Archivo del Autor: Seminario Interdisciplinario de Estudios Medievales

Caída de Simón el Mago. Capitel, Basílica de Saint-Sernin, siglo XI.

La Subversión de la Palabra. La herejía en la alta Edad Media.

Laura Alcántara Duque.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Moisés transmitió su mensaje a través de la palabra y no de la imagen. El verbo, la palabra de Dios dada a los hombres para guía de su vida y su salvación, era la manifestación de Él en la vida terrenal y también era un vehículo de dominación.[1]  Durante la Edad Media el acceso a esta palabra garantizaba la pertenencia a una comunidad que dotaba al sujeto de prerrogativas específicas, que velaban por su seguridad y manutención además de –recíprocamente– sujetarlo a ciertas obligaciones sin las cuales sería un paria. En tanto la sociedad medieval se concebía como eminentemente cristiana, la cohesión de ésta se daba a partir del rito y los discursos cristianos. Así pues, cada estrato social cumplía una función de acuerdo a la relación establecida entre la vida material y la vida espiritual. Cada uno hacía lo propio para mantener el engrane del mundo funcionando, con el fin último de alcanzar la salvación eterna.[2]

La palabra divina estaba para ser escuchada. Parecería que una de las condiciones para pertenecer a la Cristiandad era la recepción, casi pasiva, de la palabra. Y el clero, estamento encomendado a difundirla, mantenía, gracias a ello, una situación material por encima de gran parte de la población, pues gozaba de potestades jurídicas y sociales sobre ella. De esa forma, se establecía una lectura y un discurso concreto de las Escrituras, es decir, se planteaba una serie de límites formales e interpretativos dentro de los cuales el clero debía realizar su apostolado.

Así fue, o más bien, así se intentó que fuera. Fue común la aparición de individuos o grupos –organizados o improvisados– que rebatían la exclusividad de la palabra divina en los clérigos. Muchos eran los motivos por los cuales se rechazaba la restricción impuesta para aproximarse directamente a ella. La vida clerical distaba, en diversos momentos y regiones, de ser tan pura y espiritual como demandaban los cánones.

La palabra no podía ser difundida por cualquiera, pues se corría el riesgo de que se interpretara fuera de los cánones y, entonces, surgiera la herejía. Sin embargo, con mayor frecuencia de lo que se piensa, se trató de romper con este monopolio, intentando quitar la palabra al orden sacerdotal porque no se les consideraba dignos de transmitirla. Es en ese momento donde se subvierte el orden impuesto y se reconoce que el verbo está a disposición de los simples y de los laicos. Se eliminaban, así, las barreras sociales impuestas y se abrían posibilidades de generar una igualdad de funciones que trastocaba el orden imaginado y precariamente establecido. Un orden construido poco a poco y un poder que se afianzaba paulatinamente.

Si un simple se hacía del verbo cabía la posibilidad de que pervirtiera y modificara la verdad aceptada, garante del status quo. La herejía es, entonces, el error al interpretar o valorar los cánones eclesiásticos y los textos fundadores del cristianismo. Pero ¿de acuerdo con qué criterio, con qué objetivo y bajo qué términos tiene lugar el error?

Caída de Simón el Mago. Capitel, Basílica de Saint-Sernin, siglo XI.

Caída de Simón el Mago. Capitel, Basílica de Saint-Sernin, siglo XI.

La construcción de la fe correcta, adecuada y verdadera es constante. Obedece, principal aunque no únicamente, a dos cuestiones: qué es lo que se quiere combatir y qué tipo de poder se quiere edificar. Durante el Imperio Carolingio, por ejemplo, bajo la tutela de Carlo Magno se formaban intelectuales en la corte, que posteriormente eran enviados a los monasterios sujetos a su dominio. Uno de los intelectuales más prominentes de esta corte fue Alcuino de York, quien colaboraba para consolidar el poder centralizado de los carolingios; él explotó una forma específica de transmisión para la creación de textos especializados, destinados a un grupo de gente preparada para entenderlos. Se esforzó así por dividir la preparación y la redacción de medios de transmisión de esa palabra (textos) para después difundirlos, probablemente en lengua vernácula. Se reafirmaba así la categoría de oyentes de la grey. Se controlaba, así, la manera en la que la Iglesia establecida, patrocinada por el poder, hacía llegar la directriz cristiana a sus fieles.

Pero sólo podía controlarse en primera instancia, porque lo dicho siempre tendrá la posibilidad de modificarse en la predicación vernácula. Un cambio que se propicia y permanece en la oralidad.

 

[1] Peter Brown, El primer milenio de la cristiandad occidental, Barcelona, Crítica, 1997, p. 253 (La Construcción de Europa)

[2] Sobre el orden social medieval y la justificación religiosa de cada grupo social, así como de la jerarquía que ocupaban vid  Georges Duby, Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo, traducción de Arturo R. Firpo, Madrid, Taurus, 1992 [1978], 460 págs.

 

 

 

 

La recepción de la literatura clásica latina del siglo IX al XII: algunas consideraciones

Aldo A. Toledo Carrera.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Una vez obtenida la paz, el emperador Carlomagno pudo emprender las reformas que él creía necesarias para conservar la estabilidad de su reino. Siguiendo el ideal agustiniano del Cristianismo, no sólo como regeneración bautismal a nivel del individuo sino también del Estado, llamó a su corte a hombres de distintas partes del orbe —de Hispania, Italia, Galia e Inglaterra— para continuar la tan requerida renovatio studiorum que su padre, Pipino el Breve, había emprendido mas no completado. El emperador estaba convencido de que, para terminar esta renovación de los estudios, uno de cuyos objetivos principales era la formación de clérigos capaces de hacer labor exegética de las Sagradas Escrituras, era menester comenzar por la renovación del vehículo de los mismos, el latín, que tan grande deterioro había sufrido en la Iglesia durante el período merovingio. Alcuino de York, hombre de inmenso saber, fue puesto a cargo de la schola Palatina y la biblioteca de la corte para este fin. La biblioteca fue enriquecida con amplios volúmenes de la Antigüedad y los Padres de la Iglesia, procedentes de Northumbria gracias a la cultura monastica anglolatina, pilar de la supervivencia de la literatura latina. Por órdenes del emperador y bajo su celosa mirada, estas obras se copiaron en las abadías reales, con el fin de extender el saber a todas partes del imperio. Tras la muerte de Luis el Piadoso, hijo y sucesor de Carlomagno, en el año 840 y la consecuente división del reino entre sus hijos, Aquisgrán cayó en el olvido, pero su colección de volúmenes se repartió entre los nuevos núcleos del saber, donde fueron copiados ininterrumpidamente y enviados a otros centros, asegurando así la conservación del saber antiguo.

st. gall

Abadía de San Galo.

