J. Paeto (ed.), The Crusades and other Historical Essays presented to Dana C. Munro by his former Students, Nueva York, Crofts and Co. 1928, pp. 57-78.

[3] Jonathan Riley-Smith, The First Crusade and the idea of crusading, Londres, Continuum 2009, pp. 135-152.

[4] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.): The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. 3.

[5] Damien Kempf: “Towards a Textual Archaeology of the First Crusade” en Marcus Bull y Damien Kempf (eds.), Writing the Early Crusade: Text, Transmission and Memory, Woodbridge, The Boydell Press 2014, p. 118.

[6] Quondam abbas sancti Remigii. Los tres manuscritos en cuestión son: París, Bibliothèque Nationale de France, lat. 15074 (s. XII); Cambrai, BM 802 (s. XII) y Vaticano, Ottob. 8 (s. XII-XIII); Cfr. Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. xix, nota 43.

[7]Cfr. Académie des Inscriptions et Belle-Lettres (ed.): Recueil des historiens des croisades: Historiens occidentaux, vol. III., París, 1844, pp. XLI-XLII; Luigi Russo, “Ricerche sull’ ‹‹Historia Iherosolimitana›› di Roberto di Reims, Studi medievali, 3rd ser. 43 (2002), pp. 651-652; Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, pp. XVII-XXXIII.

[8] Se trata de los manuscritos D y E en la clasificación del Recueil, del siglo XIV de san Víctor y del XIII de Compiègne, respectivamente. Éstos especifican que las reliquias de San Oriculo estaban guardadas donde él escribió (in qua requiescit corpus sancti Oriculi martyris), lo cual indicaría que el lugar estaba en la prioría de Sénuc, en la diócesis de Reims. No obstante, según Carol Sweetenham (intr. y trad.): Robert the Monk’s History of the First Crusade. Historia Iherosolimitana, Surrey/Vermont, Asghate 2011, p.1, también estas insercionespodrían deberse al intento de darle peso a estos manuscritos. Cfr. Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. XIX, nota 43.

[9] Académie des Inscriptions et Belle-Lettres (ed.): Recueil des historiens des croisades: Historiens occidentaux, vol. III., París, 1844, pp. XLVI-XLVII.

[10] Esta lectio, naturalmente, no es unánime (según la clasificación del Recueil: nomine Bernardus L, T; nomine B. A, K, N, O, Q, R, S; nomine Benedictus D, E, F, G, H, I; nomine N. U, Y, Z). Los manuscritos L y T son, en efecto, del siglo XII, no obstante, de los siete manuscritos que ofrecen la lectura “B.”, cuatro son también del siglo XII, por lo cual es preferible la lectura de “B”. Cfr. Luigi Russo “Ricerche sull” ‹‹Historia Iherosolimitana›› di Roberto di Reims, Studi medievali, 3rd ser. 43 (2002), p. 653, nota 11 y Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, pp. LXV-LXXIV.

[11] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.): The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, p. XXVII.

[12] Vid. Bull, “The Capetian…”, op. cit., p. 39, nota 68.

[13] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana, op. cit., pp. XXIX-XXXI.

[14] Vid. Carol Sweetenham (intr. y trad.) Robert the Monk’s History of the First Crusade. Historia Iherosolimitana, Surrey/Vermont, Asghate 2011, p. 3.

[15] Damien Kempf y Marcus Bull (eds.), The Historia Iherosolimitana of Robert the Monk, Woodbridge, The Boydell Press 2013, pp. XXXI-XXXII.

 

El ‘Edicto de precios máximos’. Gobernar en la Antigüedad Tardía

Ana Carolina Abad López

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM

El edictum Diocletiani de pretiis rerum es un documento imperial que se escribió en 301 d. C., durante la época de la tetrarquía encabezada por Diocleciano. Su objetivo era instaurar un tope de precios a mercancías, salarios y tarifas de transportes, que se ofrecían en el imperio. Si bien está firmado por todos los integrantes de la tetrarquía (dos augustos y los dos césares: Diocleciano, Maximiano, Constancio y Galerio, respectivamente), los arqueólogos, epigrafistas e historiadores siempre lo han atribuido a su fundador, Diocleciano.[1]

El origen y objetivos de este documento se explican en el preámbulo escrito por los tetrarcas: establecer un precio máximo de productos y servicios para evitar la especulación. No se fijó un precio a cada de mercancía pues los gobernantes sabían que los ciclos de escasez y abundancia variaban de región en región (lo que nos da una idea de la magnitud del imperio). Las principales víctimas de los comerciantes eran los soldados que, a decir del Edicto, podían “perder sus bonos y salarios en una sola compra”.[2] Este tipo de abuso era grave pues robar a los soldados equivalía a robar a todo el pueblo romano que sostenía al ejército con sus impuestos.