El danés Birger Munk Olsen, autor del célebre I classici nel canone scolastico altomedievale, propone en su artículo “La Réception de la Litterature Classique au Moyen Âge” la recepción de los autores de la Antigüedad en relación directa con el número de manuscritos conservados. Advierte que este trabajo está sujeto a muchas variantes, pues es un estudio que depende de la conservación del número de obras, copiadas durante la Edad Media; además, no hay que olvidar que los resultados podrían no reflejar la realidad de la existencia de las dichas copias, dado que muchas pudieron perderse por factores tan dramáticos, como una guerra o un incendio, o por otros más diminutos pero no menos destructivos, como los hongos y los ratones. Es, pues, un estudio que depende de lo que hemos conservado, no de lo que realmente hubo y el paso del tiempo destruyó. Sin embargo, esto no quiere decir que nuestros conocimientos sobre la conservación de los autores clásicos –y, por ende, de la formación del canon latino en la Edad Media occidental– estén basados en hipótesis vagas. Afortunadamente, no sólo han sobrevivido los manuscritos físicos –que, con esfuerzo, se han recuperado, especialmente a partir del humanismo italiano, asegurando su supervivencia– sino también los grandes catálogos de las bibliotecas donde se almacenaron y copiaron los autores clásicos, en espera de su inmortalización, consumada por la labor de los humanistas renacentistas. Ambos factores pueden darnos una muy buena idea sobre lo que estaba sucediendo en los scriptoria de la corte carolingia y los monasterios: a quién se leía, a quién se imitaba y quién educaba a los hombres del siglo ix en adelante.

Según la lista Diez B. 66, quizá un catálogo parcial de los libros de la biblioteca de la corte carolingia, Lucano, la Tebaida de Estacio, Terencio, Juvenal, Tibulo, el ars poética de Horacio, Claudiano, Marcial, algunos discursos de Cicerón y fragmentos de los bella e historiae de Salustio, curiosidades como Gracio con su cynegetica y Estacio con sus silvae formaban parte de la extensa lista. Los mejores manuscritos de Lucrecio y Vitruvio proceden de ahí. Al mismo tiempo, comienzan a florecer las bibliotecas de Corbie y Tours, que, luego de la decadencia de Aquisgrán, tomarían su lugar. En ambas, por ejemplo, se copió un manuscrito italiano del siglo V de Livio, que se encontraba, seguramente, en la biblioteca carolingia. Corbie, además, albergó una gran colección de Cicerón, Livio, Salustio, Columela, Séneca el Mayor, Plinio el Joven, el bellum Gallicum de César ―obra, por lo más, poco copiada en los scriptoria medievales―, ad Herennium, Macrobio, Estacio, Marcial, las Heroidas y Amores ovidianos ―otra obra de poca difusión durante este período―, Terencio, Vitruvio y Vegecio. Otras colecciones iban, poco a poco, acrecentando su acervo para, luego, competir con San Martín de Corbie: Fleury, Ferrières, Auxerre, Lorsch, Reichenau y San Galo.

Volviendo al trabajo de Munk Olsen, para su investigación eligió el período entre los siglos ix y XII, puesto que los catálogos de esta época son más exhaustivos y arrojan datos más certeros. Además, elaboró una tabla en la que enumera el total de manuscritos conservados de autores clásicos, limitándola a aquellos que sean más de cincuenta.

Siglo

 

Gracias a esta información, pueden concluirse diversos aspectos sobre la recepción de la literatura latina:

1)    Virgilio, considerado —al menos en el siglo IX— un profeta precristiano que anunciaba la llegada de Cristo, era el único autor pagano cuyas tres obras eran ávidamente estudiadas y convivían con los poetas cristianos Prudencio, Próspero y Sedulio. Esto se refleja en el número, siempre alto, de manuscritos a través de cuatro siglos. Puede verse, además, la preferencia creciente de la Eneida sobre las otras dos obras, los georgica y las eclogae, copiadas aparte por su extensión. Este proceso fue esencial en la formación de un canon y se volvió una tendencia que, hasta el día de hoy, perdura. Curiosamente, en el caso de las otras dos obras, la preferencia está invertida el día de hoy: los georgica son la obra menos estudiada de Virgilio.

2)    Los poetas, no los prosistas, son los educadores latinos paganos de la Edad Media, cuyo estilo y vocabulario permea incluso en la prosa. Virgilio, Lucano, Horacio, Juvenal, Persio y, en último lugar, Ovidio tienen un lugar preponderante en la labor de los scriptoria y el estudio del latín. Al contrario de lo que popularmente se dice acerca de cómo el Cristianismo prohibía la lectura de libros “poco edificantes”, por no decir “impropios de acuerdo con la doctrina cristiana”, esta lista muestra lo contrario: las muchas veces salaces Sátiras de Horacio tienen una posición privilegiada sobre muchos otros autores paganos e, incluso, sobre otras de sus obras; pero, como puede deducirse del número casi constante, todas sus obras solían copiarse en el mismo grupo de folios. Juvenal es más copiado y leído que el moralista Terencio. Las Metamorfosis es la única obra de Ovidio que aparece en la lista y está en los últimos lugares pero, aun con su contenido pagano lleno de traiciones, incestos y estupros, no pueden preterirse; las Heroidas y los Amores descansaban en los estantes de Corbie. La guerra fratricida de la Tebaida de Estacio era un favorito de la Edad Media, un autor cuya épica, junto con la de Virgilio, era digna de imitarse; de sus Silvas sabemos, al menos, que estuvieron entre las colecciones de la corte de Aquisgrán, pero fuera de ahí tardaron mucho tiempo en ver de nuevo la luz. En el mismo tenor, se encuentra la Farsalia de Lucano, la gran obra poética y retórica sobre la guerra civil, en la que el enemigo de Roma era Roma misma. Es cierto que, en el ramo eclesiástico, muchos, siguiendo a San Benito, levantaron no pocas veces la voz contra la lectura de los paganos por ser perjudicial a la doctrina cristiana institucionalizada, pero eso no impidió que se continuara la labor, comenzada en época carolingia, de reproducción de textos de la Antigüedad Clásica.

3)    Cicerón y Salustio son los únicos prosistas que figuran en la lista. Del primero, sin embargo, no resaltan sus discursos ni las cartas ―las que fueron un redescubrimiento de Petrarca― sino su obra oratoria y filosófica: el de inventione y su espuria rhetorica ad Herennium fueron los manuales para la enseñanza del trivium, pues Quintiliano todavía permanecería unos siglos esperando ser encontrado y ampliamente estudiado por Poggio Bracciolini; el de officiis, por su parte, representa la discusión filosófica junto con su tratado sobre la amistad, el Laelius; finalmente, el somnium Scipionis se copiaba y leía separado del de republica, venía usualmente acompañado del comentario de Macrobio y se copiaban ambos en los mismos folios. Salustio es el único historiador de amplia difusión en la Edad Media.

4)    También se encuentra una curiosidad de la Antigüedad: el poco conocido texto de Solino, los mirabilia, un resumen de la geografía que describe Plinio en su historia naturalis. La obra de Plinio el Viejo era tan extensa que difícilmente se copiaba íntegra, pues ocupaba demasiados folios, material muy preciado en la Edad Media.

5)    Las dos obras que no pertenecen al uso escolar son las epistulae ad Paulum de seudo-Séneca y las epistulae ad Lucilium, éstas sí del filósofo romano. Autor muy querido por los cristianos por su estoicismo, doctrina asimilada en muchos aspectos por los escritores cristianos, gozó de gran prestigio durante la Edad Media, en detrimento de su obra “científica”.