1.124 trirreme romano

El Edicto de precios máximos es de gran relevancia para la historia del siglo IV por ser el documento legislativo de mayor extensión que se conserva del periodo de la Tetrarquía.[3] Independientemente de su importancia para el conocimiento de la economía, la cultura, la industria, e incluso la alimentación de la época, el estudio del Edicto revela dos problemas fundamentales para comprender el imperio tardío y su administración. Por un lado, el papel del emperador como legislador y, por otro, el proceso de transmisión de las disposiciones imperiales a todas las provincias.

El historiador inglés Fergus Millar considera que el emperador “es lo que hace”.[4] Una de las principales funciones del emperador es el escuchar las peticiones, quejas y exigencias de embajadas de ciudades y de ciudadanos poderosos, ya en persona o por correspondencia. Y tras escucharlos, estaba obligado a dar una respuesta personalmente.[5] Esas contestaciones, si bien eran soluciones a problemas específicos, constituyeron el corpus legislativo del imperio romano.

Los primeros emperadores cumplían con estas tareas desde Roma. Sin embargo, cuando tuvieron, como generales del ejército, enfrentar las amenazas externas e internas del imperio personalmente, la recepción de embajadas y la atención de la correspondencia se hizo en los periodos de descanso, sin importar la región del imperio donde se encontrara. Así, poco a poco, la figura y funciones del emperador paulatinamente dejaron de asociarse con Roma. La lejanía de la capital no sólo fue geográfica, también significó el distanciamiento de la clase senatorial romana y el acercamiento al ejército y a los educados provinciales, especialmente griegos.[6]

Todo ello explica cómo disposiciones tan relevantes para la vida del imperio como las contenidas en el Edicto de Diocleciano surgen a partir de las quejas de un grupo de soldados y no en una capital imperial —en ese momento, Nicomedia— sino en algún punto de la ruta entre Antioquía y Alejandría.[7]

El estudio del Edicto de Diocleciano también incita preguntas sobre cómo se transmitían las órdenes del emperador y otros textos legales a todos sus súbditos.[8] El Edicto ha llegado hasta nosotros gracias a una serie de hallazgos de fragmentos líticos que inició en el siglo XVIII y continúa hasta la fecha. Hasta el año 2000, según el historiador inglés Simon Corcoran, se habían descubierto fragmentos en 40 sitios diferentes. Sin embargo, lo que ha llamado la atención de los arqueólogos es que estos sitios sólo se encuentran en la región oriental del imperio (Egipto, Siria, Frigia-Caria, Creta-Cirene y Acaya). Por ello, a finales del siglo XIX y principios del XX, los investigadores dedujeron que el Edicto había sido sólo una disposición para la mitad oriental del imperio.

En 1937 se encontró el primer fragmento del Edicto en Occidente, en Pettorano, Italia. Este hallazgo abrió la posibilidad de que el documento también hubiera sido promulgado en esa región del imperio. Sin embargo, el texto inscrito en el fragmento está en griego y no en latín, lengua principal de Roma, Italia y todo el imperio occidental, por lo que no fue considerada una prueba contundente.

El hallazgo de un fragmento en Aezani (Frigia), en 1975, ha dado origen a una nueva explicación sobre el patrón de descubrimiento del Edicto. Esta copia tenía un “epílogo” donde el gobernador de la provincia, Fulvius Asticus, asentó su versión del preámbulo de los tetrarcas, pero en griego para que pudiera ser leído por los habitantes de dicha ciudad. Esto es una evidencia de una práctica común en la época de la Tetrarquía: los edictos —y también las cartas imperiales— eran publicados localmente.[9] Es decir, la forma y soporte de las disposiciones imperiales dependía de las autoridades locales.[10] Podían anunciarlo mediante una proclama en la plaza pública o podían escribirlo para su difusión en soportes más perecederos que la piedra: paneles de manera o folletos de pergamino o papiro.[11] Así, la falta de copias —en piedra— del Edicto en las provincias occidentales no significa necesariamente que no se aplicó en ellas.

Vale la pena aclarar que no se ha encontrado ninguna inscripción integra del Edicto de precios máximos. Las ediciones que se han hecho han recuperado si no todos, por lo menos los fragmentos más importantes, ensayando una reconstrucción lo más completa posible del documento. Este trabajo parece interminable, pues siguen apareciendo fragmentos que completan o confirman partes del texto. Sin embargo, el trabajo con varias copias ha revelado que algunas tarifas varían de un lugar a otro, además de errores gramaticales u ortográficos, seguramente producto del proceso de copia.[12]

Prices_edict

Una de las cuatro partes del edicto en una pieza de madera reutilizada como marco de puerta en la iglesia bizantina de San Juan Crisóstomo. (Geronthres, Grecia)

Y si la forma de transmitir una disposición imperial dependía de las autoridades provinciales ¿cuáles serían las razones para elegir un soporte u otro? Quizá Millar nos de una pista para el caso del Edicto. Diocleciano, asentado con su corte en Oriente, estaba en comunicación constante con la élite intelectual y militar de esta región. Pero la frecuencia con la que recibía embajadas de Grecia no se debía a la cercanía geográfica, sino que sus élites educadas eran conscientes de su estatus cultural e histórico y de las obligaciones del monarca para con las ciudades y los individuos, siendo una de las más importantes “escuchar peticiones y otorgar favores”.[13] La forma de responder a esta población no podía ser en soportes perecederos como tablas y pergaminos, sino uno que perdurara por siglos, la piedra.

 

[1] Vid. William Martin Leake, ed., An Edict of Diocletian: Fixing a Maximum of Prices throughout the Roman Empire, AD 303, edición facsimilar. Londres, John Murray, Albemarle Street, 1826, p. 8.

[2] Elsa Rose Graser, “Appendix: The Edict of Diocletian of Maximum Prices”, en Tenney Frank, ed.,  An Economic Survey of Ancient Rome, vol. 5: Rome and Italy of the Empire. Baltimore, The John Hopkins Press, 1940, p. 314. Los soldados fueron uno de los pocos grupos de la población del imperio que, en los siglos III y IV, recibían su paga en metal, además de en especie.

[3] Simon Corcoran, The Empire of the Tetrarchs: Imperial Pronouncements and Government, AD 284-324, edición revisada. Oxford, Clarendon Press, 2000 (Oxford Classical Monographs), p. 205.

[4] “The emperor was what the emperor did” (Fergus Millar, The Emperor in the Roman World (31 BC-AD 337). London, Duckworth, 1977, p. 6. La traducción es mía).

[5] Una respuesta personal del emperador no significaba necesariamente que él las escribía de puño y letra. Podía hacerlo pero con mayor frecuencia era algún escribano el que asentaba las decisiones,m consejos y opiniones del emperador. (Ibid., p. 7).

[6] Ibid., pp. 6, 9.

[7] Corcoran, op. cit., p. 206.

[8] Simon Corcoran ha estudiado la transmisición de disposiciones imperiales durante el periodo de la Tetrarquía en The Empire of the Tetrarchs.

[9] Michael H. Crawford and Joyce Reynolds, “The Publication of the Prices Edict: A New Inscription from Aezani”, The Journal of Roman Studies, no. 65, 1975, p. 162.

[10] Ibid., 163 Por el entusiasmo demostrado por Fulvius Asticus en su texto, se le ha atribuido a él la decisión de inscribir en piedra el Edicto de precios máximos en las provincias de Frigia y Caria, en las que se han encontrado numerosos fragmentos (162).

[11] Idem; Lawrence J. F Keppie, Understanding Roman Inscriptions. Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1991, p. 110.

[12] Corcoran, op. cit., p. 23.

[13] Millar, op. cit., pp. 7-8.