A pesar de todo, esta lista es muy pequeña en comparación con la gran cantidad de obras, de los mismos autores clásicos, que no se han mencionado aquí. ¿Qué pasó con ellas? ¿Dónde estaban? Muchas de ellas quedaron en las estanterías de las bibliotecas, esperando ser encontradas. El gran historiador Livio quedó desmembrado en diferentes partes de Europa: su quinta década, copiada en el monasterio de Lorsch, es la única fuente que tenemos. Su biblioteca albergaba, además, una de las raras copias de las epistulae de Cicerón, y copias del norte de Italia de el de beneficiis y de clementia de Séneca, entre otros. El único manuscrito medieval superviviente de los Argonautica de Valerio Flaco fue copiado en Fulda. De aquí mismo, salieron los libros 1–6 de los annales de Tácito, para luego ser conservados en Corvey. Fleury fue un centro importante para Quintiliano y el bellum Gallicum. Ejemplos como éstos hay muchos. Sin embargo, no gozaban la misma seguridad que las obras mencionadas en la lista incluida en este trabajo, pues el único manuscrito carolingio de alguna obra, almacenado en alguna biblioteca sin ser copiado, era susceptible de desaparecer para siempre ante cualquier accidente: Catulo, Propercio, Petronio y Tácito estarían perdidos de haber sido así.

Cubierta de marfil dle Evangelario, c. 810, Carolingian, Victoria and Albert Museum

Cubierta de marfil dle Evangelario, c. 810, Carolingian, Victoria and Albert Museum

 

Bibliografía

Bischoff, Bernhard, Paläographie des römischen Altertums und des abendländischen Mittelalters, Berlin: Erich Schmidt Verlag, 2009.

Bowen, James, A History of Western Education, vol. II, Londres: Methuen & Co Ltd, 1975.

Hildebrandt, M. M., The External School in Carolingian Society, Leiden: E.J. Brill, 1992

Munk Olsen, Birger, “La réception de la littérature classique grecque et latine du ixème au xiième siècle. Une étude comparative”, Classica, Brasil: 19.2, 167-179, 2006.

Reynolds, Leighton D. y Nigel G. Wilson, Copistas y Filólogos, Madrid: Gredos, 1986.

Robert A. Hall y la reconstrucción del proto-romance

Rubén Borden Eng.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Uno de los procedimientos más conocidos en el ámbito de la lingüística histórica es, sin duda, el del método comparativo que tiene por objeto la reconstrucción de lenguas hipotéticas sobre las que no hay evidencia directa. Estas lenguas, también conocidas como proto-idiomas, se reconstruyen con base en los rasgos comunes que arroja la comparación sistemática de un conjunto de idiomas relacionados genéticamente. A grandes rasgos, el éxito de cualquier reconstrucción depende básicamente del material disponible y de la capacidad que posee investigador para identificar los procesos de cambio ocurridos en la historia de las lenguas que se comparan. En las discusiones sobre el grado de certeza de las reconstrucciones, algunos investigadores han hecho hincapié en el carácter hipotético de la empresa, insistiendo en que se trata de fórmulas prefabricadas a partir de los ejemplos de las lenguas comparadas, debido a que el método comparativo de reconstrucción no toma en cuenta factores como la variación dialectal o el contacto entre las lenguas emparentadas, una vez que éstas se han desprendido de la lengua originaria. Sin embargo, otros ven en las reconstrucciones intentos genuinos por recuperar algunas de las características que realmente tuvo una determinada “lengua madre”, conscientes de que sólo se trata de aproximaciones hipotéticas que de algún modo permiten explicar diversos procesos de cambio (fundamentalmente a nivel fonológico y morfológico).

En el campo de la lingüística románica, la reconstrucción del proto-romance sirvió para añadir una posibilidad más a las opciones propuestas sobre el origen de este grupo de lenguas. Como se sabe, actualmente casi todos los manuales de lingüística y filología románica coinciden en afirmar que las lenguas romances no provienen del llamado latín clásico o sermo urbanus, ni del latín medieval carolingio, sino del latín vulgar, también denominado sermo quotidianus, plebeius o vulgaris, que, en términos generales, correspondía al latín hablado por la gente de las provincias y que, en comparación con el latín clásico, ofrecía una notable economía formal. Sin embargo, uno de los principales problemas que ofrece la aceptación del latín vulgar como punto originario del desarrollo de las lenguas romances deviene del amplio marco temporal, geográfico y social al que se vincula, ya que los términos sermo vulgaris y sermo plebeius no definen claramente las posibilidades de la estratificación social o geográfica a las que se aplican. Asimismo, el latín vulgar, al ser considerado por la mayoría de los romanistas como un antecedente directo del italiano y de las lenguas romances occidentales, estaría próximo a una especie de proto-romance italo-occidental, más que a la lengua originaria de todo el grupo, y en este sentido es que adquiere importancia la reconstrucción de un proto-idioma a partir de los datos que ofrece no únicamente el latín, sino también algunas de las lenguas más representativas del grupo. Básicamente, al aplicarse el método comparativo de reconstrucción al caso de las lenguas romances, lo que se pretende es generar una lengua hipotética a través de la cual sea posible identificar aquellos puntos de contacto y divergencia que presenta el grupo románico.

Antifonario de León (siglo XI), fl 1v. Catedral de León.

Antifonario de León (siglo XI), fl 1v. Catedral de León.

Uno de los trabajos más notables en la reconstrucción del proto-romance es el que realizó Robert A. Hall en la segunda mitad del siglo xx con dos obras que se convirtieron en referente ineludible para el estudio de la reconstrucción lingüística aplicada a este grupo de lenguas. Nos referimos, por supuesto, a Proto-romance phonology (1978) y Proto-romance morphology (1983). En ambas, el autor propone la reconstrucción del proto-romance a través de exhaustivas comparaciones entre el sardo, el rumano, el italiano, el francés, el catalán, el español, el portugués y el latín.

Como puede verse en la tabla 1, Robert A. Hall siguió todos los principios básicos del método comparativo, al contrastar formas cognadas de un conjunto representativo de lenguas y aplicar sobre éstas la regla de “el mayor gana”, para ofrecer una proto-forma reconstruida (marcada con *) que se sustenta en los propios datos comparados. Así pues, en la tabla 1, aunque el objetivo es mostrar la resistencia al cambio que posee el fonema bilabial nasal /m/ en posición intervocálica, la misma lista de ítems da cuenta de algunos aspectos concernientes al comportamiento de otros segmentos, como la aspiración de /f/ en español, la diptongación de /a/ en francés, la sustitución de la cantidad vocálica o la monoptongación del diptongo /uo/ del latín.

Tabla 1. Lista de cognadas para la reconstrucción del fonema bilabial nasal */m/ en posición intermedia (Hall, 1976: 82).

Sard.rámufúmutráma
Rum.——-fúm(u-)tráməkúm
It.rámofúmotrámakó^mo
Fr.ráimfúmtráiməkó^m
Cat.rámfúmtráməkó^m
Span.rrámohúmotrámakó^mo
Port.rámufú^mutrámakó^mo
PRom.*rámu*fú^mu*tráma*kó^mo
Lat.ra:mu-fu:mu-tra:makuo:modo:

En el caso de la morfología, el procedimiento es muy similar: se toma una lista de ítems cognados, sobre los cuales se hacen observaciones sistemáticas que permiten identificar los puntos de contacto y divergencia para un tema concreto, en este caso, los sufijos de persona que actúan sobre la inflexión en verbos de la primera conjugación en presente de indicativo y voz activa. Como en el caso anterior, en la tabla 2, los ejemplos por sí mismos permiten identificar un número considerable de procesos que atañen no sólo a las vocales, sino también a las consonantes y a los elementos suprasegmentales, como el cambio de cantidad o la nasalización de la /a/ en el caso del portugués.

Tabla 2. Lista de cognadas para la reconstrucción del sistema de inflexión verbal correspondiente a verbos de la primera conjugación en presente de indicativo voz activa (Hall, 1983: 43):

Sard.kántokántaskántatkantámuskantátiskántat
Rum.kíntkínzkíntəkintémkintázkíntə
It.kántokántikántakantámokantátekantáno
Fr.chántchántəschántəchantónschánrǽzchántənt
Cat.kántkántəskántəkantámkantáukántan
Span.kántokántaskántakantámoskantádeskántan
Port.kã´ntokã´ntaskã´ntakãntámoskãntádeskã´ta
PRom.*kánto*kántas*kántat*kantámus*kantátis*kántat
Lat.kanto:kanta:skantatkanta:muskanta:tiskantant

El asterisco que antecede a cada una de las reconstrucciones dadas en el caso del proto-romance indica precisamente que se trata de una forma reconstruida sobre la que no existe evidencia documental, pero que bien sirve para explicar la tendencia en el desarrollo de todo el paradigma verbal al interior del grupo románico (o al menos en algunas de sus lenguas más representativas). Dicho en otros términos, la protoforma debe ajustarse a las características que posee la mayoría de los ítems cognados dentro del esquema de comparación.

Aunque las obras de Robert A. Hall en su momento recibieron diversas críticas, debido quizá a que muchos estudiosos hubieran querido ver menos espacio dedicado a las tablas comparativas y más a la discusión profunda sobre los problemas que intervienen en el desarrollo de las lenguas romances, el objetivo primordial del autor estaba centrado en la posibilidad de que todo aquello que se pudiese reconstruir con base en los modernos idiomas románicos debería corresponder necesariamente a un tipo de lengua intermedia entre el latín escrito y las modernas lenguas románicas. El trabajo de Robert A. Hall es importante sin duda, debido que ofrece una gran cantidad de información para identificar evidentes procesos de cambio en el sistema fonológico y morfológico que distingue al latín de las lenguas romances, sin embargo, el reto actualmente no está en decir que la vocal baja central de la raíz PRom. *kánt- se convirtió en una vocal alta anterior en la raíz del Rum. kínt-, sino en explicar detalladamente por qué ocurrió ese cambio, tomando en cuenta la relación interdependiente que existe entre los distintos niveles de un sistema lingüístico, en el entendido de que un fenómeno fonológico determinado puede explicarse en parte por sus condiciones morfológicas y viceversa.

En resumen, el meollo de la reconstrucción del proto-romance, no tiene que ver tanto con la comprobación de los datos y su grado de realismo, sino más bien con los medios a través de los cuales es posible establecer un proto-idioma que permita explicar la gran cantidad de procesos que intervinieron en la conformación de estas lenguas. En cierto modo, la esencia de la reconstrucción lingüística es, precisamente, la de enfrentarse a la posibilidad de generar hipótesis que expliquen procesos de cambio sobre los que no tenemos, y probablemente nunca tendremos, evidencia clara y confiable. Si bien esto podría parecer un extremo en el caso de lenguas tan bien documentadas como las románicas, la aplicación del método comparativo y la reconstrucción del proto-romance, debido precisamente a la inmensa cantidad de materiales de los que se dispone, arrojan datos de suma importancia para el conocimiento no únicamente de ese grupo de lenguas, sino también para la evaluación del método comparativo en sí mismo, dado que, finalmente, de una forma u otra, la mayoría de los investigadores están convencidos de que el latín (clásico, vulgar, tardío, carolingio, etc.) es la evidencia más próxima de la que se tiene noticia sobre aquel lejano ancestro de las lenguas románicas antes de su fragmentación.

 

Bibliografía

Fox, Anthony, Linguistic Reconstruction. An Introduction to Theory and Method, Oxford University Press, 1995.

Hall, Robert A., Proto-romance phonology, Elservier Publishing Co., Amsterdam, 1976.

–, Proto-romance morphology, John Benjamins Publishing Co., Amsterdam, 1983.

Ponsser, Rebeca, The Romance Languages, Cambridge University Press, 1996.

Robert L. Rankin, “The Comparative Method”, The Handbook of Historical Linguistics, Edited by Brian D. Joseph and Richard D. Janda, Blackwell, Malden, 2003, pp. 183 -210.

 

voynich-4-full

El no-leído: el misterio del manuscrito Voynich [1]

Reed Johnson [2]

Traducción de Ana Carolina Abad.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Guardado en un acervo de libros raros en la Universidad de Yale, existe un manuscrito de finales de la Edad Media, escrito e ilustrado con vívidos dibujos de línea que han sido coloreados -a veces burdamente- con aguada. Estas ilustraciones van desde lo fantástico (legiones de grandes flores que no tienen relación con ninguna especie o variedad conocida) hasta lo bizarro (mujeres desnudas, posiblemente embarazadas, retozando en lo que parece un parque de diversiones con toboganes del siglo XV). Con sus vientres distendidos, delgados brazos y piernas y expresiones serias, las figuras desnudas son caprichosas, aún cuando su anatomía esta representada con franqueza –algo inusual en esa época. Los dibujos botánicos del manuscrito no son menos extraños: las plantas parecen ser quiméricas pues combinan partes incompatibles de diferentes especies e, incluso, de diferentes reinos. Raíces esféricas con tentáculos que toman forma de animales o de órganos humanos –de una de estas plantas brotan dos cabezas incorpóreas con expresiones de enfado. Pero, quizá, lo más raro de este libro es que nadie nunca lo ha leído.

Esto se debe a que el libro –conocido como manuscrito Voynich por el vendedor de libros raros que lo encontró hace un siglo– está escrito en una lengua desconocida, con un alfabeto que no aparece en ningún otro lugar más que sus páginas. El sistema de escritura es extrañamente bello, lleno de bucles y curvas fluidas. Una serie de letras distintivas, llamadas “patíbulos” por su forma, a veces se unen con otras letras o han sido embellecidas con elaboradas florituras, obra del escribano. El significado de estos glifos –ya sea información fonética, valores numéricos u otra cosa– es una suposición. Por sus ilustraciones, el manuscrito parece ser un compendio de conocimiento relacionado con el mundo natural; incluye una sección sobre plantas, otra que aparentemente detalla procesos biológicos, varios esquemas zodiacales y páginas dedicadas a los movimientos de cuerpos celestiales, como el tránsito de la Luna a través de las Pléyades. La escritura fluye suavemente de una letra a la siguiente; con base en la caligrafía se piensa que pudo haber sido el trabajo de por lo menos dos y hasta ocho escribanos experimentados, y que posiblemente requirió de años de trabajo.

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Supe del manuscrito Voynich por primera vez en 2010. Estaba terminando una Maestría de Bellas Artes (Master of Fine Arts), especializada en literatura de ficción, en la Universidad de Virginia y, anticipando las funestas expectativas laborales, había decidido escribir un thriller al estilo de Dan Brown. Se trataba del “Libro M”, una especie de enciclopedia apócrifa de sabiduría esotérica, escrita a principios del siglo XV en un “lenguaje y letras mágicas” por Christian Rosenkreuz y los otros siete fundadores de la orden Rosacruz. El protagonista de la novela descubre que el Voynich, que data del mismo periodo, era de hecho el “Libro M”, largamente desaparecido, cuyos secretos, si eran descubiertos… bueno, ustedes conocen la trama. Pasé un sofocante verano en Virginia tratando de aprender como escribir un thriller barato (es más difícil de lo que parece) mientras dedicaba más y más tiempo a estudiar el Voynich. Hice un facsímil electrónico para mi iPad, usando imágenes de sus páginas en alta resolución, y pasé horas –que se convirtieron en días y semanas– revisando sus páginas, cautivado por los más insignificantes detalles de los márgenes. Un pequeño dibujo de un cadáver sosteniendo su estómago cerca de trozos desechados de comida, en el folio 66r, me impulsó de inmediato a ir a la biblioteca de la universidad para investigar sobre plantas venenosas, lo que me condujo a consultar farmacopeas medievales, lo que a su vez me llevó a indagar sobre las rutas comerciales entre Europa e India, transitadas por mercaderes árabes.

Al final del verano, no había logrado avance alguno en mi novela. Pero me sentía más cerca que nunca de descifrar el Voynich.

***

No era el único que creía que podía desentrañar los secretos del libro. La primera persona que sabemos poseyó el manuscrito fue el emperador del Sacro Imperio, Rodolfo II, que estaba tan interesado en él que lo compró a su dueño anterior por seiscientos ducados –alrededor de 90 mil dólares actuales. (De acuerdo con estudios de radiocarbono, el libro tenía alrededor de dos siglos de edad cuando el emperador lo compró). Rodolfo era un fanático de lo inusual –coleccionaba enanos y conformó un regimiento entero de su ejército con “gigantes”. Su fijación con la alquimia y lo oculto hizo que, durante su reinado, Praga se convirtiera en el principal centro de indagaciones místicas y protocientíficas.  Una figura importante de la corte de Rodolfo fue Jacobo Horcicky de Tepenec, el farmaceuta imperial, guardián de los jardines reales y el siguiente dueño del manuscrito Voynich. Tepenec había ganado los favores del rey cuando lo curó de una grave enfermedad. Había fabricado y vendido un élixir que era tan demandando que se convirtió en una especie del barón del aceite de serpiente del Renacimiento; era tan rico que el mismo emperador le pedía préstamos.

Casi todo lo relacionado con el manuscrito Voynich ha sido objetado a lo largo de los años y sus dueños no han sido la excepción. Pero hace una década, el infatigable experto en el Voynich, René Zandbergen (en cuya investigación me basé para escribir esto), estaba revisando unos archivos del siglo XVII cuando se topó con una carta que identificó al siguiente dueño del manuscrito: Georg Baresch, un alquimista que vivió en Praga durante la primera mitad del siglo XVII, quien pasó veinte años intentando descifrar su escritura. Desesperado por encontrar una solución, el alquimista mandó algunas páginas de muestra a un criptoanalista célebre en esos días, un erudito jesuita radicado en Roma llamado Athanasius Kircher, quien –incorrectamente, según se supo después– afirmaba haber descifrado los jeroglíficos del antiguo Egipto. El manuscrito intrigó a Kircher y trató de convencer a Baresch de cedérselo. Baresch se negó. Sin embargo, un amigo de Baresch, Marci, quien heredó el manuscrito, fue quien finalmente lo cedió al jesuita. Marci era un científico reconocido, médico del sacro emperador romano, a pesar de que en algún momento se le consideró hereje por sus especulaciones sobre la concepción y el desarrollo del embrión humano. En una carta que acompaña el manuscrito Voynich, Marci describe la obsesión de descifrar el manuscrito de su difunto amigo: “Para descifrarlo trabajó incansablemente, como es evidente en sus intentos que aquí le envío, y sólo renunció a la esperanza de lograrlo cuando murió.”

Si Kircher hizo algún progreso en el desciframiento del manuscrito no lo sabemos; después de que el libro llegó a Roma, fue escondido en los archivos jesuitas por casi tres siglos. Durante la supresión de la orden jesuita por la Iglesia, el manuscrito pudo haber sido trasladado a la biblioteca personal de la cabeza de la orden, Peter Beckx, para evitar que fuera confiscado por el papa. El ex-libris de Beckx adornaba el libro cuando Voynich lo compró en 1912.

Puede escribirse mucho sobre Wilfrid Voynich. Este polaco, que vivía en la Rusia imperial, fue encarcelado en Siberia por sus actividades revolucionarias. Escapó, vía Manchuria y China, a Londres donde conoció a su futura esposa Esther Boole, hija del famoso matemático George Boole, quien se convirtió en un famoso novelista. Boole estaba involucrada en las actividades revolucionarias rusas en Londres; se rumoraba que  la librería que Voynich y ella abrieron era un frente secreto para organizarse en contra del régimen zarista. Cualquiera que haya sido la razón para que Voynich entrara al negocio de los libros raros, parece ser que se asumió como librero y destacó como tal. Durante un viaje de negocios a un lugar que, en una conferencia sobre el manuscrito en 1921, describió vagamente como “un antiguo castillo en el sur de Europa” (más tarde identificado como Villa Madragone, en las afueras de Roma), Voynich se topó con el “manuscrito codificado” e inmediatamente reconoció la importancia del libro. Basándose en la carta de Marci, hallada en el manuscrito, Voynich se convenció de que el libro había sido escrito por el brillante fraile franciscano inglés del siglo XIII, Roger Bacon. Y, creyendo que probando la autoría de Bacon podría conseguir un alto precio en alguna subasta, Voynich contrató a William Newbold, profesor de filosofía en la Universidad de Pennsylvania y entusiasta criptógrafo, para que intentara descifrarlo.

La historia de Newbold ilustra perfectamente el perverso influjo que el libro tenía sobre sus posibles conquistadores: el profesor pasó los últimos años de su vida, mientras su visión disminuía progresivamente, trabajando en una posible solución que consistía en observar el texto a través de lupas y copiar los patrones de tinta que parecían formar cada letra –pequeños garabatos que Newbold creía eran el verdadero texto, escritos en un código formado por microgramas y anagramas. Aunque, en retrospectiva, este método parece absurdo (los garabatos se habían formado naturalmente cuando la tinta se secó y  craqueló), es un ejemplo de las muchas supuestas soluciones al manuscrito Voynich, que implicaron años de duro trabajo y una buena dosis de ilusión.

Una de las personas que ayudó a desacreditar las teorías de Newbold fue un hombre llamado William Friedman. Quizá el más importante criptólogo de la época moderna, Friedman fue el responsable de descifrar del Código Púrpura japonés durante la Segunda Guerra Mundial y colaboró en la creación de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos [Nacional Security Agency], al convertirse en su primer criptólogo en jefe. Friedman descubrió la decodificación a través de su futura esposa, Elizebeth, talentosa criptoanalista, mientras vivían en una granja sin gracia en el Medio Oeste de Estados Unidos, propiedad de un excéntrico millonario que les pagaba por analizar las obras de Shakespeare en busca de códigos ocultos que revelarían que su verdadero autor era Sir Francis Bacon (la pareja probó que la teoría era falsa). En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, William y Elizebeth Friedman reunieron a un grupo de expertos, que esperaban les concedieran su licencia, y juntos dedicaron mucho tiempo a decodificar el Voynich. Pero después de tres décadas de esfuerzos, Friedman declaró que era imposible descifrar el código del manuscrito. Astutamente, ocultó su teoría en una nota al pie de página, en forma de anagrama, incluida en un artículo que no tenía ninguna relación con el manuscrito: afirmó que el Voynich era un ejemplo de una lengua construida o “artificial”, a pesar de estar datada antes de que este tipo de lenguajes se crearan en el mundo occidental.

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Si las multitudes tienen alguna sabiduría, es posible que pronto veamos los frutos del más reciente proyecto para descifrar el manuscrito Voynich: crowdsourcing.[3] Una comunidad en línea ha crecido alrededor del manuscrito, fomentada por una red de blogs y una lista de contactos (Listserv) frecuentemente malhumorada. En esta lista se encuentran historiadores del arte –aficionados y profesionales–, programadores, lingüistas, físicos teóricos, carpinteros y veteranos discapacitados, que intercambian teorías y observaciones sobre el manuscrito. Un cerrajero retirado se comunica con la lista en un código tipo CamelCase.[4] A pesar de que el grupo es geográficamente diverso y se reciben mensajes a todas horas del día, procedentes de diversas zonas horarias, la mayoría de los miembros del grupo parecen ser varones, mayores de 50 años y bastante excéntricos. En el grupo, nadie adoctrina a nadie: todos estamos felices de pasar horas debatiendo los más insignificantes detalles de la fabricación de pergamino o discutiendo si el manuscrito no es más que una broma.

De hecho, la teoría de que el manuscrito es un fraude surge frecuentemente. El texto misterioso no puede resolverse –o, al menos, ese es el sentimiento general– porque no hay nada que resolver. Es decir, el libro es falso, elaborado ya en tiempos modernos ya en la Edad Media, y contiene en sus paginas símbolos sin significado.

La hipótesis sobre la falsedad del manuscrito no puede descartarse. Pero, si el Voynich es falso, está muy bien hecho. Un estafador del siglo XX debió conseguir 120 hojas de pergamino en blanco de 600 años de antigüedad, anticipando la invención de la datación por radiocarbono (que no existía cuando el manuscrito reapareció en 1912). Los académicos se mantienen divididos en cuanto a si el texto tiene significado o no. Sin embargo, la distribución de las letras y las palabras es todo menos fortuita, así lo demuestran el estudio estadístico de los rasgos, que generalmente se llevan a cabo en textos escritos en lenguas naturales –estudios que no se descubrieron sino hasta la década de 1930. Aún cuando no se ha descifrado una palabra, estudios recientes han mostrado que diferentes vocabularios coinciden con la división del manuscrito en secciones como la “herbal” y la “astronómica”, de modo que ciertas palabras que se encuentran en la sección con ilustraciones de plantas no aparecen cerca de los diagramas astronómicos y viceversa –exactamente lo que se espera en un importante texto organizado por temas.

Si bien muchos aficionados al Voynich rechazan la idea de que el texto no es significativo, la razón es tanto emocional como académica. Todos nosotros hemos dedicado tanto tiempo intentado descifrar el texto –algunos personas han estado en la lista por décadas– que sería una tragedia si se descubre que es un sinsentido. El origen del impulso por descodificar el documento es un profundo deseo secreto de encontrar un significado trascendente. Por lo menos, descubrir algo más que un sinsentido o una lista de compras o un registro de chistes obscenos de los monjes de 1426.

Pero por mucho que cada uno de nosotros se esfuerza por el ser el que descifre el código, pienso que pocos de nosotros en verdad quiere que el misterio se resuelva. Wilfrid Voynich estaba equivocado al pensar que descifrar el manuscrito lo volvería más valioso: la resistencia del libro a ser leído es lo que lo distingue. Indescifrable, el manuscrito existe en una especie de indeterminación cuántica –un espacio no definido que se reduciría a un solo significado en el momento en que el texto sea, finalmente, dimensionado y comprendido. No importa cuán emocionante pueda ser el texto, seguirá siendo una decepción por haber sido completado, clausurado -es decir, por ya no ser un misterio.

Nunca terminé mi novela sobre el manuscrito. Dudo que algún día lo haga. Tampoco estoy más cerca de decodificar el Voynich. Eso lo logrará alguien más, una persona más comprometida con ese tipo de cosas. Pero hasta entonces, disfrutaré el vivir en un mundo donde, a pesar de todos los gadgets y los avances tecnológicos, un libro de 600 años permanece ilegible y sin ser leído.

[1] Este texto fue publicado en el blog Page-Turner de la revista New Yorker el 9 de julio de 2013. Aquí la versión original http://www.newyorker.com/online/blogs/books/2013/07/the-unread-the-mystery-of-the-voynich-manuscript.html

[2] Reed Johnson es profesor de lengua y literatura eslava en la Universidad de Virginia; está trabajando en una nueva novela que no tiene nada que ver con el manuscrito Voynich.

[3] crowdsourcing es la práctica en la que se obtienen servicios, ideas o contenidos solicitando contribuciones a un gran grupo de personas, especialmente a una comunidad en línea, en vez hacerlos mediante el contrato tradicional a empleados y proveedores. Según el sitio de Merriam-Webster, la palabra se originó en 2006 por la unión de crowd (multitud) y outsoucing (subcontratación)]

[4] Escritura, común entre los programadores, donde cada elemento de una palabra completa o frase se escribe con mayúscula. Algunos ejemplos son PowerPoint, iPhone, etc. 

Acerca de la Collatio laureationis de Francesco Petrarca

José Luis Quezada Alameda.

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

La ceremonia y sus antecedentes

El 13 de abril de 1341, a la edad de 36 años, Francesco Petrarca fue coronado en el Capitolio de Roma con el laurel poético. Este evento que ha sido considerado por muchos como símbolo del inicio del Humanismo, es sin duda uno de los sucesos más espectaculares y fastuosos en que se haya visto involucrado literato alguno. Sin embargo cuando esta coronación se llevó a cabo, Petrarca había dado a conocer apenas unos cuantos poemas en latín, 15 para ser precisos, que conforman un total de 1386 versos. Además de haber iniciado la composición de una compilación histórica de biografías intitulada De viris illustribus y de la epopeya Africa, había escrito algunas rime, es decir, poesías en lengua vulgar, pero es imposible pensar que debido a éstas se le coronó. Este hecho nos indica ante todo que el título honorífico de poeta laureatus le fue concedido no tanto por su talento poético, ya que su incipiente obra literaria era apenas conocida por unos cuantos, sino por las estrechas relaciones que mantenía con personajes poderosos de su tiempo.

Los detalles en torno a la coronación y a los hechos que la antecedieron nos son ofrecidos por Petrarca mismo en muy diversos lugares de su obra[1]. En primer lugar, el laureado poeta nos narra en la epístola Posteritati de qué manera en un solo día recibió cartas tanto de Roma como de París en las que se le invitaba para ser coronado. Después de pedir consejo a su amigo y protector principal en esa época, Giovanni Colonna, Petrarca aceptó el ofrecimiento del Senado romano y desde su casa de campo en Vaucluse, Francia, emprendió el viaje hacia Nápoles para encontrarse allí con el rey Roberto de Anjou. Durante tres días el monarca angevino lo interrogó para decidir si era merecedor o no del laurel poético. En esas entrevistas discutieron fundamentalmente de Virgilio, de poesía, y Francesco le dio a conocer al rey algunos fragmentos de su Africa, Roberto mostró un gran entusiasmo por los versos que escuchó y solicitó que el poema le fuera dedicado. Petrarca aceptó la petición y tiempo después añadió al inicio de su epos los versos que contienen la dedicatoria al rey de Nápoles y Sicilia. Roberto de Anjou, complacido y satisfecho con las dotes poéticas de Franciscus Petracchi, dio su consentimiento para que la coronación fuera llevada a cabo. De esta forma Francesco Petrarca, princeps humanistarum, fue coronado en el Capitolio romano como magnus poeta et historicus por el senador Orso d’Anguillara. En ese momento le fue entregado también el Privilegium lauree, una suerte de título profesional que contenía las prerrogativas otorgadas al poeta, es decir, la posibilidad de enseñar poesía e historia en cualquier universidad y la concesión de todos los derechos y privilegios propios de un maestro de las artes liberales.

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Francesco Petrarca, “Trionfi , Canzoniere”, fl.13. Bibliothèque nationale de France, Mns. Italien 1019.

Del discurso

Para la solemne ceremonia Petrarca compuso el discurso conocido como Collatio laureationis. En esta composición son citados los siguientes autores: Cicerón, Claudiano, Estacio, Horacio, Juvenal, Lactancio, Lucano, Macrobio, Ovidio, Persio y Virgilio. El discurso comienza con estos versos de las Geórgicas (III, 291-292) de Virgilio: “Sed me Parnasi deserta per ardua dulcis / raptat amor”. Partiendo de la idea de que para el poeta es inevitable componer versos, así sea muy elevado, delicado o complejo el tema que se ha de tratar, Petrarca prosigue con su disertación, la cual puede dividirse sumariamente en tres partes: la primera es una discusión en torno a la dificultad de la labor poética originada a partir de los citados hexámetros virgilianos; la segunda trata sobre el carácter alegórico de la poesía; en la tercera se habla sobre las recompensas que obtiene el poeta debido a su labor. En este sentido, quizá el punto más importante del texto es la revaloración que Petrarca, basado en los Auctores, hace de la figura del poeta y de la poesía misma dentro un contexto histórico determinado, en este caso el suyo: la Italia aún medieval del siglo XIV.

Intertextualidad

Es conveniente señalar la estrecha relación que existe entre la Collatio laureationis y otros textos de Petrarca y también de otros autores. Un primer texto que debe ser mencionado es el canto IX del Africa donde Ennio y Escipión discuten sobre la naturaleza alegórica de la poesía en términos muy similares a los de la Collatio laureationis. La siguiente obra importante con la que la Collatio está relacionada es el De vita et moribus Domini Francisci Petracchi de Florentia cuyo autor es el più grande discepolo de Petrarca: Giovanni Boccaccio. En ésta que es una de las primeras biografías del cantor de Laura de las que hay noticia, Boccaccio recupera una gran cantidad de elementos utilizados por Petrarca, sobre todo en lo referente a la naturaleza de la poesía, además de que las coincidencias verbales son en muchos casos sorprendentes. Finalmente un tercer texto importante en este trabajo es la oración ciceroniana Pro Archia poeta, discurso en el que encontramos no pocas coincidencias con la Collatio laureationis motivadas por el tema mismo del cual se trata en ambos casos, es decir, la poesía, y por otro lado también por el hecho de que uno de los varios descubrimientos filológicos que Petrarca hizo fue el hallazgo en Lieja, no mucho tiempo antes de su coronación, de este discurso desconocido hasta entonces por el mundo medieval[2].

La Collatio laureationis y el mundo clásico

La Collatio laureationis es una obra especialmente atractiva desde el punto de vista de las Letras clásicas, sobre todo por la abundante cantidad de citas de autores latinos que Petrarca introduce, citas que a su vez reflejan el conocimiento que el aretino tenía de la tradición grecolatina, aun conociendo muy poco de la lengua griega. Este bagaje cultural, por llamarlo de algún modo, y la capacidad por parte del autor para justificar o apoyar sus argumentos en autores antiguos están magistralmente plasmados en este breve texto. Es importante también señalar que en esta recuperación del saber antiguo, Petrarca antecede, como en varias otras cosas, a los futuros humanistas.


[1] Véase al respecto el muy reciente artículo de J. De Keyser, “The Descendants of Petrarch’s Pro ArchiaClassical Quarterly 63 (2013), pp.292328.


[2] Especialmente la Epystola II, 1, en la que describe con gran detalle la ceremonia misma, vid. Rime, Bigi/Ponte (edd.) Opere di Petrarca pp. 382-386 y Epistulae Metricae. Briefe in Versen pp. 112-117.

Francisco de Araoz y su «De bene disponenda bibliotheca (Madrid, 1631)»

Israel Álvarez Moctezuma.

Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.

En su epístola dedicatoria a Felipe III, Sebastián de Covarrubias situaba el proyecto de su Tesoro dentro de una perspectiva que pretendía convertir el estudio etimológico de la lengua española en la presentación de un diccionario, que vinculaba estrechamente la excelencia de la lengua castellana con la gloria de la Monarquía Hispánica y de su rey. Sesenta años después en 1672, la Bibliotheca Hispana[1] de Nicolás Antonio, publicada en Roma, desplazó tal proyecto, de un inventario de palabras a un catálogo de todos los autores, antiguos o contemporáneos, que nacieron en una “patria” que pertenecía —o perteneció— a la monarquía española, sin importar que escribieran en latín o en lengua vulgar. Redactada en latín, pero con comentarios en castellano sobre las obras, y procurando hacer referencia a los libros publicados en ambas lenguas, la Bibliotheca Hispana delimitaba y ensalzaba un patrimonio literario “nacional” cuyas excelencias se presentaban a la Europa letrada como contrapunto a la decadencia política y militar de la monarquía católica. La Bibliotheca Hispana se sitúa también en el marco de los instrumentos propuestos a los lectores “cultos” para que pudieran ordenar y componer sus propias “bibliotecas”, ya que, como indicaba el Tesoro, “Librería, quando es pública, se llama por nombre particular biblioteca”. Para ayudar a la formación de las colecciones, se utilizaban los repertorios de autores y títulos, tal como la obra de Antonio de León Pinelo (el Epitome de una Biblioteca oriental y occidental, náutica y geográfica, publicada en Madrid en 1629), [2] los catálogos de bibliotecas famosas que circulaban impresos y los métodos para organizar cualquier colección de libros, ya fuera real o en proyecto.

En este contexto, es en donde debemos enmarcar la obra de Francisco de Araoz, el De bene disponenda Bibliotheca publicado en Madrid en 1631.[3] Impreso en el formato de in-octavo “para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas”, el libro de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos y materias de los libros que, sin establecer un repertorio cerrado, procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros “dignos de ubicación, estudio y ponderación”.[4] Receptor y continuador de una práctica humanística, Araoz ofrece al lector —en un primer plano— un manual para organizar una biblioteca, sin importar el tamaño ni la calidad del acervo, pues, según su esquema de categorías, cualquier libro de cualquier materia podría hallar lugar en una biblioteca que siguiera su método. En este sentido, la preocupación de Araoz es encontrar un orden al caos producido por la exacerbada cantidad de libros que se imprimían y producían en su tiempo. Tópico renacentista que sirve a nuestro autor de pretexto para exponer, ya en un segundo plano, sus esquemas culturales, en donde sustenta lo que debían ser la “totalidad de las ciencias y los saberes” para un hombre culto del Siglo de Oro. Así, la proliferación de libros suscitó un vívido interés entre los letrados, lo que consecuentemente atrajo la atención sobre la re-organización de las bibliotecas. En este ámbito, las demarcaciones intelectuales tenían que ser necesariamente abiertas, puesto que, al tratarse de objetos materiales, los libros tenían que colocarse en algún lugar y podía suceder que algunos no encajasen muy bien en las categorías tradicionales de las “facultades”. En este sentido, lo que resulta revelador en la propuesta de Araoz es que su esquema de categorías denota una raigambre mucho más antigua que la “renacentista”, al menos nos remite al siglo XIII, [5] época de un intenso reordenamiento que abarcó prácticamente todos los aspectos de la cultura letrada del Occidente medieval. La propuesta de Araoz es pues, ofrecer al “lector” un repertorio de libros reunidos bajo ciertas categorías para la organización de una biblioteca, según sus palabras, “una acertada distribución reglamentada en el ejercicio de las letras y congruente con la calidad de las ciencias”. Por otro lado, nos muestra un esquema de “todos los saberes que el intelecto puede captar”, siguiendo el proceso de aprendizaje de los hombres de letras, según uno de los modelo de los intelectuales del Antiguo Régimen. Como vemos, la pretensión del autor no es poca, pues propone un método para la ordenación de la “totalidad de los libros”.[6] La clasificación de Araoz podría sintetizarse de la siguiente manera: las ciencias de la Palabra (I-V), las del Mundo (VI-VII), las del Hombre moral (VII-IX) y de lo Divino (X-XV). ¿Qué significado cultural tiene pues la obra de Araoz? Tal vez una respuesta la encontremos en las palabras de uno de sus primeros “críticos”, fray Diego de Hortigosa, uno de los censores que dictaminó la obra en 1630: “Mandado por el Consejo Supremo he examinado este pequeño libro, aunque grande en erudición, sentencia y doctrina […] y dándole una y mil vueltas, no he observado en el nada que el lector pío y erudito no pueda reconocer sin tropiezo, fuera del temor de errar en la fe y buenas costumbres. ¿Qué cosa más culta, más agradable hay que aquello que nos enseña a ascender por medio de un método desde las cosas llanas a las supremas? ¿Qué digno de alabanza que aquello que él catálogo de los saberes que muestra claramente qué, cómo, cuándo, y a qué se ajusta? Todas estas cosas se contienen en este pequeño volumen, de manera que podemos, como un segundo Pitágoras, inferir de la impresión de su huella las dimensiones de su cuerpo hercúleo.” [7]

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.

Finalmente, estos instrumentos intentaban responder a dos ansiedades de los hombres letrados frente a la cultura escrita e impresa. La primera era el temor a la pérdida, a la desaparición, al olvido. Fundamento renacentista de la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la publicación de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas, que, como la Laurentina, debían abarcar todos los saberes y encerrar dentro de sus muros y clasificaciones bibliográficas (sesenta y cuatro en la biblioteca del El Escorial) el universo mismo. Pero la acumulación de libros antiguos y la multiplicación de los nuevos —gracias a la imprenta— produjeron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, frente a una abundancia confusa. Tanto en España como en otras partes del mundo Occidental, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, el repertorio de los autores de una “nación”, la propuesta de una biblioteca ideal), fueron instrumentos poderosos que ayudaron a establecer un orden “moderno” de los discursos de la palabra escrita, e impresa.


[1] A este respecto —y continuando con esta idea— veáse de Roger Chartier, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana, 2005, pp. 89 y ss. Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Nova sive Hispanorum qui usquam umquam[qu]e sive Latina sive popularis quavis lingua scripto aliquid consignaverunt Notitia, Roma, 1672.
[2] Esta obra traducía al castellano los títulos de libros producidos en la monarquía hispánica escritos en más de cuarenta y cuatro lenguas, tanto en la Península ibérica como en las Indias.
[3] José Solís de los Santos, El ingenioso bibliólogo Don Francisco de Araoz (De bene disponenda bibliotheca, Matriti 1631), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1997, pp.103-147.
[4] Ibid., p.106 y p.116.
[5] Vid., supra. El esquema de los saberes de Christofhe de Savigny, Tableaux accomplis, 1587, París, Biblioteca Nacional.
[6] Solís de los Santos, op. cit., p. 105. Las cursivas son mías.
[7] Ibid., pp.104-105. Las cursivas son mías.

Resultados – Convocatoria de becas 2013

Agradecemos a las personas que participaron en la convocatoria de becas de nuestro seminario, recibimos propuestas de trabajo muy diversas, desde El Corán hasta adaptaciones cinematográficas de textos, cábala y literatura en francés. Hemos concluido el proceso de selección y decidimos que los proyectos que tendrán apoyo del seminario son:

- Marginalidad y subversión de las weird sisters en dos adaptaciones cinematográficas de Macbeth.

- El Corán latino de Robert de Ketton (s. XII): Introducción y análisis del capítulo XII; la sura de José, vv. 1-57

- La Collatio Laureationis de Petrarca. Traducción y comentario.

Agradecemos nuevamente su participación e interés y esperamos contar con ustedes en los eventos que organizará el seminario durante este año.